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Expertos analizan el naufragio de la universidad española

Expertos analizan el naufragio de la universidad española

En las últimas semanas se han presentado, casi simultáneamente, dos documentos que analizan las universidades españolas. Con mayor o menor fortuna, pero encomiable voluntad, sus autores intentan encontrar las causas del naufragio de este sistema. Las figuras que participan en ambos ejercicios han hecho un valiente ejercicio de análisis; pero es posible que ambos documentos acaben convertidos en un catálogo de propósitos, ni siquiera considerados. Por Víctor Maojo.

Expertos analizan el naufragio de la universidad española

En las últimas semanas se han presentado, casi simultáneamente, dos documentos que analizan las universidades españolas. Con mayor o menor fortuna, pero encomiable voluntad, sus autores intentan encontrar las causas de lo que uno de estos documentos titula La Universidad cercada. Testimonios de un naufragio (Argumentos) (Anagrama, 2013).

El otro, un informe de expertos, convocados por el Ministerio de Educación, se encuentra disponible aquí, mientras no piense alguien por allí que será mejor olvidarlo.

Lo primero que hay que decir es que las figuras de nuestra universidad que participan en ambos ejercicios han hecho un valiente ejercicio de análisis; pero me temo que ambos documentos acaben convertidos en un catálogo de propósitos, ni siquiera considerados –aunque cabe suponer que sí leídos–.

La primera causa es su inutilidad práctica, por ser su aplicación casi imposible, salvo sorpresa mayúscula. La segunda, también importante, es su falta de análisis sistemático y científico. En el mundo universitario no basta con proponer buenas ideas, sino que deben estar fundadas en un método adecuado.

Puntos a considerar

Intentaré exponer, en una serie de puntos, mi opinión:

1. Ambos documentos no presentan ninguna metodología científica en su realización. En el primer caso, es un libro publicado por una editorial que tiene que tener una (lógica e inevitable) intención económica, aunque también, por qué no, de contribución a la mejora del sistema.

El segundo es un informe, bajo petición expresa del propio Ministerio de Educación, lo que debería haber implicado un mayor cuidado en los aspectos formales y metodológicos, así como un apoyo más convincente y real del propio Ministerio.

2. El libro «La universidad cercada» presenta dieciocho testimonios de catedráticos de renombre, pero con tal evidente sesgo que se hace imposible no hacer una crítica obvia. Quince de ellos pertenecen a áreas de lo que siempre se ha llamado «Letras» –Derecho, Sociología, Historia, Literatura, Comunicación, Filosofía– y sólo tres a «Ciencias».

Sólo dos de todos ellos tienen menos de 60 años y no hay ningún doctor en biomedicina o tecnologías de la información y comunicaciones –decisivas en la investigación e industria presentes–. No existe ningún criterio unificador visible, aparte de la libertad de cada uno de los contribuyentes a dar su propia visión.

Los testimonios son, en muchas ocasiones, certeros y de gran enjundia; pero la falta de un esquema –la mera inclusión de cada testimonio, uno tras otro, lo convierte en un caos de ideas, con un mero orden alfabético de apellidos– hace que sean sólo eso, testimonios.

Su valor no pasa, no puede pasar del editorial y la apreciación de las grandes personalidades y subjetividades inherentes a ellas, así como la pesadumbre de los participantes. Son tantos los recuerdos y temas que, aunque exista un nexo que los une alrededor de ese naufragio denunciado, es difícil extraer más que una visión real, pero deprimente de la universidad española.

Un libro de gran interés y ameno, pero una oportunidad perdida para mirar al futuro, en vez del pasado. Dudo que a la editorial le interese en demasía su futuro impacto académico, que tendrá que escribir algún lector. Aún así, un esclarecedor documento, si se ve sólo con esa perspectiva testimonial que el propio libro anuncia en su título.

3. El documento de los expertos, titulado: “Propuestas para la reforma y mejora de la calidad y eficiencia del sistema universitario español”, requiere de una lectura atenta y desapasionada. El trabajo aborda diversas áreas, con cierto orden y sentido. Las propuestas, en general, son muy atinadas. También obvias, en muchos casos, para el que haya vivido cómo funcionan algunas universidades de primera fila, aunque no se suelan decir y menos con tal densidad por página.

