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Expresión del estrés estaría en hipocampo y no en amígdala

Expresión del estrés estaría en hipocampo y no en amígdala

Expresión del estrés estaría en hipocampo y no en amígdala

Esta hipótesis está en pleno desarrollo mundial y los estudios preliminares con ratones de laboratorio, en la UN, muestran una elevada probabilidad de certeza.

Así lo revelan la profesora Marisol Lamprea, del Departamento de Psicología, y la magíster y estudiante de doctorado Viviana Vargas, quienes han estudiado el tema durante más de diez años. Ellas hablaron con Agencia de Noticias UN sobre esta labor científica para conocer más a fondo una enfermedad que se convirtió en un problema mundial de salud pública, pero que en Colombia ni siquiera se reconoce como tal.

“Se ha escrito que distintas cepas de roedores tienen respuestas diferentes ante el estrés o situaciones demandantes, donde pueden percibir que su vida está en riesgo. Incluso dentro de una misma especie hay variaciones. Se están buscando los mecanismos cerebrales que estarían implicados en esas diferencias. Y comenzamos a constatar que esos animales tienen una expresión distinta de ciertos genes que se registran en la amígdala. La situación estaría relacionada con la expresión de receptores para Gaba-A, un neurotransmisor muy importante en la modulación de múltiples respuestas en distintas estructuras cerebrales”, explica Vargas.

Ahora estudian si el estrés induce una expresión diferencial de dichas comunidades específicas de animales, que van a modular su conducta defensiva. “Hemos encontrado que, a diferencia de lo que esperábamos, la expresión no cambia en la amígdala, sino en el hipocampo, y que participa en la regulación de la respuesta al mismo estrés, no tanto en el comportamiento para evitar el daño, sino en los niveles de liberación de corticosterona. Esa es la tarea que vamos a profundizar en el doctorado”, resalta.

Pero, asimismo, quieren relacionar el estudio con el aprendizaje y responder qué pasa con la adquisición de esa memoria, de esa información, y cómo la pueden recuperar, dados los cambios que, se supone, induce el estrés en este receptor y en otro más, el NMDA (sumamente estudiado en modelos in vivo y ex vivo).

La doctora Lamprea afirma que el trabajo desarrollado por Vargas también quiere llegar a entender esa relación entre aspectos moleculares, como las proteínas que conforman un receptor, y la conducta del animal y del individuo.

“Queremos entender cómo la carga genética es la que establece qué tanto aguanta una persona, o un ser vivo, el estrés. Por supuesto que los factores ambientales son importantes, dependiendo de cómo fuiste criado, a qué situaciones has sido expuesto en la vida, tu respuesta será diferente. Incluso, esos factores ambientales se expresan genéticamente. La profesora Vargas quiere demostrar este tema: cómo la situación de estrés modifica la expresión génica y altera el equilibrio de esos dos neurotransmisores (Gaba-A y NMDA) en el funcionamiento cerebral y hace que un grupo de animales tenga una respuesta diferente al estrés en tareas de aprendizaje”, puntualiza.

Problema de salud pública no reconocido

La eminencia mundial en el tema de Neurociencias y presidente de la International Brain Research Organization (IBRO), Carlos Belmonte, afirmó en el IX Seminario Mundial del tema —celebrado en Bogotá en alianza con la UN—, que el 10% de la población mundial sufre de desórdenes mentales. Además, sostuvo que hay una tendencia errónea a separar las enfermedades neurodegenerativas, como alzhéimer o párkinson, de otras igualmente preocupantes y que constituyen problemas de salud pública, como el desorden bipolar, la esquizofrenia y el estrés. Pero en Colombia el tema está lejos de ser resuelto o siquiera reconocido.

La magíster Viviana Vargas dice que, en términos de salud pública en el país, las cifras no son muy conocidas y son solo estimativos. “Tendríamos que ver qué pasa con las enfermedades asociadas con el estrés, en lugar de los eventos a los que están expuestas las personas. No obstante, así no haya un dato fidedigno al respecto, la incidencia del fenómeno es grande a nivel mundial y, por supuesto, en Colombia. Es importante tener en cuenta también los trastornos de ansiedad y el desencadenamiento de fobias, por ejemplo”, precisa.

La doctora Lamprea confirma que en Colombia no hay estudios claros en salud pública sobre su incidencia, porque ni siquiera hay una definición taxativa sobre qué es estrés.

“Hay un uso coloquial del término y, entonces, todo el mundo está estresado. No hay una definición clara y tampoco parámetros con los cuales se pueda clasificar como una enfermedad mental. Y mucho menos está reconocida en el Plan Obligatorio de Salud (POS). Según los manuales de diagnóstico de enfermedad mental —como el DCM 4—, si se cumplen cuatro de cinco síntomas determinados, se dice que el paciente la padece. Pero con el estrés este parámetro no está definido, lo que hay son enfermedades asociadas. Cualquier estudio de problemas cardiovasculares, digestivos o del sistema inmune incluye como su factor desencadenante al estrés”, afirma.

Hay, pues, una carencia de diagnóstico como tal del trastorno de estrés, pero también una clarísima identificación de la relación con otro tipo de trastornos no necesariamente mentales. “A veces dejamos lo importante, porque lo urgente nos asfixia, como los costos en que incurriría el sistema de salud si reconociera al estrés como enfermedad del POS”, indica.

Su colega Viviana Vargas asegura que, por ejemplo, el estrés postraumático es relevante en el país. Sin embargo, es subestimado porque la cantidad de personas sujetas a eventos estresantes por desplazamiento, por violencia, es muy grande, y sobre que reciban atención y sean diagnosticados como tales no hay cifras al respecto y tampoco reconocimiento.

La doctora Lamprea señala que, desde el punto de vista académico, dentro de la Universidad no solo es importante hacer la relación del estrés con las enfermedades y la posible incidencia en la población general, sino también entender el mecanismo a través del cual se desarrolla.

“¿Por qué cuando una persona está expuesta a situaciones demandantes se le afecta el sistema inmune? ¿Qué tiene qué ver una cosa con la otra, cuando aparentemente son sistemas independientes? Esas son las cuestiones que debemos dilucidar. Queremos conocer cuáles son los mecanismos cerebrales que justamente producen esa serie de efectos en sistemas aparentemente inconexos, además del sistema nervioso”, aclara.

Del estudio sobre el hipocampo calculan que tardarán dos años en obtener resultados concretos, con el uso ético y profesional de ratas de laboratorio machos, cepa Wistar, uno de los animales propicios para los experimentos.

“Este es uno de los problemas que tenemos en investigación básica y que la gente no entiende: que nos demoramos mucho. Pero nosotros no podemos sacar resultados si no tenemos la absoluta certeza de lo que estamos haciendo. Eso difiere de los estudios que divulgan los medios, porque la gente se puede hacer ideas falsas de una investigación mal hecha. Las investigaciones serias tienen reglas que hay que cumplir. Y en un medio como el nuestro, con dificultades para conseguir animales, reactivos e incluso estudiantes, y donde hay trabas legales, o intentos de proyectos como el pretendido de protección animal que restringiría su uso en tareas de docencia e investigación, esto es lento pero seguro”, concluye.

RedacciónT21

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