Tendencias21

Descifrado el laberinto cerebral de la consciencia

La consciencia humana surge de procesos cerebrales no conscientes y se basa en la corteza visual potenciada por la memoria. El lóbulo frontal culmina la experiencia consciente que nos hace únicos.

Nuestro sentido de quiénes somos es una historia que nos contamos a nosotros mismos y a los demás. Y nuestro comportamiento es una parte clave de esa historia.

Lo afirma el neurocientífico estadounidense Joseph E. LeDoux, autor de un modelo que explica cómo en el cerebro humano algo no consciente se vuelve consciente. El modelo está recogido en un artículo que publica en Current Biology.

El problema  de qué es la consciencia y cómo se origina en la naturaleza y conforma nuestra personalidad, es objeto de estudio por múltiples disciplinas, desde la filosofía a la psicología, pasando por la neurología, entre otras muchas.

Desde la poesía, por ejemplo, Borges describió la consciencia humana de una forma muy parecida a la de LeDoux: Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos (Elogio de la sombra, 1969).

Por la ciencia sabemos que la vida se originó en nuestro planeta por una siembra cósmica que se hizo inteligente y consciente, pero los mecanismos biológicos implicados en estos procesos evolutivos superiores siguen siendo un enigma. Los desafíos abundan, reconoce LeDoux.

La neurociencia se ha centrado especialmente en estudiar los mecanismos cerebrales implicados en los procesos conscientes, más particularmente en cómo surge la consciencia en las redes neuronales.

Y lo primero que ha constatado es que la consciencia surge de procesos no conscientes que se desarrollan espontáneamente en el cerebro.

Consciencia visual

La consciencia visual representa la primera aproximación a este salto de lo no consciente a lo consciente: en ambos casos, la corteza visual, que procesa la información del sentido de la vista, está activa.

Otras áreas de la corteza prefrontal involucradas en funciones cognitivas superiores se activan también, tanto en los procesos cerebrales no conscientes como en los conscientes.

En algún momento determinado ocurre el “salto”: la corteza prefrontal transforma la representación sensorial no consciente en una experiencia consciente.

Miramos a nuestro alrededor, contamos lo que estamos viendo y comprobamos así que nos damos cuenta (somos conscientes) de lo que nuestros ojos nos muestran.

Para que eso ocurra la memoria debe estar implicada: no sabemos por naturaleza qué es un lápiz, un sándwich o una ensalada. Tenemos que aprender antes qué es cada cosa y luego usar recuerdos para reconocerlos.

Entonces, cuando describimos lo que vemos, también estamos usando la memoria, que emerge así asociada a los procesos conscientes. La memoria es necesaria para convertir las sensaciones sin sentido en percepciones significativas, explica LeDoux.

Conocimiento conceptual

Pero hay algo más: el reconocimiento de objetos utiliza el conocimiento conceptual, una forma compleja de memoria semántica que aparece también implicada en los requisitos de la experiencia consciente.

A todo ello hay que añadir otro elemento significativo: los episodios que narramos solo son comprensibles en el contexto de las experiencias personales. Solo cada uno de nosotros sabe qué experiencia está viviendo.

En resumen, según el modelo elaborado por LeDoux, el proceso que conduce de la no consciencia a la consciencia puede describirse en los siguientes pasos.

Primero, la percepción sensorial aporta información sobre sobre las propiedades físicas de los estímulos del mundo externo.

Segundo, la memoria añade significado conceptual y personal a la percepción.

Tercero, la memoria y la comprensión conceptual proporcionan una descripción más rica del mundo que impacta nuestros pensamientos y nuestras acciones: la hemos hecho consciente.

Visto este proceso se comprende mejor lo que describen tanto LeDoux como Borges: los dos nos indican que no hay consciencia, ya sea del mundo o de nosotros mismos, sin nuestra implicación personal.

Pero ¿cómo?

LeDoux advierte que, a pesar de estas constataciones, todavía no está resuelta la cuestión de cómo las representaciones no conscientes llegan a ser experimentadas como conscientes: el proceso cognitivo (que alumbra la consciencia) puede ser tanto consciente como no consciente.

Para profundizar, hay que llegar a las estructuras y procesos usados para el almacenamiento temporal de información en el cerebro (la así llamada memoria de trabajo).

Aunque no toda la información almacenada en la memoria de trabajo se experimenta de forma consciente, esta memoria se vale de un sistema de almacenamiento multimodal de información llamado búfer episódico.

Este dato puede ser muy significativo porque el búfer episódico se apoya en el área más avanzada del cerebro humano, el lóbulo frontal, que contiene las propiedades exclusivas del cerebro humano.

El lóbulo frontal participa en los niveles más altos de conceptualización abstracta de cualquier área del cerebro y por ello se supone que es ahí donde reside la facultad humana de convertir una percepción no consciente en consciente.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

¿Orden superior?

Aquí no termina la historia porque la hipótesis del orden superior, una teoría de las ciencias cognitivas según la cual hace falta algo más para que se produzca el salto del proceso no consciente a consciente, puede ser necesaria para explicar el salto.

Sobre todo porque los estados sensoriales considerados previos a la experiencia consciente pueden no ser los únicos, o principales, de los niveles inferiores necesarios para “darnos cuenta” de la percepción.

Incluso los estados sensoriales pueden no ser necesarios en absoluto para la experiencia consciente, lo cual deja en el aire todo el modelo de experiencia consciente descrito por LeDoux a través de la corteza, la memoria (semántica y de trabajo) y la conceptualización asociada al lóbulo temporal.

Sugerir la complejidad

LeDoux concluye que su modelo no pretende solucionar el problema de cómo se forma la consciencia, sino sugerir la naturaleza compleja de la conectividad entre los circuitos sensoriales y la memoria, así como entre los circuitos sensoriales y los circuitos cognitivos superiores.

Y concluye describiendo así su principal certeza: las narraciones que hacemos del mundo contribuyen a nuestro sentido de lo que somos.

El astrofísico Sir Arthur Eddington había concluido en 1929 algo parecido a lo que plantea LeDoux: el problema de las experiencias no se limita a la interpretación de las impresiones sensoriales (…) se puede decir incluso que el estudio del universo visible comienza con la determinación de usar nuestros ojos (Science and the Unseen World, págs. 40 y 74).

Referencia

How does the non-conscious become conscious? Joseph E. LeDoux. Current Biology, Volume 30, Issue 5, PR196-R199, MARCH 09, 2020. DOI:https://doi.org/10.1016/j.cub.2020.01.033

Eduardo Martínez de la Fe

Eduardo Martínez de la Fe

Eduardo Martínez de la Fe, periodista científico, es el Editor de Tendencias21.

Hacer un comentario