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Crisis sistémica y percepción errónea de la realidad: la perspectiva budista

Por todos es conocida la extrema gravedad de la crisis ecológica planetaria y sus manifestaciones. Pero la crisis ecológica forma parte de una gran crisis de civilización, de la humanidad en su conjunto. Es una crisis sistémica. La humanidad ha llegado a lo que Fritjof Capra llama un punto crucial. Para el budista zen, la causa principal de esta crisis radica en una percepción errónea de la realidad que ha ido surgiendo históricamente en el seno de la conciencia humana y que ha culminado en la civilización occidental. Por Dokushô Villalba.

Crisis sistémica y percepción errónea de la realidad: la perspectiva budista

Las causas de esta crisis son complejas y múltiples: económicas, sociales, demográficas, políticas, etc. Por lo tanto, la resolución de tal situación requiere un acercamiento multidisciplinar.

En el siguiente artículo quiero exponer lo que el budismo zen tiene que aportar a la salida de esta crisis, en una relaboración de una conferencia que impartí en el FORO ESPIRITUAL DE ESTELLA el pasado cuatro de julio del 2011.

Desde mi punto de vista como budista zen, la causa principal de esta enorme crisis se encuentra en una percepción errónea de la realidad que se ha ido desarrollando históricamente en el seno de la conciencia humana y que ha culminado en la civilización occidental. Al convertirse la civilización occidental en el modelo dominante en todo el planeta, esta percepción errónea de la realidad se ha extendido prácticamente a todas las naciones y culturas.

Esta percepción errónea de la realidad tiene como base una forma dualista de pensamiento que genera una percepción dualista.Es decir, el origen de nuestra crisis es un error cognitivo convertido, por consenso o por imposición, en una verdad universal.

El budismo llama ignorancia básica a esta percepción errónea de la realidad.

La percepción dualista

Esta percepción dualista se manifiesta en:

1. la forma en la que los individuos nos percibimos a nosotros mismos (autoimagen individual)
2. la forma en la que los individuos percibimos a los demás y nuestra función en las relaciones sociales.
3. la forma en la que los individuos percibimos la cultura y la sociedad humana (autoimagen colectiva como humanidad),
4. a la forma en la que los individuos y la sociedad percibimos la naturaleza y nuestra función en relación a ella.

Desde un enfoque individual, esta percepción dualista se manifiesta en la percepción escindida que tenemos de nosotros mismos, en especial en lo referente a la relación entre mente y cuerpo, espíritu y materia.

El pensamiento dualista comenzó a emerger en la humanidad primitiva probablemente al mismo tiempo que la autoconciencia o conciencia de yo, conciencia individual. Para Ken Wilber: “Parece ser que la historia evolutiva de la humanidad es un viaje desde la subconciencia hacia la supraconciencia, pasando por la etapa intermedia de la autoconciencia”.

La subconciencia es el estado animal de fusión inconsciente con el todo de nuestros antepasados pre-homínidos. El ciclo de autoconciencia, en el que aún nos encontramos, incluye la emergencia de una autoimagen mental, base de la autoconciencia o conciencia de sí. Y la supraconciencia es la conciencia plenamente despierta de un Buda o de un ser humano plenamente iluminado. Se la podría llamar también conciencia oceánica o conciencia cosmica.

Creo que nos hallamos al final del ciclo de la autoconciencia o conciencia centrada en el yo, egocéntrica. La crisis de civilización que estamos atravesando es una crisis de autoimagen tanto del individuo como de las sociedades y de la humanidad en su conjunto, al mismo tiempo que una crisis de la conciencia de la realidad que tenemos los seres humanos.

Emergencia, logros y efectos colaterales de la autoconciencia

La autoconciencia supone una autoimagen mental: el yo. La emergencia de la autoconciencia individual supone la creación de una frontera: yo y lo Otro. Lo Otro incluye todo lo que no es yo. Yo soy todo lo que no es Otro. Un círculo mental: dentro soy yo, fuera es lo Otro. Esta es una forma básica de dualismo que se encuentra fuertemente enraizada en la percepción que tenemos de nosotros mismos y de los demás. El lenguaje humano es la expresión de esta percepción.

La autoconciencia es común a todos los seres humanos y a todas las culturas, aunque cada una lo experimente con intensidades y matices diferentes.Por ello, la autoconciencia ha sido un factor fundamental en la evolución de la humanidad y es un paso, al parecer, necesario para la emergencia de una conciencia cósmica, en la que el universo se ve a sí mismo a través del ser humano.

