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Persiste el conflicto entre darwinismo y religión

Hay mucha gente que todavía se pregunta si un cristiano puede defender que el universo, la vida e incluso los seres humanos, no hemos aparecido en la Tierra de manera sobrenatural, sino que somos el producto de un largo proceso natural de cambio biológico irreversible. Proceso que se ha prolongando durante miles de millones de años, lenta, gradual e irreversiblemente (aunque en algunas ocasiones una gran conmoción planetaria provocó extinciones en masa de carácter catastrófico). Este proceso implica que los humanos emparentamos biológica y evolutivamente con los primates (los mamíferos más similares a nosotros). Y todo este proceso no está reñido con la fe cristiana y la Teología. Un nuevo libro intenta responder al creyente de cultura media a esta pregunta. No se trata de ofrecer la única respuesta, sino una respuesta a pregunta tan compleja. Por Rafael San Román.

Persiste el conflicto entre darwinismo y religión

La editorial PPC es una institución católica que intenta llegar a los cristianos ofreciéndoles materiales y libros para su maduración intelectual. En la colección Cruce, una colección que ha publicado ya más de 20 volúmenes de precio accesible y sin exceso de aparato técnico, acaba de salir a las librerías un libro que puede ser de ayuda: ¿Puede un cristiano ser evolucionista? El conflicto hoy entre darwinismo y religión. Su autor es el Dr. Leandro Sequeiros, un catedrático de paleontología dedicado también a la tarea del diálogo entre la fe, las ciencias, las culturas y las religiones dentro de la Facultad de Teología de Granada y del Instituto Metanexus para el diálogo entre la ciencia y la religión. En este artículo de Tendencias voy a intentar responder la pregunta que propone Sequeiros como título de su libro: pero para hacerlo voy a utilizar los ricos materiales que pone a nuestra disposición a lo largo de sus diferentes capítulos.

El año de Darwin

Doscientos años después del nacimiento de Charles Darwin en 1809 y 150 años después de la publicación de El Origen de las Especies por la Selección Natural y la Supervivencia de los más aptos, las relaciones entre evolucionismo y religión siguen siendo conflictivas. ¿Puede un cristiano aceptar las tesis básicas de una visión evolutiva del mundo, tal como las plantean los científicos? ¿No son un reto a la fe? ¿Es compatible con la fe de la Iglesia aceptar que la realidad natural ha ido evolucionando a lo largo de miles de millones de años, de acuerdo con sus propias leyes naturales, y que ha dado lugar a la aparición de la vida y de la humanidad? ¿No queda Dios arrinconado o tirado a la papelera?

Estas páginas pretenden ser sólo un ensayo. No tienen la intención de ser un trabajo para especialistas, para científicos o para teólogos sino que van destinadas al público en general, a los cristianos que desean fundamentar un poco mejor su fe.

No siempre ha sido fácil llegar a un diálogo y a un encuentro entre las posturas de los biólogos evolucionistas, los filósofos y los teólogos. Como dice el autor de este libro, “He tocado con mis manos la evolución de las especies”. Durante 20 años de su vida (1969-1989), tal vez los más activos intelectualmente, se ha dedicado a la enseñanza y a la investigación en el campo de la paleontología.

Los geólogos y los paleontólogos son capaces de “leer” las rocas y “descifrar” el mensaje que ellas mismas mantienen secreto desde hace millones de años. Las rocas nos hablan de su origen, de su atormentada vida desde que se formaron hasta la actualidad. Los estratos, como decía el mismo Darwin, son las páginas de un gran libro en el que está escrita la historia pretérita del planeta, pese a que tiene erratas y lagunas, y en ellos se esconden los fósiles, restos de la vida del pasado, esperando al científico que venga a estudiarlos.

Se dirá que los fósiles no son una prueba definitiva del hecho de la evolución biológica. Y es verdad. El mismo Darwin insistió en El Origen de las Especies (publicado en 1859) de que no hay “pruebas” del hecho de la evolución. Pero desde la moderna filosofía de la ciencia, la Teoría de la evolución (que diría el filósofo vienés nacionalizado británico Karl Raymond Popper), o el paradigma de la Evolución (usando la terminología del filósofo e historiador de las ciencias, Thomas Samuel Kuhn), tiene mucho mayor poder explicativo que la teoría o el paradigma fijista o creacionista. Como escribió el padre de la Teoría Sintética de la Evolución, el biólogo soviético-norteamericano, cristiano de la iglesia ortodoxa, Theodosius Dobzhanski (1900-1975), “hoy en la Biología nada tiene sentido si no es a la luz de la evolución”.

