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La carencia de datos limita las aspiraciones de la ciencia

Es un secreto a voces que hace ya décadas que la física se topó con el límite de lo observable (o al menos, con el límite de lo representable para nuestro cerebro). Ante esta carencia experimental, la racionalidad intenta tomar el mando. Así, tras un largo periodo gobernado por la más pura ciencia empírica, estamos entrando en un tiempo en el que nuestro conocimiento del mundo está cayendo en la especulación racional pura. La teoría de cuerdas o la teoría de multiversos son dos claros ejemplos de esta deriva. Por Samuel Graván Pérez.

La carencia de datos limita las aspiraciones de la ciencia

«Para toda tesis existe una antítesis igualmente válida» (Immanuel Kant)
 
La ciencia ha conseguido aumentar nuestro conocimiento del mundo de un modo exponencial en apenas unos siglos; logrando al mismo tiempo unos avances técnicos aún más asombrosos.

Pero este avance exponencial evidentemente no podía ser para siempre, y la causa principal la constituyen los límites empíricos: la ciencia avanzó mucho conforme nuevos fenómenos a escalas cada vez más pequeñas (y cada vez más grandes) eran incorporados al proceso racional de teorización general, pero hace ya casi tres décadas que este proceso está sufriendo una desaceleración: cada vez es más complicado reducir (o aumentar) la escala de observación, y cada vez mayores esfuerzos (en cuanto a recursos y tiempo) son necesarios para incrementar la experimentación a nuevos niveles.

 
 

Actuando de este modo experimental, la ciencia ha conseguido aumentar nuestro conocimiento del mundo de un modo exponencial en apenas unos siglos, logrando al mismo tiempo unos avances técnicos aún más asombrosos.

Pero este avance exponencial evidentemente no podía ser para siempre, y la causa principal la constituyen los límites empíricos: la ciencia avanzó mucho conforme nuevos fenómenos a escalas cada vez más pequeñas (y cada vez más grandes) eran incorporados al proceso racional de teorización general, pero hace ya casi tres décadas que este proceso está sufriendo una desaceleración: cada vez es más complicado reducir (o aumentar) la escala de observación, y cada vez mayores esfuerzos (en cuanto a recursos y tiempo) son necesarios para incrementar la experimentación a nuevos niveles.
 
La desaceleración de la ciencia
 
Antes, grandes avances en física teórica se veían respaldados por una base experimental que realizaba con éxito a veces incluso una sola persona en un laboratorio semi-profesional; hoy día, el más mínimo aporte de apoyo experimental requiere de enormes laboratorios que cuestan inversiones multimillonarias. Laboratorios constituidas por enormes equipos de trabajo, abocados a realizar un gran esfuerzo de trabajo durante décadas antes de poder poner en marcha el experimento y comprobar si hay algo nuevo que observar.
 
Este proceso, como digo, además se agrava con el tiempo: cada gran nuevo experimento, para aumentar la base experimental ya disponible, requiere un aumento casi exponencial de inversión para conseguir un discreto aumento lineal de precisión. Este es el gran problema que irá creciendo más y más.

Más pronto que tarde llegará el momento que cualquier mejora en la precisión (a nivel microscópico, pero también a nivel macroscópico) requerirá una inversión tan grande que será impracticable (en cuanto a recursos necesarios pero también en cuanto al tiempo requerido en su construcción y espera de resultados). Ese día no creo que esté tan lejos, y de hecho podría haberse ya alcanzado en el nivel de física de partículas con el LHC. Porque si ya el LHC supuso una inversión multinacional enorme, una mejora significativa del mismo (es decir, un aumento significativo -aritmético- de la energía de colisión) supondría un aumento geométrico en su coste.
 
No creo personalmente que se construya nunca un acelerador de partículas capaz de superar al LHC (al menos, no creo que se logre construir en los próximos 50 años, por lo que no tengo esperanzas de ver en vida algo mejor). Es decir, que debemos comenzar a aceptar (cuanto antes mejor) la limitación práctica que el conocimiento físico puede tener. Es un hecho insoslayable, y la limitación principal es empírica.
 
