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Elogio de la lucidez

Liberarse de las falsas ilusiones que nos impiden ser felices

Elogio de la lucidez

Ficha Técnica

Título: Elogio de la lucidez
Autor: Ilios Kotsou
Edita: Kairós, Barcelona, 2017
Colección: Psicología
Traducción: Miguel Portillo
Encuadernación: Tapa blanda con solapas
Número de páginas: 216
ISBN: 978-84-9988-542-1
Precio: 15 euros

Ya el título de la obra resulta lo suficientemente provocador para acercarnos e introducirnos en sus páginas. Y lo es porque nos trae a la memoria otros elogios que pueden actuar como catalizadores, centrándonos en él. ¿Acaso no nos recuerda al erasmista Elogio de la locura? O, también por contraste, el Elogio de la sombra, bien en la obra de Humichirô Tazinaki, bien en el hermoso poema de Jorge Luis Borges; y, también en forma de poema, el Elogio de la quietud, de Alfredo Buxán; o, en formato de vídeo, el Elogio de la luz, de Juan Navarro, por no olvidar el más exitoso libro Elogio de la lentitud, de Carl Honoré.

Es este un libro en el que se habla de la felicidad. Un concepto inasible y que, sin embargo, nos resulta abrumadoramente actual, pues estamos siendo continuamente bombardeados por mensajes que nos la prometen, mediante una serie de eslóganes que, a la hora de la verdad, son incapaces de saciar esa ansia innata de una vida feliz. A tener en cuenta: una enfermera, que atendía a residentes ancianos, les preguntó por las cosas que habrían hecho y que dejaron de hacer; de manera masiva, respondieron que les habría gustado dedicar más tiempo a ser felices.

¿Qué es la felicidad? Para Aristóteles era el bien supremo y sus compatriotas la consideraban algo útil para el bien de la polis; se alcanzaba a través de las enseñanzas de la sabiduría, algo reservado a unos pocos. El cristianismo cambió el escenario de la felicidad, trasladándolo de esta vida a la del más allá, donde se lograría la felicidad plena y perfecta. La declaración de independencia de los Estados Unidos la considera un derecho humano inalienable. Hasta que el capitalismo la convirtió en un negocio, pues para alcanzarla habría que recorrer el camino del consumo, creando ilusiones de felicidad.

Pero no, no es posible ser siempre feliz. Al contrario, la felicidad está para ayudarnos a hacer frente a la sucesión de problemas que constituyen la vida y a sobrevivir a pesar de ellos; su función es la de hacer vivible la vida.

¿Y de qué trata este libro? Christophe André, en el Prefacio que firma, nos lo dice claramente: “habla de un trabajo sobre un alegre y saludable desengañarse, sobre una limpieza profunda de la idea de felicidad. Al mostrarnos cómo cultivar lucidez y libertad, nos ayuda a eliminar lo ilusorio, que nos orienta hacia falsas felicidades, o hacia felicidades inquietantes e irreales. Despeja el terreno para las verdaderas felicidades. No son perfectas, pero sí lúcidas. Nos enseña a no soñar en cómo alcanzar la felicidad, sino más bien en cómo amarla y facilitarla”. Eso sí: nos exige una aceptación de esa realidad que, siendo convincente y lúcida, pues se apoya en una alianza tranquila entre ciencia y sentido común, carece sin embargo de pruebas.

Pero no nos engañemos: no se trata de un libro triste “sino, al contrario, es una obra alegre llena de frescura y repleta de una energía contagiosa que nos alegrará el corazón y movilizará el espíritu”.

Qué felicidad

Ilios Kotsou nos ofrece, tras el Prefacio, una interesante Introducción, en la que nos advierte de que la obra que tenemos entre las manos no es un recetario de soluciones precocinadas, sino que de lo que trata es de advertirnos de ciertas trampas que nos alejan de una vida llena de sentido a la vez que propone alternativas.

No intenta hacer un tratado de la felicidad, tarea excesiva para los fines de su ensayo; pero sí se remite a dos definiciones utilizadas en la investigación científica: la hedonista, que la define en términos de placer y ausencia de dolor; y la eudemónica, que hace referencia a la impresión de que nuestra vida, en su conjunto, merece la pena ser vivida.

