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Jerusalén, la ciudad imposible. Claves para comprender la ocupación israelí.

Jerusalén, la ciudad imposible. Claves para comprender la ocupación israelí.

Meir Margalit: Jerusalén, la ciudad imposible. Claves para comprender la ocupación israelí.  Madrid: Los Libros de La Catarata, 2018 (160 páginas). IV Premio Catarata de Ensayo.
 
Con un importante bagaje de varias décadas en la política municipal jerosolimitana, funcionario público y activista pacifista, Meir Margalit desentraña en este texto, merecedor del
IV Premio Catarata de Ensayo, los entresijos de la ocupación israelí.
 
Lejos de una lectura maniquea, Margalit aborda la complejidad de la ocupación, con las diferentes aristas que envuelven tanto a la población ocupada como a la de la potencia ocupante, advirtiendo al mismo tiempo que sus reflexiones rebasan los terrenos comunes (o políticamente correctos) y, en consecuencia, pueden incomodar algunas sensibilidades, incluidas las palestinas.
 
Si bien el texto está centrado en Jerusalén, el autor toma el conjunto de la ocupación como referencia ineludible, que lo determina prácticamente todo, sin hacer por ello ninguna concesión a un análisis determinista. Por el contrario, se adentra en toda la complejidad que reviste la política de ocupación de Jerusalén Este, sin desvincularla de la de Cisjordania y la Franja de Gaza, pero haciéndose eco igualmente de su peculiar singularidad en ese contexto.
 
Sobre esta perspectiva conviene recordar el modelo de análisis de doble nivel introducido por el sociólogo estadounidense Robert Putnam, que pone de manifiesto la influencia mutua ejercida por la esfera política nacional e internacional; y de donde se deriva que en el caso excepcional de una ocupación militar prevalece el medio internacional sobre el nacional. 
 
Meir Margalit define a Jerusalén como la no-ciudad, empleando argumentos contundentes por cuanto carece de coherencia, cohesión, vínculos sociales y denominador común. De hecho, sus diferentes comunidades y subculturas (que el autor divide en judía-laica, judía-religiosa y árabe-palestina) no comparten pasado ni futuro común, tampoco el espacio urbano, pues, como señala el autor, “murallas invisibles e insondables dividen la ciudad en barrios israelíes y árabes que se evitan mutuamente”. 
 
Inherente a las más de cinco décadas de ocupación es la denominada política del palo (disuasión) y la zanahoria (cooptación), que han empleado los sucesivos gobiernos israelíes desde 1967.  Si el amplio abanico de medidas represivas ha pretendido silenciar o al menos contener las reivindicaciones políticas palestinas, las de cooptación sociales y económicas han buscado la acomodación y colaboración de algunos sectores de la población ocupada.
 
Esta política es ilustrada por Margalit con la trayectoria del alcalde jerosolimitano Nir Barkat que, a su vez, divide en dos fases: la primera, que denomina como “mercantilista  (2008-2013); y la segunda, calificada como “securocrática” o “policicrática” (2014). No es la primera vez que la ocupación israelí de los territorios palestinos busca proyectar una imagen liberal, para enmascarar y  normalizar la ocupación, que antes o después termina desvelando su cara oculta y más brutal. En suma, conciliar ocupación militar extranjera con un sistema liberal parece una contradicción en sus propios términos, del mismo modo que se repelen un proyecto colonial y otro de emancipación nacional. 
 
Esta situación kafkiana se asienta en un sofisticado aparato de control y represión sobre la población ocupada, vertebrado en el ámbito administrativo, judicial y policial en el que incluso el propio Kafka se hubiera perdido. Su resultado no es otro que la dominación y segregación, reflejadas en el sistema de transporte público, educativo, económico, cultural y municipal más propio del apartheid.
 
Margalit recuerda que mientras la población israelí en Jerusalén posee los derechos de ciudadanía, la palestina es considerada meramente como residente. Esta última, pese a que ronda en torno al 40 por cierto de sus habitantes, sólo percibe el 11 por ciento del presupuesto municipal; y, es más, carece de representación en el Consejo Municipal, donde sus 31 miembros son todos judíos.
 
Además de esta exclusión de los círculos de poder y toma de decisiones municipales, la población palestina también es objeto de una sujeción demográfica, que busca fomentar una mayoría de población judía (en torno al 70 por ciento) y contener a la palestina (en no más del 30 por ciento restante). Sin olvidar, en consecuencia, las políticas que alientan y fuerzan el abandono de la residencia en Jerusalén Este, en sintonía con los repetidos intentos de borrar toda huella palestina (que el autor ilustra con una interesante reflexión sobre las señalizaciones urbanas).
 
Acompañado de importantes referencias teóricas en el campo de las ciencias sociales (estudios subalternos, urbanos y postcoloniales, entre otros) y, no menos importante, de una activa experiencia y conocimiento de primera mano sobre el terreno,  el trabajo de Meir Margalit sobre Jerusalén presenta un análisis muy esclarecedor en un momento crucial, después del reconocimiento por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de dicha ciudad como la capital de Israel, que niega, así, esa misma condición a un Estado palestino.
 
Sobre este particular el autor se pronuncia haciendo un guiño a la opción de un Estado binacional, al sostener que Jerusalén debería ser una capital compartida entre el Estado israelí (Jerusalén Oeste) y un futuro Estado palestino (Jerusalén Este); y, en particular, al reconocer la necesidad de una separación (fin de la ocupación) para que en el futuro se pueda producir una reconciliación en esos mismos términos.  
 
En palabras de Meir Margalit:  “Este modelo novedoso y creativo convertiría a Jerusalén en una ciudad binacional, unida, abierta y capital de dos naciones, tal vez un modelo de lo que debería ser la futura solución del conflicto palestino-israelí́”.
 
 
 
 
 

RedacciónT21

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