Sin embargo, el hombre ya se ha acostumbrado a la ciencia como única herramienta capaz de dar cuenta del saber; y aceptar su limitación es algo que psicológicamente cuesta mucho digerir, más aún por los propios hombres de ciencia, los cuales han dedicado su vida y carrera a esta disciplina. El hecho de abandonar la ciencia, o incluso simplemente compatibilizarla con otro método de conocimiento (distinto del hipotético-deductivo propio de la ciencia) es una actitud duramente castigada y denunciada en aquellos que se atreven. Sin embargo, nos guste o no, no hay otro camino.
 
Como decimos, hace al menos tres décadas que ninguna nueva teoría física revolucionaria es capaz de recibir apoyo experimental de ningún tipo. El modelo estándar de partículas fue la última gran teoría física capaz de obtener evidencias empíricas en su favor (siendo la última precisamente alcanzada hace unos pocos años en el LHC con el descubrimiento del bosón de Higgs), y de hecho, no hay en el horizonte ninguna propuesta mejor con probabilidades reales de constatación.

La teoría de cuerdas, por ejemplo; es casi impracticable a la hora de recibir este apoyo observacional, y otras teorías alternativas son igualmente inabordables por este método experimental. Incluso relativamente «pequeños» pasitos adelante, como sería el descubrimiento de la supersimetría o la evidencia de nuevas dimensiones en el espacio-tiempo, parecen esquivos; y el LHC no está teniendo éxito en ello de momento (funcionando ya, por cierto, casi a su máxima potencia).
 
Pero no es sólo la física de partículas la que se encuentra en problemas: casi todas y cada una de las ciencias más básicas (dejando de lado las ciencias biológicas y otras que limitan su estudio al nivel mesoscópico de la realidad), parecen haber logrado (o están cerca de ello con sus próximos -y millonarios- experimentos) el límite empírico abordable de un modo práctico razonable, es decir; el límite donde el aumento de coste se ve respaldado por un aumento razonable en la precisión y en los resultados.
 
Incógnitas persistentes  
 
Y lo principal es que, a pesar de estar sin duda a punto de alcanzar este nivel razonable de observación en todos los ámbitos, aún no tenemos ni idea de cómo funciona realmente el mundo.

Hemos avanzado sin duda mucho desde el origen de la ciencia, pero aún quedan casi las mismas preguntas por responder que al principio: el avance descriptivo ha sido lo que ha predominado (lo que ha permitido el gran avance tecnológico que todos disfrutamos), pero el avance explicativo en profundidad como tal ha sido muy escaso.

Conocemos miles de leyes, teorías y principios; y podemos describir y prever de un modo maravillosamente preciso gran parte de los fenómenos del mundo gracias al uso del lenguaje matemático. Esto ha posibilitado un avance tecnológico espectacular.
 
Sin embargo, y esto es muy importante, no hay hoy día una mejor explicación para comprender por qué el mundo se comporta de este modo tan bien previsto que la que hubiera hace casi tres mil años. Ya en aquel entonces un filósofo griego llamado Demócrito propuso la hipótesis del átomo (es decir, reducir grosso modo todo fenómeno observable a la interacción de pequeños constituyentes indivisibles moviéndose en un espacio vacío), y es, de hecho, una propuesta casi equivalente a la moderna teoría de cuerdas (y al modelo estándar de partículas de la que la teoría de cuerdas deriva). Casi tres mil años han trascurrido, y no se ha avanzado lo más mínimo en el conocimiento real del porqué del mundo, terminando explicativamente todo casi en el mismo punto donde empezó.
 
Se puede comprender que la razón de este estancamiento explicativo milenario se debe, igual que en el caso del límite práctico descriptivo, a la necesidad empírica del proceso (no es posible hallar los datos empíricos que se necesitarían para el conocimiento). Una necesidad que la ciencia básica entendida como método hipotético-deductivo arrastra desde hace siglos, y que la limita siempre por este requerimiento de contrastación (obligarse siempre a intentar refutar y evidenciar de un modo experimental las consecuencias de las hipótesis).
 
