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La neurociencia puede ayudarte a enseñar y aprender mejor

Nuestro cuerpo es una compleja máquina bioquímica. A pesar de que sufre estadios de enfermedad o cuenta con limitaciones, está pensada para resistir, adaptarse y mejorar. Prueba de que esa máquina funciona a la perfección es que el ha logrado dominar el planeta de manera incontestable sobre las demás especies. Y el principal causante de ese éxito evolutivo es nuestro cerebro. Por eso el estudio del cerebro, cómo funciona y se comporta en distintos escenarios, además de los secretos que aún esconde -que son muchos- conforman uno de los espacios más apasionantes del mundo de la ciencia, actualmente. A pesar de que aún queda un enorme camino por recorrer para comprender todos los entresijos de nuestro cerebro, la neurociencia ha experimentado un considerable avance en los últimos años. Hoy entendemos mucho mejor que hace diez años cómo se comunican las neuronas entre sí y con el resto del cuerpo, así como cuáles son las zonas que intervienen o ‘se activan’ en determinadas circunstancias. Esto permite que diferentes áreas del conocimiento se valgan de estos avances en el campo de la neurociencia, para mejorar sus propias disciplinas. Una de estas disciplinas -probablemente la más relacionada con la neurociencia- es la educación. Al fin y al cabo el cerebro es el protagonista absoluto dentro del proceso de aprendizaje. Entender cómo afronta nuestro cerebro ese reto, cómo funciona cuando intentamos aprender algo nuevo y cómo integra y relaciona lo aprendido con el resto de enseñanzas, es una de las tareas de la neuroeducación. Si eres profesor o profesora, imagina un aula en la que todos tus alumnos pudieran aprender más rápido y mejor, que retuvieran y comprendieran sin esfuerzo conceptos complejos y sacaran todo el partido posible a todas las materias. ¿No sería un sueño? Gracias a la neurociencia y a la neuroeducación estamos empezando a comprender un poco mejor al cerebro y se están comenzando a aplicar técnicas y protocolos que acercan un poco ese objetivo idílico. Aún quedan cuestiones pendientes, pero hay algunas cosas que ya sabemos con seguridad del cerebro que aprende. Por un lado, que no hay buenos o malos estudiantes. Sencillamente, sus cerebros funcionan de manera distinta y responden de forma desigual a los incentivos y rutinas de los procesos de enseñanza y aprendizaje implantados en los sistemas educativos actuales. También sabemos que las emociones son indisolubles de cualquier proceso en el que esté implicado el cerebro, incluido el de aprender cosas. El estado de ánimo puede cambiar el modo en el que se desempeñan determinadas funciones cerebrales como el lenguaje, la percepción, la atención, la memoria o la toma de decisiones. Todas ellas resultan claves a la hora de aprender, por lo que las emociones pueden llegar a decantar la balanza del éxito en el proceso de enseñanza. No prestarles atención sería un error. Y también relacionado con las emociones está el nivel de fricción o el estrés que se produce en determinados escenarios de enseñanza-aprendizaje. Además de otras consecuencias de tipo físico, el estrés puede disminuir considerablemente la capacidad cognitiva y desequilibrar el estado emocional. Un contexto donde predomine la seguridad, la positividad, no exista un clima competitivo y sea lo más flexible posible, para adaptarse a los procesos neuronales de todo el alumnado, puede generar mayores casos de «éxito» educativo. Si eres profesional de la enseñanza o, sencillamente, estás interesado en saber cómo se comporta nuestro cerebro cuando aprende, puede que quieras saber más de este interesante terreno. Estudiar un te permitirá estar al día de los más recientes avances y te otorgará una visión de conjunto ideal, para mejorar los procesos de enseñanza-aprendizaje en el aula, con independencia del nivel en el que se desarrolle.

RedacciónT21

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