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La necrofilia en la Argentina

El 10 de junio de 1987, en la ciudad de Buenos Aires, en el conocido cementerio de La Chacarita, desconocidos ingresaron en la bóveda en donde descansaban los restos del ex presidente argentino, General Juan Domingo Perón, seccionaron las manos de su cadáver y se las llevaron.


La necrofilia en la Argentina

La necrofilia en la Argentina

La necrofilia en la Argentina

El 10 de junio de 1987, en la ciudad de Buenos Aires, en el conocido cementerio de La Chacarita, desconocidos ingresaron en la bóveda en donde descansaban los restos del ex presidente argentino, General Juan Domingo Perón, seccionaron las manos de su cadáver y se las llevaron.
Días después, un colega periodista que visitaba Buenos Aires con la misión de cubrir para un medio el macabro hecho, me señaló en esa forma tan particularmente hiriente que los españoles usan con tanta exquisitez… “¿pero hombre, que coño les pasa a ustedes con los cadáveres”?

Recuerdo que me quede de una pieza, sin atinar a responder nada porque rápidamente vino a mi mente una serie de hechos que ratificaban lo que alegaba mi camarada, y sin duda, la historia Argentina esta plagada de cadáveres insepultos, manoseados, vejados, ultrajados y robados de su sepultura o peor, en el colmo de la solemnidad y la hipocresía religiosa, semienterrados en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires como el cadáver del héroe máximo de la independencia argentina, el General José de San Martín, que en el colmo de la simulación, sus despojos están sepultados en la parte de afuera, al costado de la iglesia, ya que por su condición de Masón no merecen el camposanto pero oficialmente figuran como sepultados en el suelo de la Catedral y el acceso al mausoleo, para el común de los mortales, finge ser por la nave central.

En la historia Argentina hay un caso particularmente emblemático que pinta de cuerpo entero nuestra obsesión por los cadáveres, es el caso de la Sra. Maria Eva Duarte de Perón que murió el 26 de julio de 1952, a las 8,25 de la noche.
Apenas expiró, su cuerpo fue entregado al eminente patólogo español, doctor Pedro Ara, para ser embalsamado. El doctor Ara reemplazó la sangre primero por alcohol y luego por glicerina. Esto por que según la ciencia tanatologica, la glicerina mantiene el cuerpo intacto y otorga a la piel un aspecto casi transparente. El proceso completo de embalsamamiento duró casi un año.
Se calcula que casi dos millones de argentinos desfilaron ante su féretro cuando se instaló la capilla ardiente en el Congreso de Buenos Aires. Las honras fúnebres duraron diez y seis increíbles días.

En 1955 Perón fue derrocado por un golpe militar.
El general Eduardo Lonardi, presidente de facto de la nación, decidió destruir el incorrupto cadáver de Eva, que aún permanecía expuesto al publico en la sala 63 del edificio de la Confederación General del Trabajo (CGT) ya que la monumental cripta que se pensaba levantarle el los Jardines de Palermo nunca se termino de hacer.
Pero antes de que pudiera poner en práctica su plan de profanación, fue desplazado del poder por otro militar, el general Pedro Aramburu. El nuevo jefe del Estado Argentino ordenó que el cuerpo de la difunta ex primera dama de la nación fuera trasladado secretamente a otro sitio.

