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La gran guerra de nuestro tiempo

La gran guerra de nuestro tiempo

Michael Morell (y Bill Harlow): La gran guerra de nuestro tiempo. La guerra contra el terror contada desde dentro de la CIA, de Al Qaeda a ISIS. Barcelona: Crítica, 2016 (386 páginas). Traducción de Nuria Fernández García.
 
Con treinta y tres años de servicio en la CIA, en la que ocupó diferentes responsabilidades hasta culminar su carrera como director adjunto, Michel Morell (con la colaboración del escritor Bill Harlow) relata cómo ha vivido la lucha contra el terrorismo que, de manera creciente, ha ocupado la centralidad de su trabajo durante buena parte de las tres últimas décadas.
 
Si bien, en un primer momento, como señala el autor, la sensibilidad frente a la amenaza terrorista en las sucesivas administraciones estadounidenses, así como en la propia Agencia, era diferente, los hechos terminaron por imponerse drásticamente a raíz de los atentados contra las embajadas de Estados Unidos en África oriental, en Nairobi (Kenia) y en Dar es Salaam (Tanzania), en agosto de 1998; y, en particular, tras los perpetrados en el propio territorio estadounidense el tristemente afamado 11-S.
 
La lucha contra el terrorismo no sólo se transformó en una prioridad, sino también en una auténtica obsesión para toda la comunidad de inteligencia. Los hasta entonces prioritarios análisis geopolíticos fueron paulatinamente reemplazados por los relativos a la amenaza terrorista. Cualquier rastro anterior de escepticismo sobre Al Qaeda y sus quijotescas soflamas desapareció por completo. Por el contrario, se impuso su caza y captura. Con este objetivo se invirtieron grandes sumas de dinero, personal, tiempo y numerosos recursos materiales cada vez más sofisticados, en especial, los concernientes a la interceptación de las comunicaciones.
 
Sin olvidar, en esa misma dirección, algunas campañas militares. Sobre este particular, el autor, poco dado a la crítica y más inclinado a edulcorar algunas explicaciones (o justificaciones), reconoce que en Afganistán se cambió el objetivo inicial de acabar con el gobierno de los talibanes  y el santuario de Al Qaeda por otra misión poco menos que imposible: transformar la sociedad afgana en una sociedad liberal.  
 
A su vez, en el caso de Iraq reconoce también la precipitación y la falta de corroboración  o pruebas que vincularan al régimen de Saddam con Al Qaeda. Aquí deja entrever las discrepancias de la información y análisis de la CIA respecto a la tesis defendida por el gabinete del vicepresidente Dick Cheney, empeñado en forzar esa supuesta vinculación sin ninguna base; y, por consiguiente, mantener un estado de opinión en el que el 70 por ciento de  los estadounidenses encuestados por The Washington Post creía que Saddam Hussein estaba implicado en los atentado del 11-S. En suma, Morell admite una interesada politización de los análisis objetivos de situación, que definen el trabajo de la agencia de inteligencia.
 
Señala que una consecuencia no bien entendida antes de la intervención militar en Iraq fue la difusión que cobró a partir de entonces la ideología de Al Qaeda. Si bien, afirma, es relativamente fácil eliminar a los terroristas en el campo de batalla, considera que es prácticamente imposible “detener el reclutamiento de nuevos terroristas”.
 
Este problema lleva a reflexionar al autor en torno a la necesidad de combatir no sólo los síntomas, sino también la causas que propician el terrorismo. Esto es, “El desarrollo de políticas que lleguen a la raíz de las causas de por qué hombres jóvenes y algunas mujeres se unen a grupos terroristas nunca ha llegado a ponerse en marcha”. Es más, reconoce que “Combatir la radicalización no ha sido un objetivo prioritario para Estados Unidos desde el 11-S”, pese a que “la acción en este frente es tan importante como la acción en el terreno de la información de inteligencia (…)”.   
 
Los temas más controvertidos que aborda son los dedicados a la justificación de la tortura, valiéndose de un ejemplo clásico; los sucesos de Bengasi, escrito más en claves de la política interior estadounidense y del uso partidista de la lucha contra el terrorismo; y el denominado caso de Edward Snwoden y la compilación de información sobre la ciudadanía por las agencias gubernamentales de seguridad e inteligencia.
 
Pero, quizás, el tema que más superficial y deficitariamente aborda sea el relativo a las revueltas árabes de 2011, pese a la importancia que otorga a sus consecuencias y la contundencia de sus afirmaciones. Considera que en algunos casos ha contribuido a la expansión de Al Qaeda o, igualmente, a su extensión, el autodenominado Estado Islámico (ISIS por sus siglas en inglés o Daesh en árabe). Si embargo, cabe advertir que las manifestaciones de la ciudadanía árabe eran pacíficas y pro-democráticas, mientras que las respuestas gubernamentales irrumpieron violentamente, junto a otras intervenciones externas, regionales e internacionales. Y es precisamente en estas situaciones de conflicto, caos y Estados fallidos en las que los terroristas encuentran su principal caldo de cultivo.
 
Tampoco se puede despachar esa demanda de libertad argumentando que, simplemente, algunos países no están preparados para la democracia. ¿Significa esto una justificación de las dictaduras? ¿No son esas mismas dictaduras las que se han convertido en disfuncionales, retroalimentado precisamente la radicalización y el terrorismo que se pretende combatir y erradicar?  ¿Cómo salir de este dilema: prolongando la vida de esas dictaduras o contribuyendo a que transicionen hacia sistemas más justos, abiertos y estables, pese a los inevitables riesgos que conlleva?

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