La evolución, más que una teoría que hay que “verificar” (que dirían los neopositivistas) es un paradigma, una matriz disciplinar, un conjunto de axiomas, principios, teorías y métodos que tiene mucho más poder explicativo para muchos datos de observación que los viejos paradigmas fijistas, catastrofistas y creacionistas.

Dentro de este paradigma hay que diferenciar siempre el “hecho” de la evolución de las especies y los “mecanismos” que la producen. En este segundo aspecto están las diferentes teorías evolutivas.

El autor de este libro, como paleontólogo, se considera un testigo de excepción que ha asistido a la proyección en múltiples imágenes viajeras desde el pasado del grandioso espectáculo del despliegue evolutivo natural del universo, de la vida sobre la Tierra y de la humanidad. Me considero privilegiado: de alguna manera, soy consciente de haber tocado con mis manos el hecho y el proceso de la evolución biológica.

El conflicto entre la evolución biológica y la creación divina

Hoy, los teólogos, como el australiano Denis Edwards, han puesto palabras a la compleja problemática de evolución y creación. La formulación Dios crea EN la evolución, parece una frase con más hondura teológica de lo que aparenta. Dios no actúa interrumpiendo e interfiriendo el proceso natural de las cosas, sino que es el mismo fundamento de todo lo que autónomamente sucede.

Estas páginas pretenden profundizar, con un talante optimista y conciliador, en las vías de entendimiento entre científicos y teólogos sobre el encuentro entre los conceptos de evolución y creación. ¿Es posible encontrar unas formulaciones comunes que permitan a un cristiano aceptar el hecho científico de la evolución del universo, de la vida y del ser humano y hacerlo compatible con la creencia cristiana en la creación? ¿Es posible aceptar que los humanos hemos aparecido en este planeta a lo largo de un prolongado y azaroso proceso de evolución biológica, y aceptar como cristianos que somos criaturas de Dios a su imagen y semejanza?

Para mucha gente creyente en nuestro mundo, la idea cristiana de “creación” es incompatible con la idea de los científicos de la “evolución”. Y eso no solo en España hoy, sino en el resto del mundo desde hace muchos años. Precisamente, para que vean que el debate va más allá del marco estrecho de España, y que tiene actualidad, uno de los grandes filósofos de la biología y que además se profesa ateo, el Dr. Michael Ruse (Universidad de Florida) publicó en 2005 un trabajo que podemos traducir al castellano como: Darwinismo y cristianismo: ¿deben mantenerse en guerra o es posible la paz?

Ruse repasa los argumentos de algunos de los científicos que más defienden que no hay posibilidad de diálogo entre el evolucionismo darwinista y la religión, como Edward O. Wilson (el padre de la Sociobiología) o Richard Dawkins (el autor de El Relojero Ciego, entre otros trabajos). Sin embargo, Ruse (pese a reconocer su ateísmo) pone en duda el que tengan que ser incompatibles. Estas ideas las ha desarrollado mucho más ampliamente en un libro recién editado en castellano en 2007, titulado ¿Puede un darwinista ser cristiano?

La convicción de que el evolucionismo clásico y el darwinismo es incompatible con la religión y con el cristianismo es patente si recorremos los debates en España sobre Evolución y Creación. Esta lucha abierta hay que entenderla dentro del contexto histórico en el que desarrolla el debate. Este contexto propició el que los argumentos se tiñesen de pasión en un momento muy tenso de la historia de España.

¿Por qué las ideas de Darwin eran peligrosas?

Por lo general, se suele asociar el evolucionismo con la figura de Charles Darwin (1809-1882) el genial naturalista. Pero eso no es así. Darwin no utilizó la palabra “evolución” hasta la sexta edición de Sobre el Origen de las Especies por la Selección Natural. La aportación de Darwin a la Ciencia es haber propuesto un mecanismo explicativo del hecho evolutivo: la Selección Natural.

