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La realidad está oculta tras la máscara del discurso

La realidad está oculta tras la máscara del discurso

Vivimos una época de ilusión colectiva en la que el discurso es una máscara que oculta la realidad. Nos inventamos el mundo y le damos categoría de realidad absoluta, lo que constituye una hipertrofia de la razón. Llamar a las cosas por su nombre y asumir el protagonismo de nuestras vidas es fundamental para desenmascarar el engaño en el que estamos y evitar la desconfianza y la desesperanza propias de este mundo imaginario que entre todos estamos construyendo. Por Alicia Montesdeoca.

La realidad está oculta tras la máscara del discurso

Hoy es difícil encontrar, en las actuaciones de los profesionales de la política, de los dirigentes económicos, o de cualquier actor público con capacidad de influencia social, la disposición personal para reconocer las consecuencias de sus propios actos: se destaca el logro de sus objetivos individuales como un bien obtenido en sus actuaciones, y se minimizan los posibles efectos perversos para la colectividad, bajo el argumento de que es el precio que hay que pagar por el logro de aquel bien (abstracto para los demás).

De esta manera se mantiene a salvo el ámbito de los privilegios y se aleja la posibilidad de una rectificación y de una asunción de la responsabilidad, en su caso. Este modelo de conducta va penetrando en los comportamientos generales de la población, configurando una cultura que olvida lo ya definido desde la filosofía y desde los filósofos, esto es, que la libertad radical del hombre (Wilhelm Weischedel) se fundamenta en la responsabilidad.

La racionalidad ha llegado hasta tal hipertrofia que se justifican con razones externas los efectos de nuestras acciones: las causas de los problemas siempre están fuera. El discurso que manejan ciertos “líderes” y “tribunos” de nuestra sociedad, desarrollada y democrática, no les compromete en nada.

A la palabra se la usa como medio de comunicación, pero se le niega el peso que tiene en cualquier acción creadora. Lo que cuenta es la imagen que se da. De esta manera vemos que detrás de un discurso vacío, estratégica y tácticamente oportuno, se intenta ocultar la trascendencia de determinadas acciones y las consecuencias que tienen para los intereses de los demás.

Ocultar la realidad

No se asumen las responsabilidades, se busca justificar los efectos sociales que provocan las actuaciones por no tenerse en cuenta la existencia de los otros con los que se interacciona. Por eso, los discursos y las actuaciones posteriores están llenos de razones que manipulan los resultados “no queridos”. En esa labor de justificación sí se hace un gran esfuerzo y se gasta mucho dinero.

No importa si todo se tambalea, si las instituciones quedan en entredicho. Si las razones argumentadas no tienen consistencia, no importa. Lo realmente interesante es que el discurso consiga convencer a los afectados. Así, superamos los efectos que se han producido sobre la imagen del personaje. Ese es el objetivo, y los problemas acaban ahí.

En el fondo, el discurso actual es una máscara que nos oculta la realidad. Dicha máscara está hecha con los ingredientes que requiera la oportunidad. Esos ingredientes nunca serán los mismos, ya que para ello se prostituirá la palabra, que cambiará su sentido según convenga.

Se usarán las palabras que pueden confundir la conciencia que el otro posee de los hechos; se ocultará la realidad tras aquellas palabras que tienen eco en la subjetividad del que escucha. De esta manera, el otro o los otros son enredados en los cables del discurso oportunista que le construye una realidad aparente, respaldada por la supuesta autoridad del que habla: en eso han avanzado mucho las técnicas de la comunicación.

Efectos colaterales

Al final, por lo menos momentáneamente, el “paciente auditorio” queda convencido de la bondad de los objetivos del “brillante orador” y de la atractiva imagen que proyecta su oratoria dimensionada por el poder de salir en los medios de comunicación.

Sin entender cómo, el destinatario se solidariza con la acción o con la mercancía que le vende el “destinador”. También el destinatario asume los efectos no previstos e incluso puede terminar celebrando, como si fuesen propios, los éxitos alcanzados por el “protagonista”, de esta tragedia, claro.

Las otras consecuencias, las que nunca se tuvieron en cuenta, las que atañen a los intereses de los otros, si benefician a alguien será gracias a las bondades del “principal”, pero si son desgraciadas se les llamarán “efectos co-laterales”. Es decir, colaterales porque se les hacen a un de lado, pues no interesan como dato para prever y revisar la acción, y para asumir responsabilidad alguna.

De esta manera, repartimos la desigualdad como si hubiésemos hecho justicia. El dolor causado no se tiene en cuenta, es obra de una voluntad “ajena” al propósito que se perseguía.

Apetito de más

Quizás este propósito ajeno sea denominado “voluntad divina”, esa voluntad lejana e imprevisible que todavía está probando la paciencia de los muchos y premiando con poder y bienestar, nunca se sabrá las razones, las vidas de los pocos, aquellos que se han nominado, a sí mismos, los poseedores de la tierra.