Sin embargo, esta contrastación, como hemos visto, es cada vez más difícil de alcanzar de modo práctico para justificar la descripción del fenómeno inmediato, y, además, es imposible de alcanzar en teoría para avanzar científicamente en el terreno explicativo en profundidad.

Tenemos, resumiendo, lo siguiente:
 
1) La ciencia básica está limitada de modo práctico a la mera descripción del mundo. Es así, por el coste experimental y por el hecho de que cada vez los mayores costes resultan en un menor aumento de precisión. Esto hace que (relativamente), en mi opinión, poco más se vaya a avanzar los próximos años en cuanto a la identificación (enumeración) de leyes, teorías y principios que sean verdaderamente  nuevos y revolucionarios.
 
2) La ciencia básica está limitada teóricamente a la explicación (el porqué) del modo en que esas leyes y principios detectados (de modo descriptivo) funcionan del modo en que lo hacen (y no de otra manera, o de ninguna manera en absoluto). Uno puede, por ejemplo; conocer y comprender la formulación matemática (descriptiva) del principio de acción mínima, y no obstante, no tener ni idea de por qué el universo funciona de este modo observado y no de otra manera diferente. Y lo mismo aplica al resto de leyes, principios, teorías, etc.
 
En pocas palabras: el ser humano, mediante el método científico tradicional, está limitado en la práctica a alcanzar un conocimiento descriptivo del mundo solamente hasta una cierta precisión máxima insalvable. Lo imponen los limitados recursos disponibles en el planeta (matemáticamente hablando: este límite puede rondar nueve o diez decimales, o alguno más en el futuro).

Por otra parte, el ser humano está limitado a un conocimiento explicativo nulo en cuanto al porqué (el qué y el para qué) de las leyes y principios detectados en este comportamiento regular (ley) identificado en el fenómeno: sabemos con mucha precisión que la energía se conserva (descripción de un hecho regular), pero no sabemos por qué lo hace en lugar de no hacerlo, ni qué supone esta conservación, ni tampoco para qué sirve que tal conservación suceda (si es que sirve para algo). Es decir; que no conocemos la causa (con mayúsculas) de este comportamiento regular del fenómeno tan precisamente descrito y constatado.
 
Y es este es el verdadero problema en el conocimiento explicativo del mundo: que no conocemos (ni podemos conocer) empíricamente la causa (que trasciende) la regularidad fenoménica observada. Porque es un hecho que las cosas suceden, y que suceden de un modo muy concreto; es decir; se percibe que el fenómeno es, y que se comporta de un modo regular y previsible, y por lo tanto dicho ser y dicha regularidad requieren de una explicación: algo que dé cuenta de por qué el mundo es, se mueve y se comporta de este modo observado y no de otro manera cualquiera, o incluso que no sea o que sea de un modo absolutamente caótico no regular (sin leyes ni principios).
 
No vale, por lo tanto, con cruzarse de brazos ante la mera (y precisa) identificación de la regularidad, sino que hay que pretender más: un conocimiento sobre qué puede producir esta regularidad tan concreta en lugar de otra cualquiera, amén de tener que darse cuenta del porqué hay algo (fenómenos) que se comportan regularmente en lugar de no haber nada o no haber regularidad (ambas situaciones lógicamente congruentes).
 
Pero claro, para conocer qué crea el fenómeno y cómo se motiva su regularidad dinámica, además de comprender por qué se produce todo de este modo tan concreto, y también para qué sucede todo esto del modo en que lo hace (o demostrar que no hay un para qué); hay que salir (trascender) el propio fenómeno del que formamos parte.

Es decir; que para explicar el mundo de un modo equivalente al «científico» tradicional, habría que poder «salir» del Universo y observar qué hay ahí para poder contrastar empíricamente las hipótesis que nos podamos haber hecho. En otras palabras: para lograr tal conocimiento explicativo necesitaríamos poder obtener datos empíricos de esa realidad supra-fenoménica.
 
Sin embargo, creo que es evidente que esta posibilidad escapa absolutamente de nuestro poder como meros sujetos evolutivos creados dentro (y desde) el propio fenómeno, y limitados por tanto empíricamente a este mismo conjunto fenoménico del cual participamos y que da forma al Universo.
 
