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La humanidad de Jesús

La humanidad de Jesús

Ficha Técnica

Título: La humanidad de Jesús
Autor: José M. Castillo
Edita: Editorial Trotta, Madrid, 2016
Colección: Estructuras y Procesos
Serie: Religión
Encuadernación: Tapa blanda con solapas
Número de páginas: 144
ISBN: 978-84-9879-631-5
Precio: 14 euros

José María Castillo tiene un blog en el que va desgranando su pensamiento cuando se enfrenta a las realidades de cada día. Son mensajes cortos, pero muy clarificadores porque, con un lenguaje sencillo, no exento de rigor, nos presenta una forma novedosa de plantearnos cuestiones de enorme calado. Y este libro que presentamos viene a recoger una de sus líneas argumentales más frecuentes, ofreciéndonos un recorrido a modo de variaciones sobre el tema, de manera que, al finalizar su lectura, tenemos una idea muy clara de su propuesta y contamos con los argumentos necesarios para sostenerla.

Ya en la Introducción nos plantea su proposición. En primer lugar, que es erróneo pensar que, para exaltar lo divino, es necesario sacrificar lo humano; un pensamiento que ha traído como consecuencia que el asunto de Dios no haya tenido las mejores relaciones con las aspiraciones, apetencias y anhelos de los humanos.

En segundo lugar que, en los primeros siglos del cristianismo, la gran dificultad no estuvo en la aceptación de la divinidad de Jesús, sino en la aceptación de su humanidad. La cuestión que plantea en esta obra es que “solo es posible alcanzar la plenitud de lo divino en la medida en que nos empeñemos por lograr la plenitud de lo humano”. Y, puesto que ese empeño por alcanzar la plenitud de lo humano es algo que supera las posibilidades del ser humano, cuando nos encontramos a alguien profundamente humano, nos asombramos y desconcertamos.

Las religiones, tradicionalmente, han procurado el superar lo humano, divinizarlo en cierto sentido, por lo que no es raro encontrar en su seno personas profundamente religiosas y profundamente inhumanas. De esto tenemos ejemplos sobrados. Y no fue eso lo que pretendió Jesús, un hombre profundamente humano, comprometido con la humanidad representada en cada uno de aquellos que se acercaron a él. De ahí que lo que se pide a la Iglesia es que se acuerde del Maestro, que lo tenga presente de verdad, que asuma su proyecto de vida.

Dicho esto, el autor nos propone un recorrido a lo largo de nueve capítulos, que cierra con una conclusión. Y, tratándose de lo que aborda el libro, el punto de arranque es Lo humano.

Lo humano

Lo que nos plantea Castillo es que la gran realidad es que somos humanos, lo que nos lleva a manifestarnos siempre con ese condicionamiento, un condicionamiento que nos iguala. De ahí que pensar o admitir que hay quienes son más humanos que otros por el hecho de ostentar una dignidad, rompe la armonía social. Trasladado al terreno de lo religioso, aceptar que alguien tiene una superioridad en cuanto a lo humano por autodeclararse representante de Dios, nos lleva a anteponer la divinidad a lo humano; lo real, lo auténticamente real, es que somos humanos. Y “la penosa historia de la guerra de religión, de la Inquisición, de muchas privaciones o limitaciones de la libertad, de la resistencia a cualquier forma de ilustración, … todo eso no ha sido sino la penosa historia de las mil fracturas de la realidad que han brotado al romperse la homogeneidad de lo real”. Dios no deja de ser, por tanto, sino la torpe representación que los mortales nos hacemos del Trascendente; lo sagrado es una construcción humana y lo divino, por definición, no está a nuestro alcance.

