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Rasgos de la espiritualidad emergente en el siglo XXI

En muchos artículos publicados en Tendencias21 de las Religiones se ha insistido en la emergencia en nuestra sociedad de un anhelo de espiritualidad. Pero el reconocimiento de espiritualidad no implica religión ni es tampoco un subproducto ideológico de la religión o de algunas religiones: Es una dimensión vital más básica que supone un desbloqueo importante del ser humano. Algunas personas que se reconocen como ateas valoran en gran manera la experiencia espiritual. Este deseo está siendo recogido también por algunas tradiciones religiosas. Por José Luis San Miguel de Pablos.

Rasgos de la espiritualidad emergente en el siglo XXI

El único sujeto real –y sujeto por tanto de liberación- es el ser-con-interioridad, el ser espiritual. Toda ética con auténtico sentido tiene esta base. Todo movimiento de sensibilidad orientado al otro (no sólo a “los semejantes” sino también a “los diferentes”), toda compasión, tiene esta base. Toda utopía de justicia y felicidad universal tiene esta base, aunque sea de forma implícita. Y nada digno de ser valorado, ni por tanto apoyado, puede estar desconectado de este reconocimiento de fundamentalidad, que parte de una mirada introspectiva y se completa con esa “interpelación irresistible por el rostro del otro” de la que habla Emmanuel Lévinas.
 
En este artículo recupero algunas ideas que pueden encontrarse más desarrolladas en mi libro “La rebelión de la consciencia ”, publicado recientemente por Editorial Kairós. Presentamos aquí una adaptación del capítulo tercero.

Para muchas mentalidades, la espiritualidad es una experiencia ligada a las religiones. Pero en estos años, se viene produciendo el reconocimiento de que espiritualidad no implica religión, y de que no es tampoco un subproducto ideológico de la religión o de algunas religiones, sino una dimensión vital más supone un desbloqueo importante de la personalidad humana y una apertura de posibilidades.

Es, en efecto, sumamente importante que agnósticos e incluso ateos, como André Comte-Sponville y Edgar Morin, constaten -en su interior mismo, y en diálogo con sus iguales- que existe un tipo de posibilidad de experiencia que no es reductible al afán de saber (curiosidad científica), a la apuesta metafísica (religión y filosofía) y ni siquiera al impulso altruista de solidaridad, pese a estar estrechamente vinculado a todo eso.
 
Dimensión espiritual de la experiencia humana

No es fácil definir ese ámbito. Puede hacerse, no obstante, asintóticamente, como sucede siempre que nos confrontamos con lo directamente vital, pues no en vano dijo Goethe aquello de “gris es la teoría y verde el árbol de la vida”. Tanteos los llevó a cabo, por ejemplo, Stéphane Hessel en su opúsculo Vivez! (uno de los últimos que escribió) cuando habla de “lo que está más allá de la inmanencia del mundo y de la sociedad”, y de “ese dominio, más allá de la vida material, que podemos llamar de muchas maneras, y que nos atrae como si fuese algo a lo que sabemos que tenemos derecho”.

El definitivo asentamiento de una concepción del mundo evolutiva, que consagra la idea de la unidad fluyente de la Naturaleza (el Río de Heráclito), es sin duda un elemento esencial del nuevo paradigma espiritual en ascenso.
 
El giro paradigmático en marcha tiene además un segundo componente, de importancia igual o mayor. Se trata de la evidencia, que se va extendiendo, de la fundamentalidad de la consciencia, de la interioridad o subjetividad de todo ser humano y de todo ser vivo. Toma de conciencia lenta pero firme, que se da correlativamente a la creciente pérdida de credibilidad del paradigma mecanicista. Numerosos indicios avalan esta opinión.

No todo es egoísmo. Son muchísimas las personas para quienes los demás no son esos “maniquíes que uno ve ir y venir al mirar por la ventana” de que habla Sartre en El ser y la nada, sino seres conscientes, seres con interioridad que, como uno mismo, anhelan vivir una vida plena.

Contradiciendo la opinión, cínicamente interesada, de que ”cada uno va exclusivamente a lo suyo”, es un hecho antropológico que, patologías aparte, todo ser humano cuenta  con una pulsión compasiva más grande o más pequeña, fundada en la certeza intuitiva del ser-consciencia del otro. La interioridad del otro -como dice Lévinas- nos vulnera e interpela a través del rostro vivo. 