Nos muestra la paradoja de nuestra actualidad, cuando disponemos de condiciones susceptibles de hacernos felices y, sin embargo, los problemas de salud mental aumentan. Y se cuestiona sobre el rigor de los diversos manuales que, desde sus páginas, nos brindan un bálsamo de Fierabrás capaz de eliminar los obstáculos que se interponen para alcanzar una supuesta felicidad.

Antes de introducirnos en la primera de las dos partes que componen la obra, Kotsou nos propone unas páginas dedicadas a La trampa de la idealización. Nos plantea cómo, en la actualidad, se nos vende la idea de que una vida feliz no comporta pruebas ni sufrimientos, que la felicidad sería un estado duradero de plenitud y satisfacción, un estado agradable y equilibrado de la mente y el cuerpo del que estarían ausentes el sufrimiento, el estrés, la inquietud y la angustia. Y que ese estado se obtiene mediante el consumo de productos que vengan a satisfacer necesidades reales o creadas. Es una felicidad hedonista.

Se nos impone la idea de que la felicidad es un imperativo que hay que alcanzar; y, si nos obsesionamos en su búsqueda, corremos el riesgo de dejar de evaluar nuestra existencia según lo que realmente nos sucede. Incide en cómo esta corriente despierta en nosotros unas expectativas que, al no verse cumplidas, nos llevan a la decepción por no ser felices; y traslada tales ilusiones a las relaciones de pareja, que solemos idealizar, con cuya frustración tendemos a no aceptar a la otra persona tal cual es.

Esta obsesión por perseguir idealizaciones corre el riesgo de aumentar nuestro individualismo, al considerar que es más importante mi éxito y supuesta felicidad que las relaciones con los demás, con lo que tendemos a descuidarlas e, incluso, a no relacionarnos.

Felicidad con trampas

Se trata de un capítulo que nos deja a las puertas de la primera parte del libro, Las trampas de la felicidad. En ella, dibuja algunas de las corrientes actuales que preconizan una felicidad a base de recetas, para alcanzar ese estado de carencia de sufrimientos y dificultades.

Insiste el autor en que, actualmente, es casi una imposición el tratar de encontrar ese estado de felicidad. Y uno de los medios que se utilizan más asiduamente es el evitar todas las emociones que nos puedan producir dolor o malestar, lo que conlleva una serie de consecuencias que aborda en un apartado que denomina Los peligros de la lucha contra el malestar. Se trata de lo que se denomina evitación emocional; lo que es considerado en un doble aspecto: de un lado, no aceptar vivir las emociones, las sensaciones o pensamientos desagradables; y, por otro, intentar controlar o modificar esos sentimientos y las situaciones que los generan. No hay nada malo en buscar esa evitación, un mecanismo adecuado de supervivencia; pero puede acarrear negativas consecuencias cuando se recurre a él de manera rígida y excesiva.

Hay comportamientos de evitación que funcionan muy bien a corto plazo, como el beber, fumar o usar drogas; un comportamiento que conlleva el peligro de la adicción. Por otro lado, el intentar evitar una situación o una emoción incómoda y molesta, puede llevarnos a renunciar a muchos comportamientos y a momentos útiles, felices o, incluso, importantes.

Otro efecto colateral de la evitación es que puede interferir en lo que realmente nos importa, en lo que podría contribuir a una vida rica a largo plazo. Es más: tratar de reprimir las emociones puede traer consecuencias a nivel interpersonal, rehuyendo diálogos complejos o desagradables que solo ocultan la existencia de un problema real. A lo que se añade que la evitación puede embotar nuestra sensibilidad frente a sentimientos y emociones agradables, como la alegría, el amor o la belleza. Y no cabe duda de que puede llevarnos al uso de medicamentos destinados a ayudarnos a amortiguar el efecto de esas emociones que rechazamos.

Como bien explica el autor, “la evitación de nuestras emociones, en lugar de hacer que vivamos mejor nuestra vida, reduce nuestras posibilidades, nuestras elecciones y nuestra calidad de vida. Pasamos a convertirnos en prisioneros de nuestras estrategias de control.” Y concluye acertadamente: “vivir es en ocasiones desagradable, pero no podemos evitar el malestar interior sin, en alguna parte, evitar vivir. […] Aprendamos entonces a no transformar nuestros dolores en sufrimientos.”