Somos, pues, humanos con todas sus consecuencias. Pero, con toda naturalidad, surge la pregunta: ¿Qué es lo que nos hace humanos? Para dar respuesta a la cuestión, Castillo se apoya en hechos científicos suficientemente aceptados, recorriendo en rápidas pinceladas la historia de la evolución. Nos dice que la evolución humana no proviene únicamente de la selección natural y el azar, sino también y muy principalmente, de nuestra capacidad simbólica, que es la que nos diferencia realmente de los otros seres vivos. El crecimiento de nuestro cerebro nos lleva a desarrollar una doble inteligencia: la tecnológica y la social y fue esta segunda la que principalmente determinó ese crecimiento cerebral. Continúa explicándonos cómo la comunicación lingüística, destacado logro humano, nos ha servido para transmitir conocimientos, pero que la comunicación social es la que nos permite participar experiencias; y son estas experiencias de transmisión de tradiciones, costumbres, formas fundamentales de vida y gestión de las relaciones humanas junto a la convivencia en sus más variadas manifestaciones, las que nos realizan como entes humanos. Ahora bien: la evolución tecnológica y la social no se han desarrollado paralelamente; más bien se han ido separando, de manera que la primera ha producido progreso, un progreso que nos ha llevado al ahondamiento de las desigualdades sociales, económicas, a la jerarquía social vertical y al poder despótico; mientras que la segunda, apoyada en la comunicación simbólica, nos lleva a prestarnos a la relación, al encuentro, al agrado mutuo, la sensibilidad hacia lo que hace felices a los demás, ayuda a quienes la necesiten, el diálogo y la bondad. Concluye que hablar de la humanidad de Jesús equivale a hablar, no solo de su condición terrena, sino que se destaca su forma o estilo de vida, a todo lo que se opone a la dominación sobre la tierra.

Dios y lo humano

¿Podemos Encontrar a Dios en nuestra humanidad? Parte el autor de la premisa de que el hombre comenzó a ser religioso cuando sintió miedo; se encuentra ante un ser superior que lo domina y que lo trasciende. Pero, claro, todo lo que nosotros pensamos o decimos de Dios, lo hacemos desde nuestra humanidad, desde nuestra inmanencia, por lo que lo trascendente escapa de nuestra experiencia. Siendo esto así, surge la figura del intermediario entre Dios y nosotros, una persona que lo representa y exige del ser humano sumisión; y el poder de este intermediario se manifiesta en una serie de ritos y rituales protocolizados, porque se parte de la base de que a Dios no se le encuentra en la relación con lo humano, sino en el sometimiento a lo divino; lo que tiene su origen en la idea de que lo humano está viciado por el pecado, por lo que únicamente sometiendo nuestra humanidad podemos encontrar a Dios. Por lo que concluye que “Desde una teología que presenta así lo humano y nuestra relación con lo divino, se nos hace extremadamente difícil, más aún, imposible, enterarnos y sobre todo comprender lo que es el Evangelio, lo que nos enseña el Evangelio y lo que Jesús de Nazaret representa en nuestras vidas y en la vida, gobierno y actividad de la Iglesia”.

Aparece Pablo

Y ¿desde cuándo comenzó a ser esto así en la Iglesia? El problema empezó con Pablo. En efecto: los escritos iniciales que manejaron los primeros cristianos no fueron los Evangelios, sino las epístolas paulinas. Pablo no conoció al Jesús terrenal; tuvo él una visión del Señor resucitado y glorioso, planteando una religión basada en la redención para la otra vida y no en la forma de vivir de Jesús que nos narran los Evangelios, una religión centrada en esta vida, con la esperanza en la plenitud de la resurrección futura, pero siempre empezando por la humanización de este mundo. De esto se sigue que Pablo se tuvo que ver enormemente difucultado para entender a Jesús y, en última instancia, para entender a Dios, el Dios que nos dio a conocer Jesús. La fe y la salvación tal y como se presentan en los Evangelios, se relacionan sobre todo con problemas y preocupaciones propias de esta vida, concretamente y de modo especial, con el sufrimiento humano. Pese a ello, ha sido Pablo más determinante y ha marcado más a la Iglesia que el propio Jesús y, aunque el Vaticano II manifieste que la Iglesia tiene como centro los Evangelios, de nada sirve si no se aplican las consecuencias de tal aserto.