Sin embargo, el darwinismo (y en general, el evolucionismo) fue esgrimido como banderín de enganche de los librepensadores, los ateos, los masones, los anarquistas y, en general, las fuerzas que en el XIX se oponían a una iglesia católica, beligerante y monolítica, y a unos católicos impregnados del tradicionalismo más radical. Los argumentos esgrimidos por los contrarios a la evolución eran muy diversos: la evolución se oponía a la Biblia, negaba la providencia de Dios, situaba a los humanos al nivel de los monos y de los animales; el evolucionismo era materialista. ateo y enemigo de la religión; pervertía las costumbres y reducía todo a una relativismo moral.

Las ideas de Darwin contenían implicaciones religiosas que algunos no estaban dispuestos a tolerar. Pero todavía restan, no sólo por parte de los creyentes como por parte de los científicos, atisbos de intolerancia.

Se ha estudiado la evolución de las creencias en Darwin, como de creyente devoto llegó a ser un agnóstico. Pero eso no significa que necesariamente, la aceptación de las ideas evolucionistas y darwinistas conduzca al agnosticismo. Intenta mostrar este libro que son perfectamente compatibles y que, incluso, muchos científicos evolucionistas son creyentes en Dios y en alguna religión.

La expansión y evolución de las ideas darwinistas

A partir de Darwin se inicia la nueva Biología. Thomas Henry Huxley (en Inglaterra), Ernst Haëckel y Fritz Muller (en Alemania) fueron más radicalmente darwinistas que el mismo Darwin. En este sentido, se puede decir que Darwin no era darwinista. El más destacado de ellos fue Ernst Haëckel (1834-1919). Son de él la teoría de gastrea (todos los metazoos descienden de un antecesor hipotético semejante al estado de gástrula del embrión). Y junto con Fritz Muller propone la ley biogenética fundamental (la ontogenia es una recapitulación de la filogenia). Entre otros términos acuñó los de filogenia (en 1866) y el de ecología (aunque en un sentido diferente al moderno). Desde los tiempos de Haëckel, la sistemática animal y vegetal ya no es pura taxonomía (descripción de formas estáticas) sino filogenético (descripción dinámica de los linajes evolutivos).

Las Teorías alternativas al darwinismo

En los primeros años del siglo XX no tardan en cobrar fuerza algunas teorías alternativas al darwinismo que pretenden explicar mejor los cambios en las especies. Así, reaparecen concepciones biológicas de tipo lamarckista y neolamarckista. Éstos defienden que los caracteres adquiridos por uso y desuso de los órganos pasan a los descendientes. Se heredan.

Para ellos hay un “transformismo” en las especies debido a las modificaciones, producidas por los cambio en el medio, de forma natural o artificial y son las que dan lugar a variaciones correlativas en el patrimonio hereditario).

Desde finales del siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX (y posiblemente en el siglo XXI) algunos naturalistas adoptaron la idea de la evolución, pero no el mecanismo de “variación aleatoria” y la “selección natural”. Como escribió el novelista Samuel Butler, amigo al principio de Darwin y luego sarcástico oponente, “el darwinismo desterraba la Mente del universo”, destruía el diseño inteligente y negaba la posibilidad de transmitir a las generaciones futuras el acervo de los logros culturales y científicos (que no se explican por selección natural).

¿Está superado el evolucionismo?

Algunos científicos de la primera mitad del siglo XX creían que había que enterrar a Darwin y a sus teorías. Se consideraba anticientífico y contrario a las teorías biológicas de moda basadas en la genética y las mutaciones. Pero Darwin había abierto una brecha que nunca se cerró del todo.

Bastaban algunos datos nuevos para reconstruir el paradigma bajo aspectos diferentes. Bien es verdad, que hubo seguidores de Darwin que permanecieron fieles a la herencia del maestro, aunque intentaron incorporar algunas de las innovaciones científicas de la época.

Por los años 30 se introduce la genética de poblaciones en el pensamiento científico y aparece la llamada «Nueva Síntesis» o «Teoría Sintética de la Evolución». Se suele considerar a Theodosius Dobzhanski (1900 1975) como el «padre» de la nueva síntesis, al publicar en 1937 Genetic and the Origin of the Species . A estas ideas se unen el zoologo Julian Huxley, el ornitólogo Erns Mayr, los botánicos Stebbins y Grant, el geneticista Ford y el paleontólogo Georges Gaylord Simpson (1902 1985), entre otros.

