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Ecolalias

Sobre el olvido de las lenguas

Ficha Técnica

Título: «Ecolalias»
Autor: Daniel Heller-Roazen
Editorial: Katz editores. Madrid, diciembre 2008

Así como es posible adquirir un lenguaje también es posible perderlo. Las personas pueden olvidar palabras, frases o incluso lenguas completas que alguna vez conocieron. También los pueblos dejan escapar, en el transcurso del tiempo, las lenguas que alguna vez fueron suyas, lenguas que desaparecen y dejan paso a otras que les siguen.

Daniel Heller-Roazen reflexiona en esta obra sobre las múltiples formas del olvido lingüístico, ofreciendo al lector una rica y amplia investigación filosófica acerca de la persistencia y la desaparición del habla. El autor se mueve entre las culturas clásica, medieval y moderna, y explora las relaciones entre el habla, la escritura, la memoria y el olvido con ejemplos tomados de la literatura, la filosofía, la lingüística, la teología y el psicoanálisis. Heller-Roazen nos lleva de Ovidio, Dante o la moderna ficción a la literatura clásica árabe o al nacimiento de la lengua francesa, la lingüística estructuralista o los escritos de Freud sobre la afasia, y examina con claridad y precisión las formas, los efectos y las consecuencias últimas del olvido de la lengua. Desde el balbuceo infantil hasta el legado de Babel, de la lengua sagrada del judaísmo y del islam hasta el concepto de lengua muerta y los lenguajes hoy amenazados, Ecolalias traza un elegante y original itinerario filosófico que nos invita a reflexionar de un modo novedoso.Lea un fragmento.

Datos del Autor

Daniel Heller-Roazen Canadá, 1974
Nacido en Toronto, Canadá, Daniel Heller-Roazen estudió filosofía en la Universidad de Toronto, y luego se trasladó a la Universidad Johns Hopkins con la intención de dedicarse a la literatura alemana. Sin embargo, una vez obtenido un master en estudios alemanes decidió abordar los estudios medievales y, en particular, la relación entre poesía y filosofía en la Edad Media. En el año 2000 obtuvo un doctorado en literatura comparada en la Universidad Johns Hopkins, y luego se desempeñó como profesor en Princeton. Heller-Roazen habla fluidamente nueve idiomas además del inglés: provenzal antiguo, hebreo bíblico, árabe clásico, italiano (ha traducido tres obras de Giorgio Agamben), francés, yiddish, alemán, griego antiguo y latín. Reconocido en todo el mundo como especialista en estudios medievales así como en la teoría crítica contemporánea, su conocimiento de numerosos idiomas le ha permitido explorar los problemas de la transmisión y la traducción de los textos filosóficos.

Fragmento de la obra

«La cumbre del período de balbuceo»

Como bien se sabe, los niños al principio no hablan. En cambio, emiten sonidos que parecen anticipar los sonidos del lenguaje humano y que a la vez se encuentran, en su esencia, en las antípodas. A medida que se aproximan al momento en el que comienzan a formar las primeras palabras reconocibles como tales, tienen a su disposición tal potencial para la articulación que nadie, ni siquiera el más dotado de los adultos políglotos, aspiraría a igualar. Es precisamente por esta razón que Roman Jakobson se sintió cautivado por el balbuceo de los niños, además de sentirse atraído por cosas tales como el futurismo ruso, la métrica eslava comparada y la fonología estructural, es decir, la ciencia que estudia las formas sonoras del lenguaje. En ‘Lenguaje infantil, afasia y leyes generales de la estructura fónica’, que escribió en alemán entre 1939 y 1941 durante su exilio en Noruega y Suecia, Jakobson observó que «un niño es capaz de articular en su balbuceo una suma de sonidos que nunca se encuentran reunidos a la vez en una sola lengua, ni siquiera en una familia de lenguas: consonantes con los puntos de articulación variadísimos, palatales, redondeadas, sibilantes, africadas, clics, vocales complejas, diptongos, etc.». Respaldado por las investigaciones realizadas por psicólogos infantiles con formación lingüística, Jakobson llegó a la conclusión de que en aquello que él dio en llamar «la cumbre del período de balbuceo» (‘die Blüte des Lallens’), no pueden fijarse límites a las capacidades fónicas del niño que balbucea. Respecto de la articulación, Jakobson sostenía que los niños son capaces de todo. Sin el menor esfuerzo pueden producir todos y cada uno de los sonidos incluidos en todas las lenguas humanas.