Todo lo puedo

Otra de las trampas de la felicidad es El mito del pensamiento positivo. Se trata de una corriente actual que propugna cambiar los pensamientos con carga negativa por otros positivos, mediante la reiteración de su enunciado, para tratar de convencernos de su realidad. “De creer a algunos gurús del pensamiento positivo, nuestra vida sería el simple reflejo de nuestros pensamientos: al controlarlos podríamos tener todo lo que deseásemos”, arguye el autor.

Los defensores del pensamiento positivo convienen en considerar que nuestras desgracias y dificultades provienen del hecho de que pensamos negativamente, por lo que la solución consistiría en controlar los pensamientos negativos, suprimirlos y solo tener pensamientos positivos, con la idea de dirigir nuestra vida hacia el éxito y la felicidad. Pero esto nos conduce a aceptar el mito del control que nos hace creer en la posibilidad, siempre buscada ciertamente, de dominar el entorno para evitar al máximo lo imprevisto y los riesgos; y, según estudios que aporta el autor, la tentativa de suprimir un pensamiento conduce a una subsecuente intensificación de él, a un efecto rebote. Parece evidente que el hecho de repetir a voluntad una frase con la idea de que condicionará nuestro inconsciente, modificándose así nuestro estado y nuestra vida, no constituye una verdad incontestable.

Pero es que, además, el fracaso de la aplicación de esta técnica puede llevar a un sentimiento de culpabilidad, al hacer recaer toda la responsabilidad de una situación sobre el individuo, en lugar de en factores sociales determinantes y en el contexto; sin caer en la cuenta de que conceder a los pensamientos un protagonismo central en nuestra vida y al presuponer que determinan directamente nuestros comportamientos, nos lleva a tomar esos pensamientos por hechos, convirtiéndonos en sus esclavos.

Ahora bien, el autor distingue claramente entre pensamiento positivo y psicología positiva; el primero es una corriente que postula un efecto mágico de los pensamientos en nuestra vida, mientras que la segunda, la psicología positiva, es una disciplina científica que estudia los medios de mejorar de manera realista el bienestar individual y colectivo, concentrando nuestra atención en los recursos, en lugar de en las dificultades. Lo que no implica, ciertamente, que Kotsou niegue que los pensamientos tengan influencia sobre nuestras vidas.

La autoestima

Otra trampa que pretende desactivar Ilios Kotsou: Los espejismos de la búsqueda de la autoestima, considerada como la opinión, positiva o negativa, que se tiene de uno mismo. Algo que, siendo natural en nosotros, algunas corrientes parecen sobrevalorar los beneficios que proporciona. Y lo hacen al considerar como base fundamental para el éxito en cualquiera de los campos de la vida de las personas el tener una autoestima alta. El autor trata de demostrar, basándose en diversos estudios académicos, que la autoestima alta es más bien el fruto del éxito, no la fuente de la que emana aquel.

Tampoco parece quedar demostrado que la debilidad de una autoestima sea el origen de una actitud de agresión personal, al intentar compensar aquella debilidad; es justamente el narcisismo el que provoca niveles de agresividad elevados. Aunque el autor deja claro que, lógicamente, la autoestima no es un tema fuera de lugar o algo superfluo y no necesario; lo que reclama es su justa medida.

Por otro lado, se puede apreciar cómo una búsqueda enardecida de la autoestima pasa a convertirse en el motor de nuestras acciones, lanzándonos a una carrera en un afán que dirige nuestras vidas. Es cierto que tal búsqueda puede proporcionar beneficios emocionales a corto plazo, pero también es cierto que, a largo plazo, no influye positivamente en los factores determinantes de nuestro bienestar que representan los lazos sociales, el aprendizaje o la autonomía. Y ello es así porque, en el fondo, esa búsqueda está motivada por factores externos, en lugar de por una motivación interior.

Cabe aquí hablar también del perfeccionismo, un comportamiento asociado a la autoestima, por el que, para tener valor, queremos corresponder absolutamente a un estándar que no alcanzamos jamás; lo que deviene, naturalmente, en una eterna insatisfacción y una mayor exigencia hacia nosotros mismos y hacia los demás. Además, se corre el peligro de, ante tanto fracaso en alcanzar ese ideal, pensar en abandonar nuestros objetivos para no salir nuevamente heridos.