Tras la publicación de la obra de Darwin, los debates y las polémicas ocupan todo el final del siglo XIX. Pero con el cambio de siglo llegó la crisis. La «crisis» del darwinismo se produce por el avance de la genética y sobre todo con la teoría cromosómica de la herencia de los caracteres adquiridos. Los biólogos se preguntaban: ¿cómo compaginar la existencia de la Selección Natural (que es un proceso gradual) con las Mutaciones (que son discontinuas)?

Los esfuerzos individuales de cada uno de estos, confluyó en el famoso Congreso de Princeton (celebrado en esta Universidad norteamericana en enero de 1947). Este Congreso culminó con un acuerdo general entre las diferentes disciplinas biológicas y paleontológicas convertidas al «pensamiento poblacional»: la genética de poblaciones.

¿Nuevo paradigma científico de la evolución biológica?

Desde el ámbito filosófico, se describe la evolución de muchas maneras: como un paradigma totalizador, un programa de investigación, un imaginario social, un sistema cultural. Dentro del campo de la moderna paleontología de la paleobiología, tal como hizo Stephen Jay Gould, surgen posturas científicas mucho más humanistas. No solo dedican su tiempo a investigar sobre los procesos naturales, sino que su mayor interés se apoya en las implicaciones sociales de la ciencia, lo que se ha dado en llamar la tríada CTS (Ciencia-Tecnología-Sociedad). Las recientes investigaciones en ciencias de la Tierra hacen que en la actualidad tenga un carácter emergente un nuevo paradigma, al que denominan con el inapropiado (y provisional) nombre de neocatastrofista. En otros artículos de Tendencias21 de las Religiones, se ha tratado el desarrollo actual de las teorías evolutivas y a ellos nos remitimos.

Las marejadas creacionistas

En este punto es necesario hacer una matización importante. En la bibliografía sobre las relaciones entre evolución biológica y religiones, se suele contraponer la evolución al creacionismo. Sin embargo no consideramos correcta esta contraposición, puesto que se intenta contraponer un paradigma religioso (el creacionismo) con un paradigma científico (el evolucionismo). Sin embargo, es necesario dejar muy claro que históricamente la contraposición científica fue entre fijismo (Linneo, Cuvier.. ) y evolucionismo (Lamarck, Darwin).

En estos últimos años parece haber renacido no solo en Estados Unidos sino también en el resto del mundo, el denominado movimiento del “creacionismo científico”. De un modo general, podemos entender como “creacionismo científico” el conjunto de propuestas –defendidas con la pretensión de ser consideradas como científicas- de que la formulación literal de la narración bíblica sobre el origen del mundo, de la vida y de la humanidad es una verdad científica que debe primar siempre por encima de las afirmaciones de las ciencias. Dios y la Biblia, leída al pie de la letra, tienen más credibilidad que los científicos.

Frente a los “evolucionistas”, a los que consideran faltos de base científica y teñidos de ideología perniciosa, los “creacionistas científicos” (sobre todo en los Estados Unidos) han pasado a lo largo de casi un siglo por posturas muy diferentes: desde la oposición frontal al evolucionismo, a pedir que el creacionismo científico sea considerado de igual rango en los currículos educativos. Aunque han ido perdiendo sucesivamente diversos procesos judiciales, siguen en la brecha.

La última versión del creacionismo científico se ha disfrazado como teoría del llamado Diseño Inteligente, que postula que los datos científicos demuestran la existencia de un “organizador inteligente” que ha guiado los procesos de la naturaleza.

Para mucha gente creyente en nuestro mundo (incluida Europa y España), la idea cristiana de “creación” parece incompatible con la idea que defienden los científicos sobre los procesos de cambio natural irreversible en la naturaleza a los que se incluye bajo el amplio y ambiguo concepto de “evolución”.

El nuevo creacionismo científico: el Diseño Inteligente (ID)

Desde los años 1940 se despliega la estrategia de los “creacionistas científicos”. Pero ya cercanos al final de siglo XX aparece una alternativa (que se presenta como contraria al creacionismo científico pero que no es otra cosa que una versión disfrazada de creacionismo): es el Diseño Inteligente (ID, en inglés).

El Diseño Inteligente se suele considerar como una nueva forma del creacionismo. De alguna manera, su antecesor es William Paley, que en su libro Natural Theology: or Evidences of the Existence and Attributes of the Deity, collected from the Appeareance of Nature. Londres, 1803), usó el argumento del “diseño” (estudiado por Darwin).