Otro síntoma nada baladí es la importancia creciente de los animales en la vida de muchas personas. Es este un fenómeno antropológico de fondo que revela por un lado una necesidad psíquica del ser humano, que se siente muy solo incluso a nivel de especie, y por otro el inicio de un cambio de largo alcance en nuestra comprensión de la vida no humana.

Rasgos del paradigma espiritual emergente
 
Pueden resumirse en cinco:
 
1.  Naturalista, evolutivo, ecológico y sistémico.
 
2. Racionalidad compleja, “no racionalista”. Ética de responsabilidad para con la vida humana, no humana, presente y futura.
 
3. Espiritualidad adogmática, universalista y experiencial. Recuperación de la esperanza.
 
4.  No exclusivista ni excluyente, sino inclusivo y reequilibrante.
 
5. Comprometido con la realidad vivida. “El espíritu en la materia.

Veamos muy brevemente algunos de estos rasgos del paradigma espiritual emergente:
 
Naturalista

La Naturaleza es la referencia. Formamos parte de ella, somos naturaleza. Todo es río que fluye, Hasta la genialidad y la aparente desnaturación cultural y tecnológica forman parte de ese río. Nada hay fuera de él. Y la vuelta al primer plano de la idea de Naturaleza en las últimas décadas va acompañada de la exigencia de “desmecanizarla”, haciendola cercana a la vida y a la conciencia, al espíritu.
 
Evolutiva

El descubrimiento de que la la Naturaleza en su totalidad es idéntica al río de Heráclito, y de que la fuente de dicho río es una suerte de Fiat Lux que se conoce como el big bang es seguramente el de mayor logro significativo de todos los que la ciencia moderna ha hecho. La idea liberadora nueva cuenta, por tanto, con el dato axial de la evolución, del devenir, que unifica dinámicamente a la Naturaleza, y a ésta con la Humanidad.

Quizás el obstáculo mayor que se interpone entre algunas religiones y la ola de fondo espiritual actual sea la insistencia de aquellas en que su mensaje fundacional es “el último”. Esa proclamación choca frontalmente con la naturaleza evolutiva de la vida, que incluye el carácter procesual del aprendizaje y la maduración psicoespiritual de la Humanidad. Tal afirmación es, por lo demás, una de las principales causas de la intolerancia religiosa. No hay fundamentalismo ni integrismo que no insista en que su libro revelado da cerrojazo a toda posibilidad de que claves importantes para la “re-integración” ser humano en el universo sigan fluyendo desde la Trascendencia.

Frente a esto, cabe sostener que lo Real, junto con las implicaciones éticas que conlleva, se revela paulatinamente a la Humanidad a lo largo de la Historia. Llevando algo más lejos la idea jasperiana de la fe filosófica, pienso que se debe admitir una revelación filosófica continuada. Revelación natural qie implica los tres planos básicos que son el intuicional (o filosófico estricto), el racional (o científico) y el sensible-afectivo (y ético, por tanto). La apertura humana a aproximarse poco a poco a la Transcendencia llega hasta el presente y que sigue abierta.

Ecológica y sistémica

Al ser la Naturaleza la referencia y guía fundamental nos acercamos a una espiritualidad ecológica y sistémica. Paradigma ecológico que se implanta en un sentido doble.  

En primer lugar, el obvio: el ser humano ha de abrirse a la reconciliación con su planeta, y las consecuencias de semejante cosa tendrán numerosas manifestaciones, desde globales hasta personales y cotidianas. Cada día está más claro: no hay transformación económica posible que acabe con el hambre en el mundo, con las grandes injusticias y desigualdades…, sin un cambio en profundidad, previo o paralelo, de nuestra relación con la Madre Tierra y con la maravilla de la vida, que nos incluye pero que no agotamos.
 
En segundo lugar el término “ecológico” se refiere a que el paradigma en ascenso no es una ideología cerrada, sino que se halla enraizada en tradiciones diversas, y es dialogante, abierta a intercambios y a resultar enriquecida por ellos. La estructura de la Vida, del Cosmos y de la Naturaleza es toda ella sistémica, es decir, que “entidades integran entidades” y “el todo es más que la suma de las partes”.