Abocamiento a la metafísica
 
Esto hace que buscar cualquier explicación (un qué es, por qué es, o para qué es) sobre el cómo observado en cualquier proceso fenoménico es algo que la ciencia hipotético-deductiva no pueda afrontar (al ser imposible el paso experimental de contrastación de hipótesis). Si es así, proseguir esta indagación en el conocimiento queda limitada, por lo tanto, a la pura racionalidad. Si se quiere quedaría abocada a comportarse de forma similar a lo que constituye una rama filosófica denominada tradicionalmente como Metafísica. Pero la metafísica ya no es ciencia y en ella queda fuera de cuestión cualquier intento de pretender refutar o contrastar estas hipótesis propuestas.
 
Precisamente esta (para algunos) desagradable limitación en la posibilidad de verificación experimental que hace de la ciencia “metafísica”, es lo que llevó la metafísica al olvido. Es el estigma que la llevó al olvido durante casi todo el siglo XX, eclipsada por completo por el firme y preciso triunfo descriptivo sobre cómo se produce y regulan los fenómenos en el mundo y, además, por el enorme avance tecnológico a la que esta precisa identificación predictiva condujo. El pragmatismo se impuso, y nada que no fuese ciencia parecía merecer la pena de tenerse en cuenta.
 
Pero como venimos diciendo, los límites empíricos prácticos comenzaron a alcanzarse hace ya casi tres décadas, y desde entonces, con estos límites  a la vista, la «ciencia» no tuvo más remedio que empezar a hacer literalmente (aunque de un modo velado) filosofía o metafísica.

El ejemplo más famoso de esta filosofía «científica» nace precisamente con la teoría de cuerdas en un intento por rebasar el  modelo estándar de partículas; una teoría la de cuerdas eminentemente matemática (racional) que no tiene apenas posibilidad de ser evidenciada experimentalmente; nunca en la práctica, pero incluso muchos defienden que ni siquiera en teoría. Teoría que, sin embargo, es congruente con la forma cómo es observado el fenómeno. Es decir; que se postula realmente una especulación racional teórica, pero fundada solo en la matemática y, más importante aún, respaldada por la capacidad de dicha hipótesis matemática para describir y prever cualquier fenómeno observable y su regularidad dinámica (una especulación racional-matemática congruente con la realidad).
 
El hecho que parece imponerse es que, antes o después, no habrá más escapatoria que la vuelta a la filosofía, o mejor dicho, a una reformulación del método científico tradicional, de modo tal que permita a la especulación racional ingresar y participar en las propuestas teóricas de la ciencia. Esta reformulación del método científico, que como digo llegará más pronto que tarde debido a la necesidad impuesta por los límites empíricos prácticos, podría consistir en algo parecido a lo siguiente:
 
1- Observación: Aplicar atentamente los sentidos a un objeto o a un fenómeno, para estudiarlo tal como se presenta en realidad, bien sea ocasional o causalmente.
2- Inducción: La acción y efecto de extraer, a partir de determinadas observaciones o experiencias particulares, el principio particular que rige en cada una de ellas.
3- Hipótesis: Consiste en elaborar una explicación provisional de los hechos observados y de sus posibles causas, asumiendo la legítima especulación racional.
4- Probar y evidenciar si la hipótesis racional es consistente con la descripción del fenómeno hecha por la ciencia empírica tradicional: es decir, comprobar si las consecuencias de la hipótesis cuadra con las leyes, teorías y principios que ya conocemos (en lugar de como se hace ahora, pretender evidenciar y refutar experimentalmente las consecuencias de la hipótesis).
5- Legitimación una Tesis o teoría racional por su congruencia con los hechos (que no supondría su verificación experimental conforme con el método tradicional).
 
El punto 4 sustituirá los pasos del método hipotético-deductivo que antes pedía probar empíricamente la hipótesis por experimentación para evidenciar o refutar la misma. Deberá bastar con comprobar si la hipótesis es consistente con las teorías,  leyes y principios que ya conocemos. Y es que no quedará otro remedio si se quiere pretender seguir avanzando en el conocimiento del mundo una vez que ninguna nueva experiencia empírica sea posible. O se avanza por la razón (el único camino) o no se avanza.
 