Su problema es que los expertos pasan de tapadillo por algunas cuestiones de fondo y proponen recetas que son demasiado detalladas en otras meramente formales. Así, el informe llega a un resultado incompleto, más en estos tiempos de desesperanza, necesitados de ideas profundas y, a la vez, útiles.

También hay que pensar si los cambios fundamentales que se precisan pueden llegar a través del informe de una comisión. Tales cambios, como se ve en la historia de los países tomados como ejemplo en el propio informe, sólo se pueden hacer de abajo arriba a través de una sociedad poderosa y activa –como la americana– o de arriba abajo, si aparecen personas con poder y capacidad de liderazgo –un Napoleón o un Bismarck, pero con los antecedentes intelectuales que los precedieron– que provoquen cambios sustanciales en toda la sociedad. Como es imposible no percibir lo obvio de la situación real española, parece que deberán ser otros tiempos los que contemplen tal cambio radical. Mientras tanto, bueno será adoptar algunas de las medidas propuestas para paliar ese déficit.

Críticas al esfuerzo

¿Cuáles son mis principales críticas, dentro del reconocimiento a este esfuerzo? No pretendo ser exhaustivo, pero sí mencionar algunos aspectos llamativos:

• Como apuntaba antes, no se presenta ninguna metodología en el documento. Ni en la selección de los participantes, ni en la preparación de la bibliografía, ni en el proceso de consenso, ni en la publicación. Tal falta parece inconcebible en un documento de este tipo, y sólo caben dos conclusiones: a) están en otro documento, aparte, pero no mencionado con claridad; b) pensaron los participantes que su nombramiento o mera presencia hacía innecesaria tal metodología. No es así, y se hace palpable.

• No se menciona la palabra «sindicatos» en todo el documento. Cualquiera que trabaje en la universidad comprenderá que olvidar tal presencia, ubicua, es inconcebible.

• Los alumnos son mencionados con tal cuidado y discreción que parecerían todos miembros de la Familia Real –al menos hasta hace un año. Jugando con las palabras, es tan irreal la consideración que se hace, centrada en los buenos alumnos y comentando de pasada sólo los malos, que tal carga de buenismo –perdón de nuevo al DRAE– se convierte, más que en un posible mérito para el día del Juicio Final, en una segura condena.

• De la misma forma, se pasa de soslayo sobre el tema de los PAS (Personal de Administración y Servicios), como si fuese accesorio. Las mejores universidades tienen, también, el mejor y más eficiente personal de apoyo. Sin ellos, la carga burocrática que reciben, a plomo, los profesores, es insoportable. Además, éstos se han convertido, gracias a Bolonia, en una especie de híbrido entre profesores y secretarias, encargados de rellenar cientos de informes y cartas inútiles, si no absurdos. El análisis de las funciones y organización de los PAS requeriría su propio espacio, no unos pocos párrafos desperdigados.

• Un 50% de los profesores universitarios españoles –como ha descubierto el Ministerio hace meses, en labor merecedora de algún premio internacional–, no hace investigación. Este dato parece decirlo todo, pero es, además, incompleto. Un número pequeño de ellos, pero de gran peso específico y tiempo, no deja de investigar cómo poner piedrecitas y minas en el camino de los investigadores. El problema es que suelen hacerlo desde puestos donde les es perfectamente posible trastornar el trabajo de los demás.

• Cuando la Comisión usa la expresión «de reconocido prestigio» para justificar la inclusión de profesores en las comisiones universitarias de plazas o para contratar libremente a otros, su fe es digna del mejor elogio. ¿Quién valora ese «reconocido prestigio»? Los ejemplos de personas de reconocido prestigio –como Luis Roldán, por sólo citar un ejemplo– que hemos padecido son innumerables.

• Algunas de las propuestas que se hacen ya han fracasado. Por ejemplo, la antigua habilitación era un proceso válido, pero insuficiente. La realidad es que las universidades no sacaban las plazas porque no tenían candidatos o no querían sacarlas para que no optasen otros. En ocasiones, las universidades convocaban plazas… ¡en contra del profesor que estaba dentro! Modificando esa cuestión, de alguna forma –que habría que analizar en profundidad, ya que entra de lleno en ese problema endogámico referido–, el proceso podría ser mucho más idóneo.

• Hay multitud de detalles (por ejemplo, tantos por ciento de nuevas plazas, años que han pasado desde el último sexenio para estar en las Comisiones, constitución de claustros) que son absolutamente inútiles. Nadie va a considerarlos y sólo aumentan el tamaño del documento, en vez de centrarlo sólo en los aspectos fundamentales.