Cabría pensar que, con tal potencial para el habla, la adquisición del lenguaje habría de ser una tarea rápida y sencilla para el niño. Sin embargo, no es así. Entre el balbuceo del niño y sus primeras palabras no sólo no hay un pasaje fluido sino que hay pruebas de que se produce una interrupción muy marcada, algo parecido a un momento decisivo en el que las capacidades fonéticas hasta entonces ilimitadas parecen tambalear. En las propias palabras de Jakobson, «los observadores comprueban, entonces, con gran sorpresa, que el niño pierde prácticamente todas sus facultades de emitir sonidos cuando pasa de la etapa prelingüística a la adquisición de sus primeras palabras, primera etapa lingüística propiamente dicha». Por cierto, a esta altura no ha de sorprender cierta atrofia parcial de las capacidades fónicas; cuando el niño comienza a hablar una lengua dada, obviamente ya no utiliza todas las consonantes y vocales que alguna vez supo articular, por lo que es absolutamente natural que, al dejar de emplear los sonidos no contenidos en la lengua que está adquiriendo, pronto olvide cómo se producen. Pero cuando comienza a aprender una lengua, no pierde sólo la capacidad de producir sonidos que exceden ese sistema fonético dado. Lo que resulta aun más sorprendente (‘auffallend’), acotó Jakobson, es que otros muchos sonidos comunes a su balbuceo y a la lengua adulta ahora desaparezcan del acervo del niño; es en este preciso momento cuando puede decirse que se ha iniciado verdaderamente el proceso de adquisición de una lengua. A lo largo de varios años, el niño comenzará, poco a poco, a dominar los fonemas que definen la estructura sonora de lo que habrá de constituir su lengua madre, de acuerdo con un orden que Jakobson presentó por primera vez en forma estructural y estratificada: comenzando con la emisión de las dentales (como la ‘t’ y la ‘d’), el niño aprenderá a pronunciar las palatales y velares (como la’k’ y la ‘g’); a partir de las oclusivas y las labiales (como las ‘b’,’p’ y ‘m’), adquirirá la posibilidad de formar las constrictivas o fricativas (como las ‘v’, ‘s’ y ‘?’) y así sucesivamente hasta que, al término de su proceso de aprendizaje de lengua, el niño se convierte en un «hablante nativo», para usar la expresión con la que todos estamos familiarizados pero cuya imprecisión es notable.

¿Qué sucede en el período de transición con los numerosos sonidos que el niño solía pronunciar fácilmente? ¿Cuál es el destino que le espera a su capacidad de producir los sonidos de todas las lenguas antes de aprender los sonidos de una única lengua? Es como si la adquisición del lenguaje sólo fuera posible a través de un acto de olvido, una suerte de amnesia lingüística infantil (o amnesia fónica, ya que lo que el niño parece olvidar no es la lengua sino una capacidad infinita para la articulación indiferenciada). ¿Es posible que el niño esté tan cautivado por la realidad de una lengua que opta por abandonar la tierra sin fronteras pero a la vez estéril que encierra la posibilidad de existencia de todas las demás? ¿O acaso uno debiera observar la lengua recién adquirida para buscar una explicación?: ¿es acaso la lengua madre la que se apodera del nuevo hablante y se rehúsa a dar cabida siquiera a la sombra de alguna otra? Todo se complica aun más por el hecho de que en el momento en que el niño se sume en el silencio, ni siquiera puede decir «yo», por lo que dudamos en atribuirle conciencia de hablante. En todo caso, cuesta imaginar que los sonidos que el niño alguna vez pudo producir con tanta facilidad se hayan desvanecido por completo de su voz y hayan dejado nada más que una estela de humo (y el humo, de hecho, es algo). Al menos dos cosas nacen de esa voz vaciada por el retiro de los sonidos que el niño que ha aprendido a hablar ya no puede producir: a partir de la desaparición del balbuceo nacen una lengua y un hablante. Bien podría tratarse de algo inevitable. Tal vez el niño deba olvidar la infinita serie de sonidos que alguna vez pronunció en «la cumbre de su período de balbuceo» para así lograr el dominio del sistema finito de consonantes y vocales que caracteriza a una lengua específica. Tal vez la pérdida de un arsenal fonético ilimitado es el precio que el niño deba pagar por el documento que le confiere condición de ciudadano en la comunidad de la lengua a la que pertenece.

¿Las lenguas de los adultos retienen algo del balbuceo infinitamente variado del que surgieron? Si es así, entonces lo que perdura es apenas un eco, ya que allí donde hay lengua el balbuceo desapareció mucho tiempo atrás, al menos en la forma en que alguna vez existió en boca de ese niño que aún no había aprendido a hablar. Sería apenas un eco de otra habla y de algo diferente al habla: una ecolalia, que supo resguardar la memoria de ese balbuceo indiferenciado e inmemorial que, al perderse, permitió la existencia de todas las lenguas.

RedacciónT21

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