Por otro lado, la búsqueda exacerbada de la autoestima interfiere también en la calidad de nuestras relaciones sociales, pues nos centramos obligatoriamente y en primer lugar en nosotros mismos, en detrimento de los sentimientos y necesidades de los demás. Como también la sociedad concede mucha importancia a valores extrínsecos como la apariencia, el poder o el estatus social, esa búsqueda de la autoestima nos hace aún más frágiles y fáciles de manipular, llevándonos, acuciados por esa búsqueda, a situaciones de ansiedad y de estrés importantes cada vez que no nos sentimos a la altura, alejándonos de lo que entendemos por felicidad.

Y concluye el autor: “Cuando la autoestima se convierte en nuestro objetivo esencial, nos obsesionamos en alcanzar esa meta a expensas de lo que realmente requiere la situación. A partir de ese momento y aunque esté basada en valores muy hermosos, la búsqueda de la autoestima corre el riesgo de volverse contra nosotros”.

Mirarse el ombligo

Un último espejismo de felicidad, que termina en inevitable fracaso, es el que aborda el autor para finalizar la primera parte de la obra: el ombliguismo, El punto muerto del ombliguismo.

Se trata de una tendencia que solemos tener en mayor o menor grado y que hace referencia al sentimiento rígido y reductor según el cual el mundo gira solo alrededor de nosotros. Y no únicamente se da cuando pensamos que todos nos deben reverencia y atención por ser los mejores; igualmente ocurre cuando resaltamos nuestros propios defectos o dificultades, pretendiendo ser el centro de todo el interés.

Piensa Ilios Kotsou que, en gran medida, esto se debe a que hemos creado una generación en la que hemos incrementado su personalidad hinchada, haciéndola sentir desproporcionadamente su valor personal. Esto se percibe claramente en las redes y en los medios de comunicación social, donde todos cuidan su imagen digital e intentan mostrarse de la mejor manera posible.

No cabe duda de que este afán autocentralizador lleva a intensificar aquellos aspectos que nos hacen diferentes de los otros: “el obliguismo conduce a sus víctimas a percibir su entorno y a los demás en función de lo que les separa y diferencia”. Indudablemente, ello conduce a que estas personalidades narcisistas sean más propicias a hacer trampas por su necesidad de ser admiradas y de mostrar su superioridad a los demás; y, al propio tiempo, son más propensas a presentar elevados niveles de la hormona del estrés, el cortisol.

Una persona de estas características se forja una imagen de sí misma a la que se aferra de manera irrenunciable, llevándola a encorsetarse en ella evitando cualquier contradicción con esa concepción; crea una narración de su imagen que le sirve para justificar sus pensamientos y comportamientos, que continuamente la confirman y refuerzan, independientemente de las informaciones objetivas del entorno. Si en algún momento, su actuar difiere de tal imagen, crea perturbaciones en las referencias tranquilizadoras de las personas que la rodean, de ahí, su resistencia al cambio. Y, por supuesto, una persona así se hace muy reactiva hacia todo aquello que presiente como una amenaza a su imagen.

Concluye el autor: “El ombliguismo nos paraliza, circunscribe nuestra identidad a algunas descripciones limitadas de nosotros mismos, nos encierra, nos separa de aprendizajes que podríamos vivir y nos priva de experiencias que entrarían en contradicción con dicha conceptualización”.

Caminando hacia la lucidez

Ya en la segunda parte de su libro, Ilios Kotsou nos acerca a Los caminos de la lucidez. Y es la primera de estas vías La tolerancia, que, en este caso, se refiere a la alternativa a los comportamientos de evitación descritos en la primera parte; se trata de la capacidad de soportar y aceptar lo que se desaprueba y se considera desagradable, referida únicamente a nuestros malestares interiores. En psicología recibe el nombre de aceptación y se la define como el consentimiento a permanecer en contacto con las propias experiencias interiores desagradables. No se trata de buscar, apreciar o cultivar tales emociones desagradables, sino, simplemente, dejarlas existir, no malgastar tanta energía en combatirlas, huyendo de ellas o reprimiéndolas. Tarea nada sencilla para la que el autor ofrece algunas guías.