Parece, pues, que hay una especie de confrontación entre Jesús y Pablo. Castillo nos presenta tres cuestiones sobre las que existe discrepancia, al menos aparente, entre lo que defendieron ambos: la dignidad de la mujer, la homosexualidad y la esclavitud. En unas páginas densas, el autor hace un recorrido por la historia de estas tres cuestiones en la Iglesia. Pablo habla del sometimiento de la mujer al hombre, se refiere a la moral sexual y admite la esclavitud, lo que contrasta con lo que nos cuentan los Evangelios del trato que Jesús dispensa a las mujeres, su silencio cuasi total respecto a la moral sexual y el sentido de libertad. Sin embargo, bien a las claras está a cuál de estas dos actitudes sigue la Iglesia. ¿Por qué sigue teniendo más peso en la Iglesia Pablo que Jesús?

La religión

Tiene mucho que ver con la situación de Pablo y la religión. Hay quienes piensan que lo importante es la religión y que los Evangelios son una parte más de esta, de la religión, cuando la realidad es que Jesús vivió un enfrentamiento mortal con la establecida, aun siendo Él profundamente religioso. El tema de Dios es primordial en cualquier religión y Pablo creía en el Dios justiciero, que reclamaba víctimas rituales, haciendo al pecado el centro de su teología de salvación. Por el contrario, el Dios que nos presenta Jesús es un Dios que nos salva, sanando al que sufre, no sacrificando a la víctima. El Dios de Jesús es un dios que da vida, salud y felicidad; el Dios de Pablo odia al pecado, mientras que el de Jesús ama al pecador. Dice Castillo: “el centro de las preocupaciones del Dios de Pablo es el pecado, que rompe nuestra relación con lo divino, mientras que el centro de las preocupaciones del Dios de Jesús es el sufrimiento, que rompe nuestra relación (gratificante y positiva) con lo humano”. De lo que se deriva que la ética paulina lo es del pecado, mientras que la ética de Jesús lo es del delito en el más amplio sentido de la palabra, abarcando conceptos que, no constituyendo pecado en el sentido moral, sí infringen normas humanas y sociales.

Y fruto de esta manera de entender y enfocar sus planteamientos, nace la relación de Pablo y la Iglesia . En un capítulo corto, Castillo incide en las ideas ya expuestas, y nos hace reflexionar sobre el hecho de que las primeras iglesias, reuniones de cristianos, no conocieron a Jesús y, dado que la redacción de los evangelios es posterior a su existencia, tenían como guía las epístolas de Pablo, quien tampoco conoció al Jesús terrenal, sino que hace su teología a partir de su visión del Señor resucitado que se le apareció. Así, tenemos que los pilares de la teología cristiana se edificaron prescindiendo de la humanidad de Jesús, un hecho cuyas graves consecuencias aún no conocemos. De las creencias que tan profundamente vivió Pablo y de la religiosidad que practicó ¿qué iglesias podían brotar? Con toda seguridad Iglesias con más religión que humanidad.