Se derivan de ahí importantes consecuencias prácticas: una, que el individuo no puede ser anulado en modo alguno por el Estado (ni por la nación, la tribu, la religión de su clan…), pero que tampoco se debe, en nombre de un individualismo radicalizado, negar que la superestructura estatal ya que es una emergencia que cumple funciones de problemática sustitución; otra, que nadie tiene por qué pertenecer a una sola cosa, vale decir que nadie tiene por qué sentirse “sólo” de su pueblo o de su región, “sólo” español, “sólo” europeo…, y ni siquiera “sólo” cristiano. La complejidad en red de la Naturaleza sugiere fuertemente la posibilidad de las pertenencias múltiples, susceptibles, además, de modificarse.

Por lo demás, “ecológico” no puede en modo alguno significar antihumano. El amor a la Vida –esencia del ser-consciencia encarnado- se enfoca en primer lugar sobre la vida humana. Que ningún ecologista radical se engañe: sin amor por el imperfecto ser humano y por los seres humanos de carne y hueso, ninguna biofilia es creíble.
 
Racional, pero “no racionalista”
 
Aparece con mayor evidencia cada día que el racionalismo no es lo mismo que la Razón. El primero es un “ismo” dogmatizado que presupone unos modos de ser determinados de la Naturaleza, de la mente y del reflejo de aquella en esta. Mientras que la Razón es necesariamente inacabada, ya que implica reconocer de entrada que nuestro conocimiento de la “naturaleza de la Naturaleza”, así como de la naturaleza de la mente y de nuestros modos de aprehensión cognitiva se amplían continuamente.

No parece exagerado decir que una de las causas que hacen que se mantenga el bloqueo psicosocial y espiritual que caracteriza el tiempo presente es el peso que sigue teniendo el viejo racionalismo. El poder que detenta el poco racional racionalismo es un obstáculo serio para emprender una reforma de la racionalidad -no sólo científica sino también social y económica- que necesariamente ha de pasar por profundizar el concepto mismo de razón. Esta no puede seguir siendo abusivamente simplificadora, y de su vocabulario debería desterrarse la expresión “nada más que”.

Rasgos de la espiritualidad emergente en el siglo XXI

Ética de responsabilidad para con la vida
 
La clase de razón capaz de guiar el obrar ético es desde luego una razón que incluye como parte fundamental de ella la compasión. Una razón, en suma, que parte del ser humano integral y toma en consideración la integralidad de la vida.

Un biocentrismo ético consecuente, el mismo que ennoblece -al resituarlo responsable y compasivamente- al hombre sobre la Tierra, nos obliga a considerar nuestro planeta como un todo que no debemos dañar, por nosotros mismos, por nuestros descendientes y por esta maravilla indecible que es la biosfera, el topos del milagro de la vida sintiente, del ser que es para sí.

El fundamento de cualquier ética viva no puede ser más que la compasión por “el otro”, por los demás seres-consciencia, focos vivenciadores –“como yo mismo”- del devenir, el sufrimiento y el goce. La capacidad de reflexión no convierte al humano en el único ser-consciencia sobre la Tierra. Lo que “comprender” sí que conlleva es responsabilidad.
 
Espiritualidad adogmática, universalista y experiencial

La preocupación filosófica a-dogmática es una componente esencial de la nueva sensibilidad espiritual, puesto que implica un retorno a las preguntas “primeras”. Pero la ausencia de relación con las dogmáticas, tanto religiosas como de otro carácter, no significa que la mayoría de las personas que participan de ella no tengan creencias.

Las tienen -aunque no sean las mismas para todas- pero para casi nadie tales creencias se viven como condición de la acogida benevolente de un Dios que exige que se acepten sus revelaciones. Por otra parte, las creencias pertenecen al plano cognitivo-intelectivo, que no es el fundamental en la auténtica espiritualidad, mucho más vinculada a otro tipo de cognición menos, o nada, verbalizable.

Es este adogmatismo lo que hace que la nueva espiritualidad esté tan abierta a lo que algunos denominan sincretismo, y que por mi parte entiendo como capacidad para percibir homologías e identidades de fondo entre tradiciones espirituales diversas, allí donde el creyente de una religión tradicional ve diferencias insalvables.