La mayor parte de la historia del robo sigue siendo todavía un enigma. Lo que si se sabe es que después de que el camión militar con el que sacaron el cadáver saliera del edificio de la CGT, pasó toda la noche estacionado en las cercanías del estadio de fútbol del Club Atlético River Plate, en el otro extremo de la ciudad y luego por orden de los militares golpistas, estuvo casi diez días dando vueltas por las calles de Buenos Aires sin que se le asignara un destino fijo y en una de la mas extrañas peregrinaciones que se tenga memoria para un cadáver. En su derrotero, el camión del ejercito argentino, portando el féretro se detenía solamente para cambiar los chóferes del vehiculo o para aprovisionarse de combustible, luego seguía sin parar su lúgubre marcha por las calles de Buenos Aires.
Esos diez días de titubeos, le sirvieron al general Aramburu para abandonar su intención de destruir el cuerpo de la Sra. de Perón, probablemente temeroso de la reacción popular y la de sus pares del ejercito
El cadáver de Eva fue colocado en un cajón de embalaje de madera común, sellado y trasladado a un depósito cerca del cuartel general del servicio de inteligencia del ejército. Allí permaneció durante un mes; en enero de 1956, el cajón peregrinó por media docena de depósitos y oficinas oficiales de Buenos Aires. Terminó escondido en el elegante piso del ayudante del general Moore-Koenig, el mayor Antonio Arandia.
Arandia, temiendo que alguna pista pudiera llevar a los militantes peronistas hasta su casa, dormía con una pistola bajo la almohada. Una noche se despertó asustado al oír unos pasos que se acercaban a la habitación. Cuando la puerta se abrió, Arandia disparó dos veces contra la sombra que había aparecido en el portal. Su esposa, embarazada, cayó muerta sobre la alfombra del dormitorio. Cuando fue interrogado sobre los sucesos por el juez militar, Arandia declaró: «Cuando maté a mi mujer yo tiraba contra un fantasma cuyo rostro era el de Eva Perón».
Se sabe, por versiones militares, que se fabricaron varios ataúdes idénticos, y que fueron cargados con lastre y algunos con verdaderos cadáveres de mujeres NN.
Después, el cadáver se puso en un cajón de embalaje que tenia una leyenda en su exterior donde se podía leer, “piezas de radio”, los otros ataúdes fueron dispersados por diferentes lugares de América del Sur y Europa. Muchos féretros fueron sepultados en diversos lugares. Se hicieron correr versiones que indicaban que el cadáver había sido llevado a la isla Martín García y luego hundido en el Río de La Plata, otra muy difundida, organizo una suerte de remoción de cadáveres de todo un cementerio en Montevideo, Uruguay lugar donde se habían asilados los pilotos que bombardearon Plaza de Mayo años antes, pero todo indica que el cajón que contenía el cuerpo de Eva fue embarcado rumbo a Bruselas y luego trasladado por tren a la ciudad Alemana de Bonn. Allí, sin que el embajador argentino se enterara, el cajón fue almacenado en un sótano de la embajada, junto a unos viejos archivos.
En Septiembre u Octubre de 1956, el cadáver fue puesto en un ataúd y trasladado nuevamente, primero a Roma y luego a Milán. Durante la última etapa del viaje, el cuerpo fue acompañado por una hermana lega de la sociedad de San Pablo, a quien se le indicó que el cadáver pertenecía a una viuda italiana llamada María Maggi de Magistris, quien acababa de morir en la ciudad de Rosario, Argentina. Bajo ese nombre, Eva fue enterrada en Milán, y allí permaneció por espacio de 15 años.

En 1972, Perón regresó a Argentina, pero prefirió dejar el cuerpo de Eva en Madrid. Luego fue nuevamente elegido presidente, con Isabel Martínez, su segunda esposa como vicepresidente de la nación. Su mandato fue breve: murió en 1974. Isabel, por sucesión constitucional, se convirtió en presidente de la Argentina y uno de los primeros actos de su gobierno, fue ordenar que el cadáver de Eva fuera trasladado desde España a su patria.
El cuerpo fue de nuevo expuesto en una capilla ardiente, esta vez al lado del féretro de Juan Perón.
El cuerpo de Perón fue sepultado poco después de su velatorio, pero el de Eva fue a parar nuevamente a varios depósitos, siguiendo la triste y macabra peregrinación por dos años mas. Recién en Octubre de 1976 la junta militar al mando del gobierno Argentino, decidió depositar definitivamente el cadáver de Eva Duarte en el Porteño cementerio de la Recoleta.
Su última morada se construyó como la cámara acorazada de un banco, a catorce metros de profundidad, forrada de anchas paredes de acero y hormigón a fin de disuadir a cualquiera que tratase de apoderarse nuevamente del cadáver.
Roberto González Oliveira

RedacciónT21

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