Hay que tener en cuenta que no se cuestiona la evitación en sí misma, sino solo la evitación compulsiva de nuestros malestares interiores. Para lo que es necesario aprender a reconocer y observar esas emociones desagradables, identificar los propios estados de ánimo; algo que es difícil de llevar a cabo cuando se está prisionero de los mecanismos de evitación.

Tolerar significa también soportar lo que se desaprueba, lo que nos da miedo; se trata, en definitiva, de hacerse amigo de nuestras emociones, afrontar las situaciones que intentamos evitar. Aceptar nuestras emociones y sensaciones incómodas nos permite no reaccionar únicamente en función de ellas, sino también poder actuar con más libertad, sin que nuestra actitud sea determinada por ellas.

Como ventaja adicional, la tolerancia hacia nuestras propias experiencias nos permite abrirnos más a las personas a las que amamos; algo que, evidentemente, nos hace más vulnerables, pues estar abierto es exponerse a ser alcanzado, pero no significa una mayor fragilidad; esto nos enriquece la vida, haciéndola más auténtica.

Emprendido el camino hacia esta tolerancia, el final de trayecto no es inmediato. Lo que cuenta es entrenarse en identificar y renunciar a las estrategias de evitación frente a toda vivencia desagradable: tolerar es dejar existir.

Cierra este bloque un texto de Rainer María Rilke, que el autor cita por lo acertado de su expresión: “No debe, pues, azorarse cuando una tristeza se alce ante usted, tan grande como nunca la había visto antes. Ni cuando alguna inquietud pase cual reflejo de luz, o como sombra de nubes sobre sus manos y sobre todo su proceder. Ha de pensar más bien que algo acontece en usted. Que la vida no le ha olvidado. Que ella le tiene entre sus manos y no le dejará caer. ¿Por qué quiere excluir de su vida toda inquietud, toda pena, toda tristeza ignorando, como lo ignora, cuánto laboran en usted tales estados de ánimo?”

Lejos de apego

La siguiente propuesta que nos ofrece este libro en su intento de desmontar esas falsas creencias sobre la felicidad es la de El desapego, un desapego referido a nuestros pensamientos. Ya ha afirmado su autor que no niega la influencia de los pensamientos en nuestra vida; lo que propone es que cambiemos su naturaleza, liberarnos de las restricciones que nos imponen.

Partiendo de la base de que pensamos continuamente, el primer paso para liberarnos de su tiranía es comprender su naturaleza: nos ayudan, como útiles mapas, para comprender y desplazarnos por el mundo, pero no son el mundo. Bajo su dominio, corremos el riesgo de perder el contacto con la realidad sensible de la que nos informan nuestros sentidos. De ahí la necesidad de diferenciar entre el mundo real y el de nuestros pensamientos, haciéndonos conscientes del propio proceso del pensar. Nos propone que, en lugar de establecer una relación conflictiva con ellos, cultivemos una curiosidad benevolente hacia ellos; si los consideramos como simples pensamientos, nos hallamos en el camino hacia la libertad, arrancándonos de su servidumbre. No hemos de creer, por tanto, todo lo que nos cuenta la cabeza, algo nada sencillo para lo que se precisa de un entrenamiento. En palabras del autor, “practicar la observación de nuestros pensamientos también pondrá en marcha un cambio en nuestra relación con ellos, pasaremos de una esclavitud inconsciente a una relación más libre”. Eso sí: nos advierte de que ese distanciamiento no debe aplicarse en todos los sitios y en todas las circunstancias; por ejemplo, si nos despertamos con un pensamiento de que la vida es bella, no hay por qué obligarse a distanciarse de él.

Dulzura

La dulzura para con uno mismo constituye la siguiente propuesta en la búsqueda de la autenticidad de nuestras aspiraciones y va dirigida, especialmente, para combatir la excesiva autoestima que tantas consecuencias negativas arrastra, según se vio en capítulos anteriores.

Nos dice Kotsou que la mayoría de nosotros nos miramos con dureza, como consecuencia de una doble lógica de control y culpabilidad; en un contexto de permanente comparación social y de competitividad, nos cuesta aceptar que somos seres humanos, por naturaleza frágiles e imperfectos; de ahí que intentemos ignorar o enmascarar nuestras vulnerabilidades. Y lo que nos propone el autor es el descubrimiento de una relación que no implica evaluación ninguna, lo que nos permite escapar de la trampa de la búsqueda exacerbada de la autoestima. Si importante es ser empático y tolerante con los demás, no ha de serlo menos el actuar así con uno mismo.