No obstante, un primer efecto colateral de la autoconciencia es la angustia existencial del yo separado: el sentimiento de vulnerabilidad del individuo autoconsciente frente a las fuerzas implacables de la naturaleza, la angustia del ser individual frente a la negación del yo que supone la muerte. Esta angustia existencial es la experiencia más dolorosa que un ser humano pueda experimentar. Por ello, no es descabellado concebir la historia de humanidad como el esfuerzo por superar, amortiguar, disolver, negar o trascender dicha angustia.

Aunque no hay un consenso sobre la etimología del término religión, opto por considerar que procede del latín religare, traducido como “volver a unir”, que tiene relación con la palabra yoga, “aquello que une”. De esta forma, lo religioso sería todo aquello que nos vuelve a unir, que nos devuelve a un estado de Unidad. ¿Unir o reunir qué con qué? La mayor parte de los estudiosos de la fenomenología de la religión están de acuerdo en que el sentimiento religioso surge en la humanidad primitiva al mismo tiempo y de forma indisociable al surgimiento de la conciencia individual.

La paulatina irrupción de conciencia individual (en la que es posible ver el trasfondo de lo que algunas religiones llaman el “pecado original”) va irremediablemente acompañada, como he dicho, por la angustia del yo separado. Esta separación podría representar la “caída” y la “expulsión” del paraíso de la fusión inconsciente con el Todo, separación que es origen de la angustia existencial. Podemos ver pues en la base del sentimiento religioso el anhelo de liberación de tal angustia del yo separado. Desde este punto de vista, el sentimiento religioso es inherente a la existencia humana y todos los seres humanos experimentan esta religiosidad entendida como anhelo de liberación de la angustia del yo separado.

Uso el término religiosidad con el mismo sentido que el de espiritualidad. Y espero poder dejar manifiesto a lo largo de mi exposición la relación entre la religiosidad, o la espiritualidad, y la ecología, o más bien, la situación actual de desastre ecológico.

La autoconciencia lleva implícita el conflicto de un yo enfrentado a lo Otro. Lo Otro incluye a los demás seres humanos, animales y vegetales, a la Naturaleza en su conjunto.

Amortiguar la angustia ante la pérdida de la unidad cósmica

La evolución histórica de la autoconciencia es la historia del proceso de individuación, de la angustia existencial creciente asociado a él y de los remedios históricos usados por la humanidad para amortiguar esta angustia, es decir, las religiones y las tradiciones espirituales.

Algunas fases:

– Individuación creciente, nomadismo, semi-fusión con la naturaleza, religiones chamánicas.

– Individuación creciente, surgimiento de los primeros asentamientos, separación creciente de la naturaleza, surgimiento de las religiones mitológicas.

– Individuación creciente, primeras ciudades-estados, religiones míticas organizadas.

Históricamente, ha habido un equilibrio entre el creciente avance del proceso de individuación y el rol fundamental de las grandes religiones. Es decir, en ellas, las tradiciones pudieron amortiguar más o menos la angustia asociada a la individuación.

Pero este equilibrio comenzó a resquebrajarse, especialmente en Occidente, a partir del Renacimiento. Hasta entonces, las diversas iglesias y corrientes de la tradición judeo-cristiana organizaron en gran medida la visión occidental de la identidad humana y de nuestra función en el mundo. Sus prácticas y simbolismos impregnaron profundamente la vida cotidiana occidental desde el final del mundo romano y helenístico hasta el Renacimiento.

El desarrollo del racionalismo científico del Renacimiento, el escepticismo y la secularización de la Ilustración, el darwinismo, el positivismo, la revolución industrial, el materialismo y el desarrollo científico con sus aplicaciones tecnológicas han sido hitos que han ido marcando el declive de la función amortiguadora de la religión en Occidente. Ese declive ha ido sucediendo al mismo tiempo que una emergencia creciente del individualismo.

No quiero entrar ahora en los múltiples aspectos sociales, filosóficos o teológicos del individualismo. Quiero centrarme específicamente en su aspecto psicológico y espiritual. Es decir, en la repercusión que el desarrollo de un individualismo extremo ha tenido y está teniendo en la actual crisis de la civilización humana.