Esto es, de hecho, lo que los físicos han estado haciendo desde hace casi tres de décadas al trabajar en la teoría de cuerdas: la teoría de cuerdas no es más que una amalgama de ecuaciones matemáticas y suposiciones empíricamente irrefutables (once o doce dimensiones espaciales, cuerdas vibrando en la prácticamente inobservable escala de Plank, etc.). Una teoría (la de cuerdas o supercuerdas) que se tiene en cuenta simplemente y se respeta porque sus consecuencias racionales (matemáticas) concuerdan bien con la teoría de la relatividad y los postulados de la mecánica cuántica, pero de hecho, ¡jamás vamos a ver una cuerda! (ni siquiera podemos ver un quark libre y más difícil sería ver una cuerda del tamaño de la escala de Plank).

La carencia de datos limita las aspiraciones de la ciencia

 Una nueva ciencia por venir
 
A esta nueva «ciencia» que está por venir (que ya está aquí, de hecho, pero que aún hay que descubrirla como tal), se la podría llamar filosofía inmanente: porque de hecho será sin duda filosofía ya que dejará volar a la imaginación racional sin ningún respaldo empírico con la intención de poder avanzar un poco más en el conocimiento, al menos hipotético; pero igualmente será inmanente, en el sentido de que se exigirá siempre que el fruto de ese paseo de la razón, experimentalmente incontrolado, sea luego lógicamente congruente con todos los resultados históricamente establecidos por la ciencia tradicional descriptiva del único mundo al que tenemos empíricamente acceso (nuestro universo y sus fenómenos vistos por la ciencia empírica real).
 
Debemos señalar, por último, que no sólo ha sido la teoría de cuerdas la que ha entrado de lleno en esta nueva era de la ciencia básica reformulada, sino que ya la misma cosmología hace tiempo que no hace otra cosa que utilizar veladamente en su trabajo esta filosofía. Lo hace en gran parte de sus modernas propuestas, pero merece la pena recalcar que donde con más descaro la utiliza es cuando propone la (mal) denominada teoría del multiverso.
 
La propuesta del multiverso es hoy día una especulación física muy particular. Y es particular primero porque hace, igual que la teoría de cuerdas, uso de este método científico «debilitado» del que hemos hablado. No existe posibilidad práctica (y parece que ni teórica) de contrastar o refutar empíricamente en modo alguno la hipótesis de base (la existencia de un multiverso); pero son muchos los científicos que se contentan con que este hipotético multiverso se funde y a la vez sea capaz de dar cuenta de en la descripción empírica que la ciencia empírica tradicional ha logrado, y a la vez sea capaz de dar cuenta de ella (particularmente en lo referente a la física cuántica y la inflación cósmica).

Pero además, este postulado multiverso es muy particular debido a la descarada intencionalidad metafísica que de él hacen los científicos. Concretamente, la «teoría» del multiverso es el as (filosófico) en la manga del que hacen uso los científicos para negar cualquier implicación trascendental explicativa (que pudiera referirse a hipótesis metafísicas conectadas con lo religioso). No habría implicaciones metafísicas en la regularidad observada en el mundo. Es decir, que los multiversos son la antítesis explicativa que usa el científico para contrarrestar la tesis que hace el creyente cuando propone una explicación trascendental-metafísica del mundo.
 
El científico es consciente de que todo parece estar muy bien ajustado de modo que sea posible la existencia de vida consciente en el universo, y además comprende que no se puede achacar todo a la pura casualidad. Por último, el científico detesta (normalmente) achacar algo a causas intencionales (referidas a una razón divina diseñadora del universo), por lo que sólo tiene una escapatoria racional: proponer que no hay solo un universo, sino una infinidad de ellos: en algunos del ellos podrá haber, por azar, consciencia y en otros no. Y es una buena respuesta, quizá aceptable como posible especulación, dadas sus necesidades subjetivas (no usar hipótesis intencionales). Pero que nadie se engañe: aun así, es una respuesta filosófica.
 