¿De dónde nos viene esta dureza para con nosotros mismos? El autor apunta algunas sugerencias: la cultura de la competición (sin ir más lejos, es la que nuestra Lomce plantea), el narcisismo, la educación y los mensajes parentales críticos y, en definitiva, la cultura occidental en la que no está bien considerado el tratarse a sí mismo con dulzura. Y no se tiene en cuenta que esta dulzura alienta también el vínculo social y el sentimiento de pertenencia a una comunidad humana, permitiendo gestionar los conflictos y favoreciendo la apertura, el afecto y la tolerancia, no solo con la pareja, sino con el otro en general.

Esta actitud de autotolerancia nos lleva a comprender que el fracaso forma parte de la experiencia humana, comprensión que contribuye a calmar los sentimientos de derrota ante ellos y a evitar el aislamiento al que aquella induce. Evidentemente, esto no significa que hayamos de ser complacientes con nuestros defectos y errores y que podamos renunciar a cambiar y mejorar, muy al contrario nos debe incitar a corregirnos y a dar lo mejor de nosotros mismos.

Tal actitud de dulzura para con uno mismo no es innata; necesita aprendizaje para su desarrollo y a tal finalidad se han elaborado técnicas que colaboren en el aprendizaje. Y concluye el autor: “una persona con un elevado nivel de compasión hacia ella misma estará mucho menos a la defensiva: admitirá con más facilidad sus errores, se perdonará, pero también será más realista e intentará hacerlo mejor cuando la ocasión vuelva a presentarse”.

Nos liberamos

En el último capítulo de la obra, el autor nos revela algo más sobre el ombliguismo que vimos más arriba y la manera de comprenderlo para superarlo. Se trata de La liberación de uno mismo.

Ya se dijo que el ombliguismo reduce nuestra flexibilidad y limita nuestras elecciones, nos encierra en un marco referencial predefinido y nos hace correr el riesgo de perder de vista nuestros vínculos con los demás y con el mundo. “Prisioneros del ombliguismo, demasiado cargados con el equipaje de nuestra historia, acabamos por llevar maletas muy pesadas que nos impiden buscar y construir nuestro camino con total libertad”, nos dice Kotsou.

Con el ombliguismo, sobrevaloramos nuestra capacidad de libre albedrío y nuestro grado de autonomía, olvidando que todos nuestros comportamientos están influidos por numerosos elementos, tanto internos como externos; y nos hace olvidar que todos somos susceptibles de comportamientos censurables. De ahí que tomar conciencia de ello nos haga más libres y nos convierta en mejores ciudadanos.

¿Somos nuestra historia?, se pregunta el autor y recomienda distinguir entre lo que son nuestros pensamientos y lo que en realidad somos, nuestra imagen y nuestra realidad. No por tener un pasado doloroso hemos de creer que somos una mala persona, que no merecemos ser amados o todo lo contrario, imaginarnos una imagen muy positiva de nosotros basándonos en una historia más positiva. Porque estar menos enganchados al ombliguismo nos permite abordar las situaciones de la vida con más sabiduría. Y ¿qué entiende por sabiduría? Pues una cualidad definida por tres componentes: 1) la capacidad de reconocer que nuestro propio saber es limitado; 2) la conciencia de que el mundo cambia continuamente; y 3), dirigir nuestro interés hacia el bien común en lugar de a nuestros intereses particulares.

Una vez que tomamos menos en serio nuestras historias y nos despeguemos de las etiquetas con que nos vestimos, estamos en condiciones de extraer una perspectiva más fluida de nuestra propia experiencia. Para ello debemos aprender a observar nuestros pensamientos (juicios y justificaciones), nuestras emociones y sensaciones tal y como se presenten, en el momento en que surjan y a verlas evolucionar momento a momento; es la perspectiva del denominado “yo observador”. Como concluye el autor, citando a Einstein, “nuestra tarea debe ser liberarnos de esta prisión ampliando nuestro círculo de compasión para abrazar a todas las criaturas vivas y a la naturaleza entera en su belleza”.