• No hay un resumen concentrado para que el público y, sobre todo, los políticos, puedan leerlo. Si Watson y Crick fueron capaces de describir el ADN en apenas una página, no es posible pensar que una sentencia judicial tenga que tener, obligatoriamente, 50,000 folios o un informe así no se pueda resumir en cinco o diez. Me temo que algún director general –o el ministro– habrá leído sólo el resumen que le habrá hecho, a saber cómo, su gabinete. Resumir el documento, tal como está, es tarea complicada –pero posible–, ya que se incluye un número excesivo de detalles inútiles desde un punto de vista práctico, como se mencionaba antes.

• Se critica la endogamia, como un mal propio de la universidad, cuando ocurre en todas las áreas de la sociedad. Por otra parte, tiene soluciones posibles, pero no gratis, como suele pasar últimamente con todos los planes. Se proponen varias acciones en el informe, simples, pero no se estudia el fondo del problema.

• Como cabía esperar, no hay una crítica de todos los políticos que han pastado en las praderas ministeriales, de los cambios de estrategias e inconsistencias entre gobiernos central y autonómicos, de cómo los planes y las personas de tres niveles en la administración son cambiados cada cuatro años –o menos, convirtiendo el sistema en una montaña, o más bien ruleta rusa–, de la burocracia sin fin, etc. Se toca el tema de forma tan delicada y con tal suavidad que el informe podría estar patrocinado por uno de esos detergentes para lavar a mano, como el del corderito. ¿Cómo es posible que un informe encargado por un ministerio no comunique críticas al propio ministerio si son tan obvias?

• La comparación que se hace con el modelo de las universidades americanas es tan superficial que sólo puede causar extrañeza. Ésta se convierte en estupor cuando la Comisión menciona un punto, mal citado y peor comentado, que supone un descrédito para el conjunto de los investigadores nacionales; pero es, en realidad, un indicador de los olvidos de todos los miembros de la Comisión en el tema. Aquí viene la cita:

España no ha tenido un sólo premio Nobel científico desde hace más de un siglo: el único lo obtuvo Santiago Ramón y Cajal en 1906. En el polo opuesto se puede situar al Trinity College, con 32 premios Nobel, pese a ser sólo un College entre la treintena que tiene la Univ. de Cambridge (la universidad con más premios Nobel del mundo). Lo mismo sucede si examinamos el número de patentes: el sistema universitario público español tuvo 401 en 2010. Como comparación, un solo profesor del MIT, Robert Langer, tiene 811 patentes a su nombre, que han sido usadas por 250 empresas y han dado lugar a 25 nuevas empresas.”

El tema de los Premios Nobel es una obviedad, y necesariamente compartida -como no puede ser de otro modo-; pero la crítica posterior sobre las patentes, que sólo puede hacerse al sistema en su conjunto, apunta directamente, a los profesores e investigadores españoles. Se cita un nombre concreto, americano, que acaba poniendo a todos los investigadores nacionales en supuesta evidencia –incluidos ellos mismos, si no tienen un buen número de patentes en explotación y empresas alrededor pero han aceptado decirles a los demás estas cosas–.

En concreto, se cita a Robert Langer, profesor que tiene más patentes, en su trayectoria, que todos los españoles en un año. Esto es una falacia argumental, impropia de los autores. Langer no tiene esas patentes él sólo, sino con miembros de su laboratorio, que son unas cien personas. O con investigadores de esas empresas que le financian o pagan por su conocimiento. Su laboratorio tendrá, con toda seguridad, más presupuesto que cualquier laboratorio nacional nuestro de ese área –si no de todas las áreas.

Langer tendrá, además, a su alrededor, un equipo que ha elegido él, con un buen número de expertos en patentes, abogados –que cobrarán una millonada– que las redacten, inscriban y defiendan, o empresas innovadoras alrededor interesadas en explotarlas desde el primer día. Todo ello algo que no existe, en ese nivel profesional y entorno, en ninguna universidad nacional. Y, al lograr esas patentes, podrá cobrar por ellas, sabiendo claramente lo que le toca, y sin tener que rellenar papeles sin fin ni pedir perdón a su universidad o a Hacienda, no sea que le emplumen ¡No es Langer, es el sistema!