Porque es que, además, está el hecho de tener que creer un argumento lleno de atemporales e infinitos universos anidados e inaccesibles, e  incluso en omnipotentes «realidades» ideales matemáticas (debiendo añadir también que cuando te informas un poco descubres que hay muchas y diferentes «teorías» del multiverso; quizás una por cada persona que trata el asunto). Por ello, el hecho de creer directamente en un ente trascendente que haya creado todo del modo en que lo vemos, no parece ser más difícil de aceptar, como hipótesis, que la complejísima teoría especulativa de ls multiversos. Siendo ambas posiciones metafísicas, no parecería haber tanta diferencia después de todo entre ellas.
 
Sea como sea, y a día de hoy, cada uno puede creer lo que más le convenga psicológicamente como sujeto porque no hay nada que apoye o evidencie mejor una tesis sobre la otra: es más, puede haber incluso quién utilice el tan afamado principio de economía (navaja de Occam) para defender como más plausible la idea de una unidad trascendente infinita, atemporal y omnipotente, frente a la idea «científica» del multiverso donde infinitos mundos (múltiples universos) conviven en realidades paralelas concurrentes sustentadas por una especie de omnipotente y atemporal esencia ideal, un meta-universo fundamental metafísico, generadora de mundos. No es precisamente una actitud muy económica la de sacrificar la tesis de que existe una única intencionalidad trascendental generadora de un mundo (el nuestro), y proponer a cambio la hipótesis de una infinidad de realidades paralelas sustentadas finalmente por otra entidad trascendental muy similar a la anterior sólo que no tendría un diseño intencional (esta esencia trascendente varía según el autor que la propone, pero se la suele entender como una especie de espuma «cuántica» eterna y omnipotente en cuanto a su capacidad generadora de universos).
 
¿Qué es más afín al principio de economía del pensamiento, un incognoscible ente trascendente personal que crea con un diseño racional e intencional (eterno y omnipotente) un mundo (el nuestro), o un incognoscible ente trascendente no-intencional, sin conciencia personal (igualmente eterno y omnipotente) que genera ciegamente infinitos universos (algunos conteniendo consciencia y otros no)?
 
El hecho de decantarse por la segunda opción parece decididamente más un acto subjetivo de rechazo personal frente a una supuesta intencionalidad personal divina, que una meditación basada estrictamente en la lógica y en la fuerza de los argumentos (que en todo caso reconocemos como lógicamente posibles).

La carencia de datos limita las aspiraciones de la ciencia

Una propuesta alternativa de Philipp Mainländer
 
En lugar de sentirnos constreñidos a tener que explicar el fundamento del universo, discutiendo entre una metafísica teísta y una metafísica de multiversos, podríamos admitir simplemente que el universo, aunque ha sido creado, ha sido creado como autónomo, con principios autp-explicativos, de tal manera que, una vez creado en su autonomía, no necesitaría referencias a entidades transcendentes (ni Dios ni multiversos). En esta línea navega la interesante propuesta alternativa de Philipp Mainländer.
 
De hecho, y ya puestos a creer, hay, en efecto, otras alternativas más económicas aún que las dos arriba señaladas (Dios y multiversos): en este sentido, merece la pena mencionar la propuesta que hizo el filósofo Philipp Mainländer [1], el cual defendió con mucha destreza argumental el hecho de que fue precisamente la muerte de Dios (es decir, de una incognoscible unidad trascendente pre-mundana, anterior a la existencia del universo) lo que constituyó el nacimiento del mundo plural y dinámico que observamos (i.e. el nacimiento de nuestro mundo inmanente empírico). Esta realidad pre-mundana quiso dar origen a un universo autónomo.
 
