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La libertad moderna y los límites del gobierno

Ficha Técnica

Título: «La libertad moderna y los límites del gobierno»
Autor: Charles Fried
Edita: Katz editores. Madrid, 2009

El tema de este libro es la libertad individual. Pero no se trata de la libertad individual como problema abstracto y universal, sino de sus posibilidades y límites en el marco del Estado de bienestar. A partir de la premisa de que el Estado de bienestar moderno redefinió la noción que teníamos de la libertad individual, se trata de interrogar la naturaleza y el alcance de los cambios ocurridos: ¿somos libres de expresarnos mediante el discurso? ¿Y en el trabajo? ¿Y a través del sexo? Charles Fried afirma que la igualdad y el comunitarismo son los rivales más poderosos de la libertad, y demuestra cómo la red de regulaciones gubernamentales -cada vez más enmarañada- a la vez apoya y amenaza las libertades personales. Según el autor, los temas que en última instancia definirán a nuestras sociedades son cuestiones como éstas: ¿puede un ciudadano quemar la bandera de su país? ¿Puede mirar -o producir películas pornográficas? ¿Y mantener una relación abierta con una persona de su mismo sexo? ¿O conservar una porción de sus ingresos suficiente para llevar el tipo de vida que desea para sí y para su familia? Abordar esas cuestiones significa, de hecho, preguntarse cuánto le debemos al Estado -y debemos conservar- y cuándo podemos decirle a nuestro gobierno que nos deje en paz. La riqueza y la lucidez del análisis que Charles Fried hace en esta obra permitirán afrontar mejor los desafíos que -por izquierda o por derecha- intentarán limitar nuestra libertad en nombre de la presuntamente virtuosa búsqueda de la igualdad o de la gloria nacional. Lea un

Datos del Autor

Charles Fried (Praga, 1935) Tras haber emigrado con su familia a los Estados Unidos, Charles Fried estudió derecho en Princeton, Oxford y Columbia. Ha sido profesor en la Facultad de Derecho de Harvard desde 1961. Su actividad docente y de investigación se centró en la conexión entre la teoría normativa y las instituciones concretas de la justicia pública y privada. A lo largo de su carrera en Harvard fue profesor de Derecho Penal, Derecho Comercial, Derecho Romano, y también de Derecho Constitucional, entre otras disciplinas. En sus numerosas obras se ha ocupado de problemas de filosofía moral y política y de sus aplicaciones a la ley. Trabajó en diversas ocasiones en el gobierno federal y en el gobierno del estado de Massachusetts: fue asistente del procurador general de los Estados Unidos (en 1984 y 1985), asesor del Departamento de Transporte y, en 1982, del presidente Ronald Reagan, quien en 1985 lo designó fiscal general del Estado. Entre 1995 y 1999 fue juez asociado de la Corte Suprema de Massachusetts. Charles Fried obtuvo la beca Guggenheim en 1971, y es miembro de la Academia Nacional de Ciencias, de la Academia de Artes y Ciencias y del Instituto de Derecho de los Estados Unidos.

Fragmento

La libertad: la idea misma

Como un gran líder popular, Mussolini le ha dicho a una multitud que lo aplaudía: «Pisotearemos el cadáver corrompido de la diosa de la Libertad».
W. B. Yeats, ‘Irish Independent’, 4 de agosto de 1924

El abate de Mably odiaba la libertad individual, tal como se odia a un enemigo personal.
Benjamin Constant

Para Benjamin Constant -que ha sido llamado el primer apóstol de la libertad moderna- «la libertad individual es la primera necesidad del hombre moderno». Constant y su amiga Madame de Staël, famosa ella por su empecinada defensa de la libertad, consiguieron sobrevivir a la utopía comunitaria de la república del terror de Robespierre, pero terminaron enviados al exilio por el imperio de lo grandioso de Napoleón. «Por libertad -prosigue- me refiero al triunfo (no sólo la independencia: el triunfo) de lo individual, tanto por sobre la autoridad que podría gobernar mediante el despotismo, como por sobre las masas que querrían subordinar la minoría a la mayoría.» Constant regresó a Francia para presionar en favor de una monarquía constitucional al estilo británico, y cuando el rey Luis Felipe, agradecido, pagó sus muchas deudas, Constant le advirtió que ese gesto no impediría en absoluto que él expresara sus críticas. Se ha dicho que Constant se vendió muchas veces, pero que nunca cumplió con la entrega. De Constant tomó Isaiah Berlin, en su celebrado discurso ‘Dos conceptos de libertad’, el contraste entre la libertad de los antiguos y la libertad de los modernos. Constant no creía que ambas fuesen equivalentes. La libertad de los antiguos, la libertad de un pueblo para gobernar su propio Estado sin estar sometido a ningún otro gobernante, era con frecuencia lo mejor que los hombres podían desear en una época en que la riqueza estaba ligada a la tierra y el único escape posible conducía al exilio, a la soledad y a la miseria (pensemos en Sócrates, que elige la cicuta antes que el exilio de Atenas). Pero Constant vio que esta «libertad» suele ir acompañada de una aniquilación total del individuo, al modo espartano: «Hace del individuo un esclavo, para que el pueblo pueda ser libre». En la época moderna, cualquiera que lleve dinero en la billetera (o una estampilla «inverted Jenny» de colección valuada en una fortuna, o un número de cuenta y una clave bancaria) puede cruzar fronteras y construir una vida nueva en cualquier otro lugar. La libertad que valoraba Constant era la libertad del hombre de vivir su propia vida como lo crea mejor. En aquel entonces, como ahora, los Estados Unidos de América (país al que Constant pensó en emigrar en su juventud) eran lo más cercano a ese ideal.

