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Más rápido que la velocidad de la luz

Esta obra no es una herejía, sino una esperanza

Ficha técnica
Título: “Más rápido que la velocidad de la luz”. Historia de una especulación científica
Autor: Joâo Magueijo
Editorial: Fondo de Cultura Económica de Argentina, S.A. 2ª Edición. Buenos Aires, 2006

En esta obra Joao Magueiro se atreve a conmover un “sólido” pilar de la ciencia moderna, cuestionando a uno de sus más grandes genios, Einstein, y a la más importante de sus teorías: la teoría de la relatividad y su principio sobre la velocidad constante de la luz. Como el autor mismo explica: “Enstein se dio cuenta de que, si la velocidad de la luz no cambiaba, necesariamente tenían que cambiar otras cosas, a saber: la idea de que existen un espacio y un tiempo universales que no se modifican, conclusión escandalosa porque contradice la intuición”, dice Mangueiro.

Tamaña osadía sólo puede provenir de una inquietud interna que se alimenta de la corriente que impulsa a las mentes abiertas a no conformarse con respuestas cerradas, ni a dejar que se les acaben las preguntas.

La idea que lleva al autor a adoptar una posición de riesgo, dentro de un mundo que se siente cómodo con ciertos dogmas, es la que postula “la variabilidad de la velocidad de la luz (VSL, sus siglas en inglés), con la hipótesis de que dicha velocidad fuera mayor por las condiciones existentes en los primeros instantes del Universo. Dicha idea le entusiasmaba, a pesar de la indiferencia con que fue oída cuando la compartió con el entorno científico más cercano.

“Para mi sorpresa, dice el autor, esa hipótesis parecía resolver al menos algunos de los problemas cosmológicos sin recurrir a la inflación. De hecho, la solución parecía inevitable de acuerdo con la teoría de la velocidad de la luz variable. Parecía que los enigmas que planteaba el big bang sugerían precisamente que la velocidad de la luz era mucho mayor en los comienzos del universo, y que en un nivel fundamental la física debería descansar sobre una estructura más rica que la teoría de la relatividad”.

Entre los científicos, cuestionar los dogmas teóricos de la ciencia no es nada nuevo. Lo nuevo que incorpora el autor es mostrar este cuestionamiento al público ajeno a ese círculo. Socializar la duda ante un conocimiento que se ha comunicado a los legos como conjunto de verdades sin grietas.

A través de ese conocimiento presentado como acabado e inmutable es como cada generación asume las creencias de la ciencia. Sólo unos pocos, los privilegiados, los genios, los inconformistas, los cómicos, los supervivientes o los poetas son capaces de cuestionar el paradigma impuesto.

Con la especulación científica surgen las acaloradas polémicas, pero también se deshace la coraza del método científico, siempre tan amurallado, dificultando el paso de las nuevas formas de mirar y de comunicarse entre sí las disciplinas, permitiendo surgir un conocimiento que no fija fronteras.

Al final de todo el recorrido que el cuestionamiento pone en marcha, las hipótesis se demuestran o no; quizás queden pendientes a que nuevos conocimientos permitan enjuiciar, en sus justos términos, la “pelea” de algún científico y de sus colaboradores por sacar del anonimato sus investigaciones, sus propuestas, o su interpretación de la realidad.

De esta forma, las certezas que sirvieron para consolidar un cuerpo de conocimientos se abandonan, pues la búsqueda de nuevos horizontes requiere que nos abandonemos a la incertidumbre para caer en brazos de las probabilidades que se abren con esa decisión.

Ahora bien, lo más importante, humanamente hablando, es que todo ese esfuerzo da sentido a una vida y ese mismo sentido es el que permite a la Ciencia salir de su habitáculo y abrirse a nuevos horizontes. Todo ese proceso de poner a prueba ideas nuevas y, luego, aceptarlas o rechazarlas, constituye la ciencia.

El autor termina por concluir que no hay ninguna humillación en el hecho de que se descarte una teoría ideada por nosotros. La historia de la ciencia está repleta de tanteos, “se trata de tanteos en la oscuridad, de intentos sucesivos que la mayoría de las veces sólo conducen al fracaso, pero también de una búsqueda apasionada y de un entusiasmo sin límites por lo que se hace”.

Es importante considerar de toda esta obra lo que de experiencia personal tiene. En ese sentido también es una obra pedagógica. El autor cree en una idea que le inspira nuevas preguntas, a continuación empieza a respetarla y termina sintiendo devoción por ella. Este es un proceso necesario para que la voluntad de materializar o crear algo surja. Esa determinación permite que por fin se materialicen las condiciones necesarias para desarrollarla y que se encuentre a los compañeros de camino, tal y como a Joâo Magueijo le ocurrió. El autor es un gran comunicador, un apasionado creyente de la ciencia que ha logrado entusiasmar a otros buscadores de respuestas

El resultado final de esta experiencia narrada con tanta capacidad comunicadora es que a estas alturas “la teoría de la velocidad variable de la luz ha abandonado ya su cuna cosmológica” y se utiliza para resolver otros problemas. Su desarrollo ayuda a cuestionarse otros dogmas que se presumían intocables dentro del mundo científico en general y dentro de la cosmología en particular. Los afectados posibles, según el autor, sería la cosmología, la teoría de los agujeros negros, la astrofísica, la teoría cuántica…

Estructura de la obra

La obra se divide en dos partes. En la primera el autor establece el marco histórico desde el cual parte la cultura científica sobre la velocidad constante de la luz. En la segunda parte, Magueijo desgrana la experiencia de su búsqueda, los resultados y las conclusiones a los que llega a lo largo de todo el proceso.

Biografía

Joao Magueijo nace en 1967 en Évora, Portugal. Recibió su doctorado en la Universidad de Cambridge, obtuvo una beca de investigación en el St. John’s College de Cambridge y más tarde recibió otra en la Royal Society. Actualmente es profesor de física teórica en el Imperial College de Londres. Ha sido investigador visitante en la Universidad de California en Berkeley y en la Universidad de Princeton.

Alicia Montesdeoca

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