El concepto de individualismo se utiliza a menudo para hacer referencia a la preeminencia del individuo como elemento importante y central de todas las cuestiones relacionadas con la vida humana. Si bien hoy en día la noción de individualismo expresa una connotación ciertamente despectiva y negativa, la misma surge en el siglo XV como revalorización del lugar del individuo frente a Dios y a la religión.

Se puede decir, entonces, que la noción de individualismo comenzó teniendo una connotación y un significado completamente positivo y liberalizador. Esto es así debido a que la misma surge en el período histórico en el cual los valores medievales centrados en Dios y en la religión como elementos organizadores de la vida empezaron a entrar en decadencia. Uno de los logros del Renacimiento fue el de establecer la importancia del individuo, del ser humano como factor determinante de todos los fenómenos, otorgándosele así mayor poder, libertad y posibilidad de elegir cómo enfrentar la vida.

La Revolución Francesa y la Ilustración tuvieron como base la reivindicación de los derechos individuales frente a los poderes establecidos, expresados en la Declaración Universal de los Derechos de los Individuos Humanos. Pero el individualismo mató a Dios y, una vez Dios muerto, el individuo se encontró frente a frente con su angustia existencial de yo separado, sin ningún sistema religioso que la amortiguara.

Aunque esto no fue realmente así. A medida que la tradición religiosa judeo-cristiana languidecía en Occidente, dos sistemas ideológicos trataron de reemplazarla: el mercantilismo capitalista por un lado y el marxismo por otro, ambos herederos de las teologías cristianas, ambos nuevas formas seculares de teología mesiánica.

La lucha entre el marxismo, en sus variadas formas y corrientes, y el mercantilismo capitalista han marcado la historia de Occidente desde finales del siglo XIX hasta la caída del muro de Berlín, en 1989, que marcó el final de los estados comunistas (salvo algunas excepciones como China, Corea del Norte y Cuba) y el triunfo del mercantilismo capitalista.

Hoy día, el principal sistema universal de salvación individual y colectiva es el mercantilismo capitalista, o globalización neoliberal, que está tratando de (mal) cumplir la función de una nueva teología mesiánica.

La religión del mercado y del dios dinero

El mercantilismo capitalista es la religión secular impuesta al mundo por los mercaderes, que actúan de sumos sacerdotes. Se presenta como un nuevo sistema de redención fuera del cual no hay salvación. Su Dios es el dinero, que actúa en este mundo como un nuevo símbolo de poder, de salvación y de inmortalidad. Sus Leyes son las del Mercado. Veamos algunas de estas leyes, cuya obediencia es impuesta a todos:

1. Primera: La obtención de riqueza material (en forma de capital, objetos materiales o servicios) es el fin último de la vida humana en la Tierra.

2. Segunda: Las leyes dictadas por el Mercado son el orden natural del mundo, la verdad objetiva, la verdad revelada, la palabra y la voluntad de dios, que sólo puede ser interpretada correctamente por los sumos sacerdotes del Mercado, a saber, economistas, banqueros, grandes trusts empresariales, compañías de inversión, agencias de calificación, etc. Estos sumos sacerdotes se presentan como infalibles y omniscientes. Por lo tanto, las leyes del mercado son siempre justas y correctas y sus dictados son mandamientos que están por encima de cualquier otra moral o valor humano ajeno a la obstención de riqueza.

3. Tercera: La vida humana es tiempo de trabajo, capacidad productiva. Un individuo humano es lo que produce y vale según la cantidad de lo que produce. El valor del trabajo humano viene dado por la oferta y la demanda. El trabajo es simplemente un coste en los intercambios económicos. En la Religión del Mercado no se trabaja para vivir, se vive para trabajar.

4. Cuarta: La naturaleza no es más que una reserva de recursos necesarios para el proceso de producción o una masa de tierra con la que especular. La naturaleza no es más que un conjunto de objetos inertes cuya unica utilidad es ser explotados por el individuo con el fin de alcanzar la máxima riqueza material posible.

5. Quinta: El patrimonio social, cultural y espiritual acumulado por la Humanidad durante miles de años de historia es sólo capital fungible que puede ser comprado o vendido, según los designios del Dios Mercado.

6. Sexta: El valor de los seres humanos, de los seres animales, de los seres vegetales y de los seres minerales, así como el de los objetos manufacturados es únicamente el que estipula el precio marcado por las Leyes del Mercado. Los seres y los objetos no tienen valor sino precio.