El rasgo del universalismo nace justamente de ahí. Lo que orienta a alguien hacia la espiritualidad es un latido personal, no un imperativo tribal o identitario. Ese vislumbre de eternidad a que se referió Baruch Spinoza es siempre una experiencia estrictamente personal.

Espiritualidad que recupera la esperanza

…en pugna con la acusada tendencia posmoderna a la desesperanza, surgida como reacción a la creencia ciega en el progreso, típica de la Modernidad. Esperanza no sólo en lo que respecta al mundo. Se trata, en este aspecto, de una vuelta a Kant, al Kant que no podía salvar racionalmente la fe pero sí la esperanza (y que creía que debía hacerlo).

El materialismo filosófico desahució la esperanza, o pretendió, en el mejor de los casos, resituarla fuera del ser autovivenciado, en un futuro colectivo en el solo cabía creer, como si de otra religión ser tratase. El resultado, lo hemos visto, ha sido un fuerte reforzamiento reactivo del individualismo.
 
No exclusivista ni excluyente, sino inclusiva y reequilibrante

La gran mayoría de las dicotomías que nos dividen son complementariedades, o encierran a la vez conflicto y complementariedad. Son además potencialmente fructíferas.  Este enfoque de lo contradictorio es el mensaje fundamental del símbolo taoísta del yin-yang y de la filosofía de la complejidad del gran pensador contemporáneo Edgar Morin.
 
Comprometida con la realidad vivida

La idea-guía espiritual en ascenso no desprecia la materia. Al contrario, asumiéndola la espiritualiza. De ahí que comprometerse con la vida y con la justicia aquí y ahora sea la actitud más consecuente para todo aquel que comprende y comparte el nuevo paradigma espiritual, que apunta asimismo a abolir el divorcio entre lo individual y lo social.

Trabajar por la eliminación de las graves disfunciones que afectan hoy a la vida colectiva, al ser humano colectivo, es de hecho tan necesario como utilizar todos los medios que uno tiene a su alcance para sanar de una dolencia. Sin compromiso social, desde los que encuentran su modelo en Jesús de Nazareth hasta quienes lo hallan en la renuncia del boddhisatva al nirvana por amor de los que siguen atados al Samsara, de Ellacuría y Boff  hasta Gandhi y Aurobindo…, no puede hablarse de auténtica espiritualidad integrada en el cosmos.

Sin descender a la arena, y a veces hasta sin tocar el barro, la espiritualidad deja siempre  sobre ella planear dudas de autenticidad y no acaba de responder a las aspiraciones del hombre real y de la sociedad.
 
La liberación será  también  espiritual o no será
 
Pero, a la inversa, lo superestructural no basta en absoluto. El único sujeto real –y sujeto por tanto de liberación- es el ser-con-interioridad, el ser espiritual. Toda ética con auténtico sentido tiene esta base. Todo movimiento de sensibilidad orientado al otro (no sólo a “los semejantes” sino también a “los diferentes”), toda compasión, tiene esta base. Toda utopía de justicia y felicidad universal tiene esta base, aunque sea de forma implícita. Y nada digno de ser valorado, ni por tanto apoyado, puede estar desconectado de este reconocimiento de fundamentalidad, que parte de una mirada introspectiva y se completa con esa “interpelación irresistible por el rostro del otro” de la que habla Emmanuel Lévinas.
 
El primer paso que hay que dar es, por tanto, reconocernos –con legítimo sentimiento de dignidad− como seres de consciencia, aquello que nos define. No robots biológicos. Las filosofías que defienden esto último, por sesudamente que se expongan y por “progresistas” que pretendan ser no son más que coartadas a medida para la cosificación, la explotación y la tortura de los seres vivos, humanos incluidos, en el contexto del sistema político-ecónomico “mundializado” actual, que se diría que tiende, hoy por hoy, a seguir implantando “el infierno en la Tierra”…, sin horizontes ni perspectivas de avance real.
 

 
José Luis San Miguel de Pablos, Licenciado en Geología y Doctor en Filosofía, es colaborador de Tendencias21 de las Religiones.
 

Jose Luis San Miguel de Pablos

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