Religión y humanidad

El autor nos ofrece una propuesta clara sobre el concepto de reino de Dios en Pablo y en Jesús; para el primero, este tema parece no haberle interesado mucho; para Jesús, era, ante todo, aliviar el sufrimiento humano, el amor sin límites de Dios a los menospreciados y marginados, a los pobres, las mujeres, los pecadores y los samaritanos. Para Pablo, lo central y determinante del Reino consiste en lo moralizador, no en lo que nos humaniza, en imponer obligaciones y deberes y no en remediar el sufrimiento de la gente. Influido por el estoicismo y el gnosticismo, en el dualismo que enfrenta a Dios y lo espiritual con la carne, Pablo se centra en regular la sexualidad, mientras que Jesús no habla de ella, situación que perdura aún en nuestros días en la Iglesia; Pablo condenó los pecados contra la castidad, pero no condenó las injusticias que se cometían con los esclavos, las mujeres, los niños. En cuanto al problema de Dios, reitera Castillo que Pablo era un judío creyente y fiel, rayando incluso en el fanatismo, por lo que su concepto de la divinidad era el del Antiguo Testamento: Dios de una religión en la que la relación con Él exige la suprema deshumanización; nada que ver con el Dios padre de bondad y amor que nos reveló Jesús. Este Dios paulino solo admite la redención a través del sacrificio de una víctima, un sacrificio ritualizado, de donde la Iglesia de Cristo tiene que ser una institución religiosa que, mediante su autoridad y el culto sagrado, es decir, una autoridad competente y unos ceremoniales religiosos controlados por dicha autoridad, hará efectiva la redención de todos los mortales. Dos términos fundamentales que caracterizan la actual Iglesia: autoridad y culto ritualizado, todo lo contrario de la propuesta de Jesús, quien no soportó las pretensiones de poder ni estableció ningún ritual paraentablar contacto con Dios: Dios quiere misericordia y no sacrificios. Los rituales sobre los que se detiene brevemente Castillo son el bautismo y la cena del Señor, mientras comenta que, con frecuencia, el seguimiento de los ritos produce un efecto adormecedor en la conciencia de los creyentes, que se piensan justificados en su inactividad ante la miseria y el dolor de los seres humanos.

Seguir a Jesús

De Jesús al descrédito humano. Es este el último capítulo de este más que interesante y profundo libro. En él, Castillo nos plantea una cuestión fundamental: el verdadero seguimiento de Jesús no se encuentra en el cumplimiento de unas normas morales y a través de unos rituales; ni siquiera en la preocupación o disquisiciones teológicas y filosóficas sobre Dios o sobre el mismo Jesús. El verdadero seguimiento de Jesús está en pasar del ser al hacer, es decir, en la acción, en llevar a la práctica en la vida el modelo que Él nos dio con su ejemplo. Estos párrafos del propio autor sintetizan su pensamiento: “se puede ser profundamente religioso. Pero religioso de otra forma. De una manera distinta. No porque queremos inventar. Sino porque queremos recuperar. Recuperar ¿qué? Nuestra propia humanidad. A partir del mandamiento que nos dio Jesús: Encontrarás a Dios en cada ser humano que te encuentres en la vida. […] Se comprende que tengas preguntas y oscuridades sobre Dios. Lo que no se comprende es que, por un puñado de dinero, de poder o de ridícula importancia, dejes en la cuneta del camino lo mejor y lo más importante que tenemos: ser humanos”. En otras palabras, escuchadas a otro filósofo y teólogo, Manuel Fraijó: hay que ser más testigo que técnico.

La obra se cierra con una Conclusión, que lleva por título Una pregunta apremiante. Tras dejar expresa constancia de que es un autor católico, que ama a la Iglesia, Castillo nos invita a una pregunta apremiante, pero que, a su vez, encierra un extenso elenco de cuestiones que invitan a la reflexión y a la meditación. Son preguntas que están en la calle, en nuestra sociedad, acerca de la Iglesia, de la cristología, del vivir cristiano. Él aventura hipótesis. En manos del lector está la reflexión, el aceptarlas o, quizás, proponer alternativas. Pero sin olvidar nunca el núcleo de su pensamiento: la importancia de ser humano.

Por supuesto, para plantear sus conclusiones el autor parte de unas premisas que no siempre son compartidas, con lo que los resultados a los que llega podrían ser otros si se admiten unos principios diferentes. Dicho esto, hay que destacar que, en todo momento, Castillo justifica de manera muy razonada y explicada las bases en las que se apoya. Bases ampliamente aceptadas y sólidamente fundamentadas en el rigor científico y filosófico.