El poeta John Berger, en su obra Algunos pasos hacia una pequeña teoría de lo visible, dice: … Hoy abundan las imágenes. Nunca se habían representado y mirado tantas cosas. Continuamente estamos entreviendo el otro lado del planeta, o el otro lado de la luna. Las apariencias son registradas y transmitidas, rápidas como el rayo. Pero esto ha venido a cambiar algo, inocentemente. Se las solía llamar apariencias físicas porque pertenecían a cuerpos sólidos. Hoy las apariencias son volátiles. La innovación tecnológica permite separar fácilmente lo aparente de lo existente. Y esto es precisamente lo que necesita explotar de continuo la mitología del sistema actual. Convierte las apariencias en refracciones, como si fueran espejismos; pero no son refracciones de la luz, sino del apetito, de un único apetito, el apetito de más. Y añade: Vivimos en un espectáculo de ropas y máscaras vacías.

Así, si se hace la guerra, la responsabilidad es del otro que tiene armas químicas y que nos pone en peligro a todos. ¡Pero es que no las tiene!… ¿Es un peligro que haya armas químicas? Pues sí, se responde. Pues por eso se ha hecho la guerra.

Hipertrofia de la racionalización

El dar por supuesto algo que no se ha demostrado y terminar definiendo la necesidad de la “acción preventiva” es lo que llamamos la hipertrofia de la racionalización. Ya no se requiere el dato positivo, la estadística concreta, el porcentaje, o un objeto en tres dimensiones con cuya materialidad se puede obtener una experiencia y un conocimiento. Hoy nos inventamos el supuesto y a eso le damos categoría de realidad absoluta.

Los otros son los responsables de mis actuaciones, me obligan a hacer lo que hago ”porque ponen en peligro el bienestar que tanto nos ha costado alcanzar”, se argumenta. Así, nos apoyamos en los riesgos que conlleva la delincuencia para frenar la avalancha de inmigrantes, y ocultamos la realidad de la marginación y la pobreza que origina el fenómeno de la inmigración.

Nos apoyamos en los bajos rendimientos escolares para culpar a los alumnos de desinterés por los estudios y ocultar la complejidad del problema, ya que esto nos llevaría a poner en cuestión todo el sistema, también el sistema educativo, que no estimula el despertar del espíritu del niño ni la maduración responsable del joven. Realidades que nos obligarían a revisar los patrones que se manejan a la hora de dar sentido a la educación.

Hablamos de los efectos del cambio climático, para no asumir la responsabilidad que tenemos en que montañas de lodo cubran las tristes y miserables aldeas de las afueras de las grandes urbes. La valoración que se hace de las causas oculta la realidad cruda y fea que no queremos aceptar, porque ella nos habla del mundo que estamos ayudando a construir con nuestras acciones, o con nuestros silencios.

La evasión, un síntoma

La evasión de la responsabilidad es un síntoma, uno más, de la confusión con la que tomamos decisiones. Hemos perdido las referencias, los patrones. Aquellos patrones y referencias que nos hablaban de una ética y una moral para una conducta social consecuente, y no los hemos sustituido por otras referencias y por otros patrones que nos sirvan como brújula, en nuestras vidas personales y en la vida comunitaria. Así vagabundeamos por nuestra propia existencia y somos pasto del anonimato que todo lo consume.

Y es que, en la mesa social, sólo se ofrecen productos materiales, es verdad que de bonitos colores y formas, pero vacíos de contenido. Tan vacíos que cuando se les quiere tomar en serio se nos disuelven como el humo, son nada. Pero no hay que preocuparse, el vendedor de humos está bien asesorado, nuevos magos y prestidigitadores crearán con sus fantasías nuevas promesas de realidad que entretendrán por un tiempo el sueño de los inconscientes.

Llamar a las cosas por su nombre es fundamental para desenmascarar el engaño en el que vivimos. También es importante asumir el protagonismo en nuestras vidas, defender el espacio que nos corresponde, no hacer dejación de nuestros derechos y de nuestros deberes, valorar que el sentido de lo que vivo lo pongo yo, que en cada tiempo y lugar yo soy el centro de mi experiencia y que, por lo tanto, he de cuidar mis opciones porque, aunque cierre los ojos a la realidad que discurre sin una clara voluntad, nada me exime de mi responsabilidad, ni por ello dejaré de padecer los efectos de mis renuncias.

Sentido del vivir

Creemos que del despertar a la responsabilidad depende, en buena parte, el que se pueda desenmascarar ese discurso vacío que nos atrapa pero no nos nutre. Para ello es necesario ejercer la voluntad personal y afanarse por dilucidar cualquier aspecto o propuesta del discurso predominante que nos limita la libertad de ser conscientes.

Si no se asume, también, el compromiso con los efectos de nuestras acciones, éstas no consolidan una realidad duradera, por lo que viviremos sin poder echar raíces, sin fuerza para soportar los embates de cualquier experiencia dura, sin capacidad para gozar intensamente, en su amplio sentido y dimensiones ( no en el “a tope”, o sea, hasta la muerte), los dulces momentos que también la vida nos depara.

Por lo tanto, nos perdemos la oportunidad de conocer el sentido del vivir y, por eso, no es de extrañar que la desconfianza y la desesperación se apoderen de nuestro espíritu y nos lleven a pensar que nada tiene sentido, y que todo lo que sucede a nuestro alrededor parece destruirnos provocándonos desconfianza y desesperanza. Otro espejismo del mundo imaginario que entre todos, unos por acción y otros por omisión, estamos construyendo.

Alicia Montesdeoca

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