Eso mismo llegué a creer cuando crecí. Mi familia y yo nos vimos obligados a huir de Praga -una de las ciudades más florecientes, más comerciales, más cómodas, burguesas y civilizadas- a causa de un maníaco homicida que, al igual que Robespierre y Napoleón, tenía una visión de la gloria de una nación y de un pueblo, pero no concedía la más mínima importancia a las personas. Luego, cuando Hitler desapareció y mi padre estaba a punto de llevarnos de regreso a Checoslovaquia, otro asesino de masas se puso al país en el bolsillo, con una visión de pesadilla todavía más letal, por ser más practicable: la de una igualdad universal, en la que cada hombre pertenecería a todos y todos los hombres pertenecerían al Estado.

Es la libertad de las personas, no de los pueblos; es la libertad de los modernos a la que (haciendo mío el proemio de la ‘Eneida’) canto. El mayor enemigo de la libertad ha sido siempre alguna visión del bien. Podría tratarse del bien de la comunidad relacionado con la gloria de una ciudad, una nación, una raza o un partido. Es algo muy bien plasmado en la imagen de decenas de miles de esclavos destrozados por el trabajo de construir las grandes pirámides de Egipto, con un resultado que debe haber sido sobrecogedor, y todavía lo es. Es cierto que, además de una búsqueda de gloria, esas tumbas pueden haber sido uno de los intentos más impresionantes y desesperados por sobreponerse al hecho de la muerte, pues encerrada herméticamente junto con el cuerpo preservado del faraón estaba la rica parafernalia de su vida. Pero la gloria siempre fue una vía para la búsqueda de la inmortalidad. Las construcciones de los faraones pudieron obedecer a su propio anhelo de gloria e inmortalidad, pero siempre y en todas partes muchas religiones han estado dispuestas a sacrificar la libertad de aquellos cuyas vidas de algún modo les concernían (se tratara de adeptos o no) en pos de lo que consideraban la mayor gloria de sus dioses. El poder, la magnificencia y la belleza se cuentan entre las glorias por las que los hombres gastaron liberalmente sus propias energías y las energías reacias de los demás. Pero también un estilo de vida, ya sea de gran simplicidad o de compleja observancia de rituales, puede ser considerado un bien tan preciado como para exigir que otros salgan en su busca. Tómense como ejemplo la pesadilla del ensueño rural que Pol Pot procuró imponer en Camboya, o las intrincadas solemnidades de la corte japonesa medieval.

A menudo, los que se imponen sobre otros están convencidos de que el bien que buscan es un bien para sus víctimas tanto como lo es para ellos mismos, y por eso argumentan que no hay tales víctimas. Pero, con la misma frecuencia, se verifica que no piensan en el bien del oprimido. Hitler pensaba en el bien y en la gloria de la raza germánica -superhombres gobernados por un superhombre-, y la eliminación o el sometimiento de razas inferiores era una parte integral de esa visión; una visión que, obviamente, no se esperaba que esas razas compartieran. Y sin duda, en esta manera de pensar la pregunta por el ‘cui bono’ -«el bien de quién»- queda relegada porque el objetivo es el bien como abstracción, no el bien de alguna persona en particular. La manifestación más clara es la religiosa: el servicio a los dioses no es el servicio a ningún hombre. Pero con esta historia de sometimiento y esclavización corre pareja la pretensión de algunos de conseguir por la fuerza el servicio de otros, ya sea en pos del bien común, del bien del opresor, o de un bien que es una abstracción separada de esas dos clases y resulta aplicable a todos los casos.

En este catálogo de la opresión, la idea de la igualdad juega un papel significativo, aunque ambiguo. La libertad es tan importante que todos deberían tenerla en la mayor proporción posible. Pero hay otra manera de considerar la igualdad: la igualdad es tan importante que no sólo la libertad, sino cualquier otra cosa buena debería poder gozarse sólo en la medida en que sea posible gozarla de manera igualitaria. En este último sentido, la igualdad se parece más a los otros bienes que he mencionado (la gloria de la nación, el servicio a los dioses): es un bien que invalida el bien de las personas particulares, en tanto el bienestar de algunos se sacrifica en pos de ese bien, e incluso si lo que ocurre es que el bienestar de los demás no se incrementa. Esta situación exige nivelar hacia abajo (lastimar deliberadamente a algunas personas, y no ayudar a otras), si es que ésa es la única manera de acercarse a la igualdad. Ése era el proyecto de Pol Pot cuando vació las ciudades de Camboya de los habitantes más educados y más prósperos, a los que mató u obligó a retirarse hacia los campos; es como si la igualdad fuera una meta como la Gran Pirámide. La visión de la igualdad como una Gran Pirámide subordina los bienes particulares (el bienestar de los individuos) a esa única abstracción grandiosa.

Podemos saber qué es lo que cuenta como poder de una nación: su riqueza, o sus conquistas triunfales. Aquellos que buscan la gloria de sus dioses parecen saber en qué consiste esa gloria. Pero, ¿qué es la libertad? He aquí una idea muy general, una primera idea.

Alicia Montesdeoca

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