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La humanidad multicultural

Ficha Técnica
Título: “La humanidad multicultural”
Autor: Carlo Galli
Edita: Katz editores. Madrid. Mayo de 2010

Una reflexión teórica y política sobre la humanidad multicultural, es decir sobre la condición y sobre el significado de la humanidad en la era del multiculturalismo, debe partir de la evidencia de que tanto «humanidad» como «cultura», así como su relación -sobre todo en el contexto de la globalización, en el que precisamente se da la humanidad multicultural- son nociones ambiguas, complejas, atravesadas por una dialéctica que debe quedar aclarada para poder argumentar análisis y adelantar propuestas. Despejando el campo de soluciones vacuas y peligrosas (la asimilación plena del extranjero, la integración acrítica en el seno de la ciudadanía), estas páginas indican los posibles caminos por recorrer para desactivar el conflicto entre las culturas y promover en la humanidad la concreción y la diferencia entre los individuos.

Datos del autor

Carlo Galli (Italia, 1950) es graduado en Filosofía por la Universidad de Bolonia en 1972, fue profesor asistente de Historia de las Doctrinas Políticas desde 1978 y, desde 1983 hasta 1999, profesor asociado de Historia del Pensamiento Político Contemporáneo en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Bolonia, de la que fue director hasta 2003. A partir de 2004 enseñó en la Facultad de Letras y Filosofía de la misma universidad.

Sus intereses de investigación se han orientado en particular al pensamiento político moderno y contemporáneo. Publicó libros y ensayos sobre la Escuela de Frankfurt, sobre los pensadores contrarrevolucionarios franceses y sobre Weber, Strauss, Voegelin, Löwith y Schmitt, entre otros. También ha trabajado sobre algunos de los principales conceptos de la política, tales como «autoridad», «representación», «técnica», «Estado», «guerra», etcétera. En la actualidad, Galli trabaja sobre la relación entre guerra y política, analizada desde un punto de vista teórico, histórico y práctico.

Fragmento de la obra

Humanidad y cultura

«Humanidad» significa tanto la máxima abstracción como la máxima concreción, tanto una naturaleza común, genérica, como la totalidad histórica y compleja de los seres humanos. Se mueve entre el vacío y el lleno, entre el mínimo y el máximo, entre identidad y universalidad, entre la participación y la empatía (que se expresa con la máxima de Terencio «Homo sum: nihil humani a me alienum puto») y la abstracción de la humanidad ilustrada y racionalista: ésta -la idea de que haya algo natural que, a pesar de toda diferencia cultural, no nos haga del todo extraños los unos a los otros- ha sido acusada de no saber rendir cuentas del detalle concreto, y de ser sólo el mínimo común denominador entre los hombres, el equivalente antropológico de la unidad aritmética, el nivel absolutamente simple y contradictorio de la identidad individual, que consiste sólo en aquello que es idéntico en todos.

1. Antinomias de la humanidad

Desde este último punto de vista, humanidad es ontológicamente una esencia y lógicamente un universal. Es decir que es al mismo tiempo «naturaleza humana» y «género humano»: o sea que es aquello que hace a cada ser humano tal cual es después de que hayan sido eliminadas todas las determinaciones, las cualidades que lo hacen único y diferente; y que es también aquello que cada ser humano tiene de naturalmente igual a todo otro ser humano, aquello que tiene de «universalizable» y que lo asimila a cualquier otro.