Quizás, el siguiente texto, extraído de una reciente aportación en su blog, nos ayude a entender su preocupación y dedicación: “Se comprende, por todo esto, mi creciente interés, mi incontenible preocupación por la fe en lo humano. Y es que la gran paradoja que aquí descubrimos, consiste en que la mayor dificultad que arrastramos los mortales no es la resistencia para creer en “lo divino”, sino la pertinaz dureza y el insistente rechazo para aceptar “lo humano”. Esto, ni más ni menos, es lo que explica por qué tanta gente, si se trata de gente muy religiosa, es ese tipo de persona a la que no le gusta hablar de Jesús, sino que prefiere hablar siempre de Cristo, de Jesucristo, del Señor o incluso de Nuestro Señor Jesucristo. Y es que Jesús es el nombre humano de aquel sencillo artesano galileo de la humilde aldea de Nazaret. Eso nada más. Mientras que Cristo es el título del Mesías Salvador. Un título que se solemniza cuando (además) de él se dice que es el Señor o incluso Nuestro Señor. Aquí, ya no hablamos de lo humano, sino de lo más solemnemente divino. Lo que tanto les gusta a los clérigos en sus sermones. Y no digamos, a los obispos en sus solemnes misas pontificales, cuando parece que los fieles están casi tocando lo divino con sus manos”.

Concluyendo

Nos encontramos ante un libro que recoge el pensar y sentir de una persona que ha profundizado a lo largo de los años en los estudios especializados sobre la Iglesia y sobre la figura de Jesús y su significado. Su lectura nos parece no solo recomendable, sino casi necesaria para entender cómo el cristianismo en general y la Iglesia en particular ha llegado a la actual situación de alejamiento de la sociedad. Y, sobre todo, de la figura y las enseñanzas de Jesús.

El estilo de José María Castillo es muy directo y, especialmente, didáctico. Nos va llevando paso a paso, capítulo a capítulo, de manera muy pedagógica para alcanzar las conclusiones a las que él ha llegado. Al propio tiempo, nos va aportando documentadamente los entresijos de la historia y del pensamiento a través de los siglos que nos han llevado y traído a la actual situación.

Índice

Introducción

1. Lo humano como punto de partida
2. ¿Qué es lo que nos hace humanos?
3. Encontrar a Dios en nuestra humanidad
4. El problema empezó con Pablo
5. Jesús y Pablo
6. Pablo y la religión
7. Pablo y la Iglesia
8. Iglesias con más religión que humanidad
9. De Jesús al descrédito de “ser humano”

Conclusión. Una pregunta apremiante

La humanidad de Jesús

Notas sobre el autor

José María Castillo nació en Puebla de Don Fadrique (Granada), en 1929. Doctor en Teología por la Universidad Gregoriana de Roma, ha sido profesor titular (catedrático) de Teología dogmática en la Facultad de Teología de Granada. Y profesor invitado en la Universidad Gregoriana de Roma, en la Universidad de Comillas (Madrid) y en la Universidad Centroamericana (UCA) de San Salvador. En mayo de 2011 fue investido como doctor honoris causa por la Universidad de Granada. Fundador y miembro de la Junta de Gobierno de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII. Ha publicado, entre otros libros, los siguientes: Oración y existencia cristiana (1969), La alternativa cristiana (1978), Símbolos de libertad. Teología de los sacramentos (1981), Teología para comunidades (1990), Los pobres y la teología. ¿Qué queda de la teología de la liberación? (1998), El Reino de Dios. Por la vida y la dignidad de los seres humanos (2000), Dios y nuestra felicidad (2001), La ética de Cristo (2005) y El disfraz de Carnaval (2006).

En esta misma Editorial ha publicado: El futuro de la vida religiosa. De los orígenes a la crisis actual (2004), Víctimas del pecado (2007), Espiritualidad para insatisfechos (2011), La humanización de Dios. Ensayo de cristología (2010) e Iglesia y sociedad en España (con Juan José Tamayo) (2005). Ha colaborado en el Nuevo diccionario de teología (2005).

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