En este sentido, esta unidad trascendente fue, pero dejó de ser al convertirse en la pluralidad individual observada a nuestro alrededor en el mundo. Hoy día, por tanto, ya no habría trascendencia alguna que explicar tras el mundo (o en el mundo), sino que dicha unidad premundana literalmente desapareció al realizar la misma un único acto (su único acto): originar el mundo. Pero cear un mundo autónomo que podría ya explicarse por sí mismo. Este hecho explicaría además el dato observable de que todo fenómeno en el universo se nos aparece siempre íntimamente ligado a movimientos regulares relacionados entre sí: así pues, puesto que la pluralidad fenoménica comparte un mismo origen esencial (una idea bastante coherente por cierto con la teoría física del Big Bang), todo movimiento en el mundo debe afectar al movimiento de todo lo demás (una tesis también muy coherente con la termodinámica moderna).
 
Por lo tanto, intentando aplicar el principio de economicidad argumental (navaja de Ockam) que estamos proponiendo (y si se es honesto), quizás deberíamos tomar muy en serio esta propuesta metafísica de Mainländer (o una similar) como la más «probable». Quizá esto sea, de algún modo, lo que podemos llegar a decir sobre una eventual “verdad del mundo”. La propuesta de Mainländer de hecho negaría (y con ello se ahorra tener que explicar y defender la creencia en) cualquier existencia trascendental metafísica (divinidad o multiuniversos) concurrente en la actualidad para explicar el fenómeno que se entendería como autónomo (i.e. ni el mundo, ni más allá del mundo). Pero al mismo tiempo salvaría el problema explicativo del origen del universo al que se enfrenta el ateo con grandes dificultades, puesto que se especula con que esa trascendencia creadora pre-mundana sí fue, sí existió (realmente hubo una unidad existencial incognoscible para nosotros antes del universo), pero que ya no es, ya no existe si pretendemos apuntar a ella desde dentro de un universo autónomo: es decir; que el origen del mundo (lo que se conoce como Big Bang) supuso su aniquilación como unidad atemporal e inmóvil a la que pudiéramos referirnos desde dentro de un mundo autónomo, en favor de la pluralidad y el movimiento observado en el mundo autónomo.
 
La cosmovisión la de Mainländer es, pues, completa (da cuenta de la causa y origen de nuestro mundo en una unidad premundana). Además no necesita explicar -como le ocurre al teísta tradicional- el problemático asunto de qué puede motivar a un Ser todopoderoso, atemporal e inmóvil, a actuar del modo en que lo hace (cuestiones lógicamente inabarcables), o explicar por qué tampoco vemos rastro alguno de este Ser. Para nuestro filósofo estas preguntas no son pertinentes, puesto que precisamente defiende que esta trascendencia pre-mundana existió, pero, al crear un mundo autónomo, dejó de existir para ese mundo. Por ello, además, el único acto por el que postulamos su existencia fue el acto de creación pre-mundana, así como la necesidad, o conveniencia (no sabemos, son cuestiones lógicamente inabarcables) de que su acto creador supusiera ya dejar de ser para ese universo autónomo fruto de la creación.
 
Tampoco necesita  por otra parte Mainländer especular como hace el «científico» con esas infinitas meta-realidades con su incognoscible esencia omnipotente capaz de generar innumerables mundos paralelos (multiversos) en un intento de explicar el propio Big Bang (momento de la creación) y el fino ajuste de las variables para albergar vida que presenta el mundo. Para nuestro filósofo, el acto de creación y el fino ajuste, son ambos consecuencia del único acto que llevó a cabo una unidad trascendente premundana para crear un universo autónomo en el que dejaría de ser.
 
Ninguna trascendencia actual que explicar. Una trascendencia que existió pero que dejó de ser en el momento de la creación al consumar un único acto para satisfacer una única necesidad, la de crear un universo autónomo. Es difícil idear una propuesta más económica y a la vez más completa que esta cosmovisión propuesta por Mainländer. Es realmente tentador, y como poco merece ser tenida en cuenta en igualdad de condiciones al lado de las propuestas religiosas tradicionales y de la moderna filosofía «científica» de los infinitos mundos.

Referencia bibliográfica:
 
[1] Filosofía de la redención (Philipp Mainländer), enlace a la magnífica traducción que ha realizado MANUEL PEREZ CORNEJO. 
 

 

Artículo elaborado por Samuel Graván Pérez, Ingeniero por la Universidad de Cádiz y colaborador deTendencias21 de las Religiones.
 

RedacciónT21

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