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Entender la Rusia de Putin. De la humillación al restablecimiento.

Entender la Rusia de Putin. De la humillación al restablecimiento.

Rafael Poch-de-Feliu: Entender la Rusia de Putin. De la humillación al restablecimiento. Madrid: Akal, 2018 (160 páginas).
 
La política exterior de Rusia viene siendo objeto de un creciente seguimiento desde hace algo más de una década, aproximadamente, en sintonía con su renovada presencia e influencia en la escena mundial.
 
Semejante visibilidad contrasta con el repliegue que experimentó la Unión Soviética de Gorbachov de la arena internacional durante su última etapa, debido a los acuciantes problemas internos  y, no menos, como resultado de la nueva concepción de las relaciones internacionales que sostenía el mandatario soviético.
 
Como es conocido, en medio de este clima de distensión que concluyó con el fin de la Guerra Fría se produjo también la implosión soviética. Aunque la nueva Federación Rusa tomó el relevo de la desaparecida superpotencia, era evidente la merma significativa de su territorio, población, economía y, en suma, poder e influencia regional e internacional.
 
De todos estos aspectos, el más destacado entonces fue el de su caótica situación socioeconómica, con un deterioro grave e impactante de las condiciones materiales de vida de la población (la “esperanza media de vida cayó diez años”); y la subordinación de la economía rusa a los dictados de las instituciones económicas internacionales y, en concreto, del denominado Consenso de Washington, que abogaba por la tríada neoliberal de la desregulación, liberalización y privatización.
 
En esta deriva se produjo un incremento desorbitado de la desigualdad, expresada en la apropiación de los principales recursos naturales y energéticos del país, así como de algunas empresas y servicios nacionales, por parte de una emergente casta de magnates rusos que floreció particularmente, y no por casualidad, durante el periodo del presidente Boris Yeltsin (1991-1999).
 
Pese a la adopción de la ortodoxa política económica neoliberal, Moscú no recibió en contrapartida las prometidas ayudas financieras e inversiones para sanear y reflotar su economía. Por el contrario, como recoge Rafael Poch-de-Feliu de fuentes de primera mano, la “negligencia” fue deliberadamente aplicada, a diferencia de lo sucedido con otros países de Europa central y oriental como Polonia.
 
Una de las claves -en este caso geopolítica- que explicaría ese diferente trato es que Rusia era percibida con una evidente capacidad de vertebrarse nuevamente como una potencia regional e incluso mundial y, por tanto, era considerada como una potencial amenaza, mientras que muchos de los países que integraban anteriormente el Pacto de Varsovia eran percibidos como una oportunidad o ganancia para la expansión del mercado y, también, de las fronteras de la OTAN.
 
En esta expansión de la Alianza Atlántica advierte el autor un destacado punto de inflexión en las relaciones con Moscú, por cuanto contradecía el acuerdo conocido como “La Carta de París para la Nueva Europa”, sellado por los jefes de Estados europeos, Canadá, Estados Unidos y la URSS en noviembre de 1990, que concluía con la división de Europa, constataba el fin de la Guerra Fría y, también, la concepción de seguridad asociada a esa división bipolar del mundo.
 
Sin embargo, la realidad que se impuso a partir de entonces fue una paulatina ampliación y expansión de la OTAN hacia el Este que, a su vez, era percibida por Moscú como un creciente cerco, debido a que se ensanchaba a lo largo del espacio postsoviético y se acercaba sospechosamente a sus fronteras.
 
Ninguna política exterior puede ser enteramente analizada de espaldas a la interior. Así lo entiende Rafael Poch-de-Feliu que se adentra en las raíces de la autocracia rusa en el primer apartado del texto, destacando tres aspectos históricos que considera fundamentales (el tipo de cristianismo, el estatismo exacerbado y el mundo agrario ruso) en la configuración de la tradición y la cultura política rusa.
 
En un segundo y breve apartado repasa sucintamente las causas que llevaron a la disolución de la URSS, acentuando tres aspectos internos: el técnico-instrumental, centrado en la rivalidad en la elite de poder; el degenerativo, que responsabiliza a la casta emergente de priorizar sus intereses particulares por encima de los generales; y, finalmente, el espiritual, que expresa el agotamiento del repertorio político e ideológico del “llamado comunismo soviético”. 
 
Por último, en la tercera parte del libro aborda el comentado ámbito exterior sin desvincularlo del todo del interior.  Convendría subrayar que de la lectura que se desprende del texto, la política exterior rusa podría ser calificada más como reactiva y defensiva que como proactiva u ofensiva. Empeñada, como la de otras grandes potencias, en la configuración de una estructura de poder multipolar en el sistema internacional frente a ciertas ambiciones hegemónicas.
 
A contracorriente de la imagen predominante en los medios y think tank, el trabajo de
Rafael Poch-de-Feliu, asentado en una larga experiencia y conocimiento de primera mano como corresponsal de prensa durante dos décadas en Moscú y Pekín (véase del mismo autor, La gran transición. Rusia, 1985-2002. Barcelona: Crítica, 2003), introduce un análisis más heterodoxo y complejo que la habitual visión maniquea sobre la Rusia de Putin.
 
Semejante visión no deja de ser al mismo tiempo crítica con sus formas de gobierno, advirtiendo el talón de Aquiles en la debilidad de una economía rentista, sin acometer reformas estructurales y en infraestructuras; además de una base de legitimidad popular susceptible de volatilizarse ante cualquier revés militar en el exterior, sin olvidar un potencial “cisma de su elite oligárquica”, más interesada en “la integración con Occidente y no en la confrontación”.
 

RedacciónT21

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