7. Séptima: El individualismo económico es la máxima filosofía social del Mercado. El individuo sólo puede alcanzar su máxima identidad en tanto que productor y consumidor de bienes. El individuo tiene el deber de producir y de consumir tanto como pueda.

8. Octava: La Redención, la Salvación (la liberación de la angustia existencial del individuo separado) se encuentra en el Crecimiento Económico Ilimitado (mayor producción, mayor consumo).

9. Novena. La producción, el consumo y la acumulación de riquezas materiales es el rito religioso central de la Religión del Mercado. En el futuro se producirán más y mejores bienes materiales, se podrá consumir más y acumular más beneficios. De esta manera, la Humanidad en su conjunto alcanzará el Paraiso en la Tierra.

10. Décima: Sólo vence el más fuerte. Para consumir hay que acumular. La competitividad es la regla de oro de la Religión del Mercado. Principios éticos tales como compasión, justicia, altruismo, solidaridad, generosidad, atención a los débiles deben ser considerados supersticiones del pasado.

La pérdida del individuo, des-integrado del cosmos

En la Religión del Mercado, el proceso natural de individuación (mayor autocociencia) que debería conducir a la supraconciencia o Conciencia Universal, se ha pervertido convertiéndose en un proceso de individualización radical, en el que el individuo humano se enfrenta y compite contra todo y contra todos: contra sí mismo, contra sus semejantes, contra otros grupos sociales o étnicos, y en definitiva contra la misma naturaleza que constituye el nicho ecológico imprescindible para su propia existencia.

Esta es la situación que da como resultado un conjunto de conflictos serios:

– En lo interno, en el individuo actual se da una escisión entre su realidad corporal (biológica) y la autoimagen mental que tiene de sí mismo.

– En lo social, los individuos compiten entre sí por la adquisición de bienes materiales.

– La civilización humana lleva a que las sociedades humanas luchen contra y se opongan a la naturaleza.

– En la biosfera, la especie humana lucha contra, se opone y destruye la trama misma que constituye la base de su existencia.

El hecho real es que actualmente el individuo humano se encuentra alienado de sí mismo, de su propia naturaleza y de la Naturaleza. El vacío existencial y la pérdida de sentido quedan expresados en el aumento dramático de las enfermedades mentales y emocionales de las sociedades llamadas avanzadas. El malestar de los individuos, el malestar de las sociedades y de las culturas y el grave deterioro del medio natural ponen de relieve que la Religión del Mercado ha fracasado como vía de salvación universal y que sus profecías han resultado falsas.

Sobre una Ecología espiritual o una Espiritualidad ecológica

Lo que estamos necesitando para superar este momento histórico de crisis es una revolución copernicana en el interior de las conciencias de los seres humanos. Necesitamos deconstruir la ideología liberal según la cual el individuo humano es el elemento más importante y central de todas las cuestiones relacionadas con la vida. Necesitamos salir de todas las ilusiones egocentristas, etnocentristas y antropocentristas. La Vida no gira alrededor de un eje central llamado individuo humano de la misma manera que el Sol no gira alrededor de la Tierra. El ser humano debe ser destronado de su narcisismo antropocéntrico que le hace creerse el sujeto único de la vida universal. La Tierra no pertenece al ser humano, el ser humano pertenece a la Tierra.

La acción depredadora de la Vida que los seres humanos estamos llevando a cabo desde la revolución industrial, jaleada por las prédicas de la Religión del Mercado y sus sacerdotes es la causante del deterioro individual, social y medioambiental que sufrimos.

Debemos ser claramente conscientes de que no hay redención posible siguiendo este camino. Por lo tanto, nos enfrentamos al imperativo histórico de una transformación radical.

La transformación necesaria

Transformación individual:

o Transformar la percepción fragmentada de sí mismo y de la naturaleza por otra más integradora y holística, basada en la mutua relación de interdependencia entre todos los seres. Yo no puedo ser sin el “nosotros”.

o Recuperar el carácter sagrado de la vida, incluyendo a todos los seres, ya que la vida es manifestación del Espíritu Invisible.

Transformación social.

o Promover una sociedad basada en la moderación en el consumo, que recupere y fomente los valores de comunidad y solidaridad, que promueva activamente la lucha contra la injusticia, la pobreza, la desigualdad, y que se integre armoniosamente en su ecosistema.

o Educar a nuestros hijos respetando sus ritmos y necesidades vitales, emocionales, corporales y espirituales, de manera que crezcan como ser humano conectado consigo mismo. De esa manera madurarán como hombres y mujeres libres, pacíficos, y con un claro sentido de responsabilidad y empatía hacia el resto de la red de la vida.