Junto a estas connotaciones formales, el contenido mínimo y al mismo tiempo universal de la humanidad puede variar de la venerable definición de Aristóteles (‘Ética Nicomaquea’ 1169b, ‘Política’ 1253a), según el cual el ser humano es naturalmente social, dotado de razón y de la capacidad de distinguir el bien del mal, a la postura estoica que sitúa a la humanidad en la razón natural universal (cósmica y cosmopolita) cristiana, y al aun más radical universalismo de historia y de destino que es el producto del cristianismo, por el cual la esencia del hombre es su origen divino, que en Pablo explícitamente manifiesta su potencia de construcción del género humano -véase la carta a los Gálatas (3, 28): «non est Iudaeus neque Graecus», o a los Romanos (3, 29), donde se habla de un Dios que es ‘Deus gentium’, no de una nación en particular-, y que en paralelo da vida a un sujeto único vaciado de determinaciones naturales e históricas, y saciable únicamente por la relación con Dios. La indeterminación antropológica de la noción de humanidad, que encuentra en el cristianismo uno de sus orígenes más claros y más eficaces, es una constante de la reflexión sobre la naturaleza humana: desde Pico della Mirandola (suya es la definición del hombre como «divino camaleón») hasta la antropología filosófica alemana del siglo XX (Scheler, Plessner, Gehlen) se ha insistido mucho sobre el hecho de que la esencia del ser humano, su humanidad, es abierta e inestable, y que su naturaleza no está fijada y garantizada ‘a priori’ como sucede con los animales mediante sus instintos, sino que es una posibilidad.

En la edad moderna las características racionales de la humanidad -tanto de la individualidad como de la universalidad del género humano- se ven sumamente acentuadas: en ese ámbito la humanidad es la proyección a escala más amplia del sujeto moderno, cuyo concepto fue elaborado por el racionalismo y por la ilustración, de Hobbes a Kant. La humanidad es al mismo tiempo el inicio y el último eslabón coherente de una serie que tiene su propio origen en el individuo singular (igual a todo otro, con su razón y sus derechos que le pertenecen por naturaleza), que prosigue con la ciudadanía (garantizada, como conjunto de derechos civiles y sociales iguales para todos, por el Estado entendido como universal determinado) y que culmina en el ideal de la cosmópolis, de la igualdad y la solidaridad universales en las que los seres humanos viven y actúan según su libertad, es decir, desarrollan libremente su naturaleza, sus derechos y su dignidad esencial. Más que «naturaleza», la humanidad es, en este ámbito, una posibilidad que es también un deber: es norma universal, legislación fundada sobre preceptos en torno a los cuales el mundo converge.

Un ejemplo de la moderna identificación entre razón y humanidad está en Feuerbach (‘Esencia del cristianismo’), el cual reputa como distintivo del ser humano no tanto la conciencia de sí como el conocimiento de sí, ya sea como individuo o como miembro de un género o de una especie. Como escribió Pope, «El objeto de estudio más propio de la humanidad es el hombre»; y también para Feuerbach es la capacidad humana de tener conciencia de sí lo que hace al ser humano capaz de tener ciencia objetiva de la esencia de las cosas del mundo: la humanidad conoce las cosas del mundo porque antes se conoce a sí misma. De aquí se deduce que la idea moderna de humanidad contribuye a fundar y a hacer efectiva la idea de que todos los seres humanos puedan y deban ser sujeto y objeto de un mismo discurso universal: el de que a todos los seres humanos, como por otra parte a toda la realidad natural, les sea aplicable una norma racional que tiene su origen en su misma esencia y naturaleza. Humanidad es ser sujetos y al mismo tiempo objetos de la razón.

La humanidad moderna es, en fin, un producto de la metafísica occidental, en la fase, primero humanista y luego individualista, de la secularización y de la desacralización de la metafísica cristiana, cuya noción de igualdad en Dios como Padre común de la familia humana deviene igualdad en cuanto a los derechos humanos e independencia de autoridades externas: la humanidad es fundamento de sí misma porque tiene certeza de sí, es consciente de sí. Y expresa la voluntad de potencia de la metafísica moderna: es decir que comparte su inquietud por la abstracción eficaz, por la producción de una unidad racional. Incluso, por lo que respecta al ser humano, humanidad implica de hecho la construcción de una esencia que es conocida, y que es poseída para que cada miembro de la especie esté en condiciones de acceder a sus fines esenciales. Resultado de la moderna mediación racional, de su impulso cognoscitivo, la humanidad es por lo tanto el imperativo que impone que la esencia universal del ser humano encuentre por doquier, y para todos, su propio derecho, el reconocimiento y el tratamiento adecuados.

Alicia Montesdeoca

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