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Poder, tecnología e imperialismo

Poder, tecnología e imperialismo

Daniel R. Headrick: El poder y el imperio. La tecnología y el imperialismo, de 1400 a la actualidad. Barcelona: Crítica, 2011 (464 páginas).

Una década después de su intervención en Afganistán, el ejército más potente del planeta, que comanda ―a su vez― otras fuerzas integrantes en la OTAN, no termina de controlar el país de los afganos y busca una retirada lo más digna posible. La historia no es nueva, tampoco tuvo éxito el ejército soviético a finales del siglo XX, ni el del Imperio británico en el XIX.

De las confrontaciones entre países que cuentan con un enorme poder e importantes avances tecnológicos y países débiles, empobrecidos y carentes de semejantes recursos, se extraen algunas lecciones: en muchos casos se impone la supremacía estratégica, pero en otros ese predominio no siempre se traduce en una victoria y, por el contrario, también se cosechan derrotas.

Esto recuerda que el poder en las relaciones internacionales es siempre un poder en relación, respecto a qué y a quién. En esta obra, Daniel R. Headrick se centra en el papel desempeñado por la tecnología en la expansión global: su uso en el control de la naturaleza, las innovaciones tecnológicas que permiten la conquista y dominación, además de la respuesta ―tecnológica o de otra índole― de los pueblos sometidos.

En este repaso histórico se recoge la experiencia marítima en la exploración y control de los océanos Índico, Atlántico y Pacífico; además de la conquista de los continentes americano, africano y, sólo parcialmente, asiático. Entre 1800 y 1914, los europeos pasaron de dominar el 35 al 84,4 por 100 de la superficie terrestre. Junto a un elenco de motivaciones (políticas, militares, económicas, ideológicas, sociales, etcétera), los medios derivados de la innovación tecnológica fueron fundamentales para establecer su dominio político-militar, económico, comercial y financiero.

No obstante, pese a su mayor poder, la empresa imperialista tropezó con algunos obstáculos, por ejemplo, la conquista del continente africano se demoró por razones medioambientales que afectaban mortalmente a la salud de los ejércitos invasores. Pero una vez superada la barrera medioambiental con los avances médicos, unido a la revolución industrial que perfeccionó e innovó las armas de fuego y el transporte marítimo (barco de vapor), el imperialismo decimonónico recobró un nuevo impulso que lo distanciaba del viejo, iniciado a principios del XVI con la conquista española de México y Perú y el control portugués del océano Índico.

Un hito en esta carrera fue la aviación. Su empleo no se limitó sólo a objetivos militares, sino que también se extendió a los civiles: ciudades, industrias e infraestructuras. Se consideraba que aterrorizando a los civiles, éstos obligarían a sus gobiernos a pedir la paz o la rendición. Práctica que, aunque no reconocida, se sigue ejerciendo en algunos conflictos actuales.

La conclusión del autor es que la supremacía estratégica no necesariamente se traduce en un predominio sobre el terreno. El poder no se reduce a un mayor desarrollo tecnológico, por el contrario, el factor humano sigue siendo fundamental. El de Afganistán es sólo un ejemplo más que debe sumarse a las lecciones extraídas de Vietnam y, en suma, de las luchas anticoloniales. Como señala el profesor Headrick, “la superioridad instrumental no implica una superioridad moral”.

RedacciónT21

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