Transformación política, económica, espiritual: El compromiso

Esta transformación no puede darse sin compromiso y sin el ejercicio de la responsabilidad.

Responsabilidad individual, mediante el cultivo de una ética de moderación en el consumo, de respeto y armonía con el entorno. Cada hombre y mujer ha de asumir plenamente un consumo responsable y un estilo de vida basado en la simplicidad voluntaria.

Nuestra responsabilidad individual es la de despertarnos y tomar conciencia del mundo real. Somos co-responsables de lo que estamos experimentando ahora. El victimismo es una delegación de responsabilidad. La Religión del Mercado funciona sólo porque los individuos hemos sucumbido a su canto de sirena. Ahora debemos tomar conciencia del poder de nuestro deseo y aprender a usarlo sanamente para nuestro bien y para el bien colectivo. Necesitamos una nueva cultura del deseo.

La sabiduría popular nos enseña que: “No es más feliz quien más tiene (quien más consume) sino quien menos desea”. Esta es también la enseñanza central del Budismo Zen.

Si queremos detener y liberarnos de este engranaje infernal debemos asumir la responsabilidad individual de reducir conscientemente nuestros deseos: reduciendo nuestros deseos, la cantidad de poder adquisitivo que necesitaremos para satisfacerlos también se reduce. Al reducir la necesidad de poder adquisitivo, reducimos la necesidad de vender nuestro tiempo de vida (nuestro trabajo) a cambio de un salario, recolocando de esta forma la función del trabajo en nuestras vidas y redescubriendo una verdad de Perogrullo: no vivimos para trabajar sino que trabajamos para vivir.

Al reducir nuestro tiempo de trabajo, reduciremos inevitablemente la productividad. Al reducir la productividad (que no es otra cosa que la transformación de recursos naturales en productos manufacturados) reduciremos el uso de recursos naturales. Al reducir el uso de recursos naturales, reducimos la degradación ecológica.

De esta forma podremos ralentizar primero y estabilizar después el crecimiento económico hasta convertirlo en un crecimiento sostenible y solidario, con los demás seres humanos y con la naturaleza, e incluso en un decrecimiento que iguale a los que más tienen con los que menos tienen.

Individualmente tenemos que vacunarnos y liberarnos interiormente del virus destructor que los propagandistas de la Religión del Mercado nos han inoculado. Tenemos que reducir nuestros deseos y negarnos tanto a una productividad como a un consumo inmoral, insano e insensato.

Pero también, para liberarnos del virus que los propagandistas de la Religión del Mercado ya han inoculado en nuestras mentes, necesitamos reflexionar, despertarnos, identificar, desmontar y desestructurar la ideología y las creencias que vertebran a la Religión del Mercado y que actúan en nuestro interior, sin que muchas veces seamos conscientes de ello.

Responsabilidad de los dirigentes espirituales, políticos, sociales y económicos en asumir un protagonismo especial a la hora de reconocer la gravedad de la situación y de fomentar los necesarios cambios en las actitudes y comportamientos del conjunto de la sociedad.

Responsabilidad de los Estados y de las instituciones políticas.

Responsabilidad de las tradiciones espirituales y corrientes humanistas se impliquen de manera decidida, contribuyendo desde sus respectivas visiones a fomentar el sentido de pertenencia, respeto y armonía del ser humano con la Tierra.

Responsabilidad de las instituciones económicas.

Responsabilidad de los medios de comunicación para fomentar la información necesaria para generar sociedades conscientes de los problemas y responsables ante su solución.

Responsabilidad de la sociedad civil, que debe organizarse en movimientos cívicos a través de los cuales los ciudadanos asuman la defensa activa de los ecosistemas en los ámbitos locales, regionales y planetarios. Colectivamente tenemos que movilizarnos y actuar pacíficamente como ciudadanos constituidos en grupos de opinión y de presión.

Artículo elaborado para Tendencias21 por Dokushô Villalba, maestro budista zen, fundador de la Comunidad Budista Soto Zen en España y abad-fundador del monasterio zen Luz Serena, donde reside habitualmente. Escritor, conferenciante y traductor.

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