El libro finaliza con un capítulo de Conclusión: la lucidez, al que sigue una nota del autor y un epílogo firmado por Matthieu Ricard. En la primera nos invita a dejar de cavilar sobre lo que debería ser distinto y a aceptar la realidad del momento. La lucidez es la capacidad de desilusionarnos y de percibir la realidad como es y no como nos gustaría que fuese; de comprender que la vida comportará momentos de malestar. Y tener en cuenta que lucidez no es sinónimo de apatía o resignación, sino que es una actitud que nos conduce a no tratar de controlar lo que a fin de cuentas no controlamos.

En nuestras relaciones, la lucidez nos hace constatar la otredad, el hecho de que todos funcionamos de manera diferente; también la impermanencia, que en nuestras vidas todo cambia continuamente; y que es imposible cambiar al otro cuando y como desearíamos. La lucidez nos orienta a vivir los valores que son importantes para nosotros, en lugar de pretender que el mundo, los demás, se ajusten a ellos. La lucidez nos hace percibir el éxito como un regalo y no como un deber; es clave para comprender que el resultado de nuestras acciones no depende únicamente de nosotros. Y nos abre a la gratitud, esa emoción que facilita el saborear más plenamente nuestras experiencias vitales favorables.

En este párrafo, extenso, Ilios Kotsou nos resume el contenido de su libro: “Todas las soluciones que se repasan en la primera parte de esta obra comparten la característica de no ser más que ilusiones, se trate de la obsesión por la felicidad placentera, de una vida sin malestar o de control de nuestros pensamientos, o de que nos olvidemos de nosotros mismos en la búsqueda de autoestima o en un ombliguismo reductor. Las alternativas elegidas tienen en común la desilusión, una consciencia ampliada, que participa de una dichosa lucidez: tolerar nuestros estados de ánimo, incluso cuando son incómodos; no tomarnos los pensamientos demasiado en serio; aceptar nuestra fragilidad con dulzura y ampliar nuestra concepción de nosotros mismos. Nuestra existencia pasa a ser contemplada sobre todo más como una experiencia que vivir y no como un problema que hay que resolver. Ello nos da la posibilidad de actuar y de vivir para amar mejor”.

Tras el Epílogo de Ricard, unas páginas nos ofrecen la bibliografía seleccionada.

Concluyendo

Nos encontramos ante una obra sugerente y sugestiva. Redactada en un estilo muy ameno, aderezado con ejemplos prácticos y las conclusiones de diversos estudios científicos, aportados como argumento en apoyo de sus postulados, puede parecer un libro más de autoayuda; pero no van por esa senda las intenciones de Ilios Kotsou. No nos ofrece unas recetas mágicas encaminadas a un logro inmediato. Lo que nos brinda es una serie de reflexiones muy acertadas sobre nuestra realidad que, como consecuencia, nos permitirán blindarnos ante los cantos de sirena que invitan a una felicidad que ni siquiera sabemos definir bien y que, más que una meta, es un camino, una manera de caminar. Que puede ser incómodo para quienes abogan por una teorías bien definidas en este ensayo como provocadoras de débiles ideas sobre la felicidad y la manera de lograrla, no es algo inevitable. Pero ahí están los planteamientos de Kotsou, respaldados por sus argumentos bien cimentados. Ahora corresponde al lector emitir su juicio.

Índice

Prefacio de Christophe André 
Introducción
1. La trampa de la idealización
  
Parte I: Las trampas de la felicidad
2. Los peligros de la lucha contra el malestar
3. El mito del pensamiento positivo
4. Los espejismos de la búsqueda de autoestima
5. El punto muerto del ombliguismo

Parte II. Los caminos de la lucidez
6. La tolerancia
7. El desapego
8. La dulzura para con uno mismo
9. La liberación de uno mismo
  
Conclusión: La lucidez 
Nota del autor 
Epílogo de Matthieu Ricard 
Bibliografía 
  

Elogio de la lucidez

  
Notas sobre el autor

 Ilios Kotsou es experto en temas de inteligencia emocional y mindfulness por la Universidad Libre de Bruselas, la Louvain School of Management y la Universidad de Savoya. Ha cofundado la asociación Émergences, que financia proyectos de solidaridad, y publicado numerosas obras, como Acción y meditación: cambiarse a sí mismo para cambiar el mundo (Kairós), Petit cahier d’exercices d’intelligence émotionnelle y Pleine conscience et acceptation: les thérapies de la troisième vague.

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