El MIT es, además de una universidad, un modo exitoso de trabajo. Ha funcionado durante más de un siglo, compitiendo con el resto de universidades. El MIT no se hizo por decreto, sino que triunfó sobre otros centros. Langer, en España acabaría desesperado en el 98% –si no el 100%– de las universidades.

Además, en Europa, por ejemplo, el software no se puede patentar, tema en el que número de patentes españolas se dispararía. ¿De qué vale ese dato si no se explican las causas? Una gracia innecesaria, que deja en mal lugar a todos: a los profesores y, entre ellos, a los que firman el documento.

• La comparación que se hace con universidades del tipo de Harvard, MIT o Stanford, es irreal y sin sentido. No se pueden comparar nuestras universidades, que están, en su conjunto, por debajo de ese Top 200, con las del Top 5, y menos poner a éstas como ejemplo a seguir. No es posible, por mil razones. Los modelos deberían ser las situadas alrededor del puesto 50 en el ranking, porque estos referentes sí son útiles para mejorar muchos aspectos de las nuestras. Compararse con las otras es absurdo, completamente inútil y sólo llevaría al fracaso absoluto. Para que un equipo de fútbol llegue a Primera División debe fijarse en el Levante, Coruña o Mallorca, no en el Real Madrid o Barcelona.

• Se propone que pueda haber rectores extranjeros de prestigio, lo que es otra muestra más de wishful thinking. Una gran idea…¡si alguien de mérito real quiere venir! Un colega médico me contaba una anécdota de su hospital, de una pequeña ciudad española, que viene perfecta al caso. Llegó un gerente nuevo, joven, nombrado a dedo por el consejero autonómico, sin mucha idea del funcionamiento de un hospital.

Tras una semana poniéndose al día en las cuestiones del hospital, reunió a los jefes de servicio y les comunicó que había una nueva política en el hospital –cada iluminado lo hace, por otra parte–. A partir de ese momento, el hospital sólo contrataría a especialistas comparables a los de la Clínica Mayo o el MGH de Boston. Las convocatorias se publicarían en el New England o JAMA. Él llegó gracias al dedo, pero quería que su hospital fuese el mejor. Un jefe de servicio con retranca, a punto de la jubilación, le contestó en la reunión: «Además de no tener ni idea, no te enteras.

¿Quién va a venir aquí desde la Clínica Mayo, a este pueblo, a cobrar menos de 3000 euros al mes? ¿Quién va a venir, en estas circunstancias, a pelearse con sindicatos, alumnos, profesores, PAS, proveedores, deudores, políticos, etc, por un sueldo de miseria, comparado con el de su país? –si viene de Estados Unidos y no, como es más probable, de Lituania. Pues nadie en su sano juicio que tenga méritos objetivos para ello, salvo que tenga novio o novia en España, huya de su propio entorno o tenga un problema alérgico en su país natal y el cambio de clima le sea favorable.

Ideas magníficas pero posiblemente inútiles

En resumen, el documento está repleto de ideas magníficas, pero me temo que será totalmente inútil. Ya parece estar, un mes más tarde, casi olvidado. Será útil, sin duda, cuando de una vez por todas alguien quiera cambiar las raíces del problema –que será cambiando el país entero. Cuando llegue esa persona, ni mirará el documento, porque sabrá lo que hay que hacer.

And last, but not least, siguiendo con la inspiración pseudoamericana del documento, si el Ministerio pidió a los participantes –como explica en su página Web uno de los expertos– que hiciesen todo este trabajogratis et amore, este dato, crucial, indicaba ya a priori el interés real del propio Ministerio en hacer caso a sus conclusiones. Los jerifaltes del Ministerio no habrían tenido la osadía de pedirle esto mismo, sin coste, a una empresa consultora o a expertos del extranjero, pero sí lo tuvieron con un grupo de catedráticos nacionales.

¿Es que su tiempo no vale nada? También hay que admirar la candidez, si es así, como parece, de participantes bien experimentados. Lo que no se paga no lo valora nadie en estas tierras, con rarísimas excepciones. Su esfuerzo sólo es comprensible por el generoso afán de todos ellos de intentar cambiar lo casi imposible: la misma historia de las universidades (y de España misma). Una buena piedra para construir un nuevo edificio, pese a todo…

Este artículo fue publicado originalmente en el blog Ciencia y Sátiras de Tendencias21.

RedacciónT21

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