Darwin alude a ella y cree poder explicarlo por selección natural. Las estructuras y los órganos están perfectamente coordinados. Todo órgano tiene su función diseñada de antemano. Se dedican a minar la ciencia de la evolución y a meter teorías religiosas en las clases de ciencias de secundaria, e incluso han logrado colarse en algunas universidades. El Diseño Inteligente se suele considerar hoy como el nuevo disfraz del creacionismo.

El principal ideólogo de este movimiento, Philip E. Johnson, nacido en 1940, es profesor de derecho de Berkeley. Conocedor del derecho y de la Constitución, Johnson entiende que la estrategia legal de las dos décadas pasadas de los «creacionistas científicos» (que presentan la creación bíblica como verdad textual) tiene pocas probabilidades de cambiar las leyes federales, y está modernizando el discurso creacionista.

Junto a Johnson trabaja un grupo de filósofos y científicos que, en torno a la Fundación Discovery, impulsan esta ideología. Las figuras más representativas son el filósofo de la ciencia Stephen Meyr, el bioquímico Michael Behe, el matemático experto en cálculo de probabilidades William Dembsky. A ellos se añaden David de Wolf, Percial Davis, Dean Kenyon, Jonathan Wells, Walter Braley, Charles Thaxton, Roger Olsen, entre otros.

Se puede ser cristiano y creer en la evolución

Para mucha gente creyente en nuestro mundo, la idea cristiana de “creación” es incompatible con la idea de los científicos de la “evolución”. Hay un conflicto sin solución posible. Y eso no solo en España hoy, sino en el resto del mundo desde hace muchos años.

Si se analizan un poco a fondo las informaciones publicadas en España se descubre que suelen contener un mensaje oculto que no se explicita del todo: la ciencia y la religión siguen enfrentadas y son incompatibles. Entre ellas hay un conflicto irresoluble. Por ello, un científico, un evolucionista, no puede aceptar los planteamientos del cristianismo y viceversa.

Pero ¿son realmente incompatibles la aceptación de la fe cristiana y una explicación evolucionista del mundo? ¿Le está prohibido a un cristiano aceptar la evolución biológica? En el fondo de estas preguntas lo que se esconde es una determinada manera de entender lo que es la fe cristiana en la creación y lo que es la comprensión del proceso evolutivo. En este trabajo presentamos algunas pautas para en encuentro entre evolucionismo y fe cristiana.

La evolución del pensamiento del Magisterio de la Iglesia sobre la teología de la Creación (y específicamente sobre la Creación humana) ha sido azarosa. Varios son los problemas teológicos que la ciencia provoca a la teología tradicional: la doctrina “oficial” sobre la creación (como fenómeno milagroso puntual de aparición del todo desde la nada), la providencia de Dios, el origen especial del ser humano, la pareja humana, la interpretación de los textos bíblicos, la cuestión del origen del alma (en una antropología dualista), el poligenismo (varias parejas iniciales), el dogma del pecado original (ver las formulaciones del Nuevo Catecismo que contienen las formulaciones clásicas). Aquí se plantea el valor normativo del Catecismo. Pero eso es otra cuestión. ¿Puede “salvarse” la formulación del Catecismo y extraer de ella el verdadero contenido, lo que quiere decir? Precisamente ahí está el “talante” para buscar lenguajes comprensibles.

El 22 de octubre de 1996 el Papa Juan Pablo II dirigió a la Academia Pontificia de Ciencias un mensaje de gran importancia histórica. En este mensaje se afirma que “la evolución es más que una mera hipótesis” y que las conclusiones a que han llegado las ciencias profanas a propósito de la evolución, incluido el papel desempeñado en ella en el origen del cuerpo humano, están sólidamente fundadas.

Este mensaje confortador para el debate ciencia religión a propósito de la evolución y la creación concluye un período de más de cien años de investigaciones científicas y teológicas.

Desde el Concilio Vaticano II

El Vaticano II no tomó posición directa y expresa frente a las implicaciones teológicas del evolucionismo. Pero sí se refleja en el Concilio una visión dinámica de la realidad (Constitución Gaudium et Spes, número 5) y una convergencia, orientación y plenitud “hacia y en” Jesucristo (Gaudium et Spes, 22, 45; Ad Gentes, 3). Con las palabras de algunos teólogos, “el Vaticano II mantiene una visión muy optimista de la creación y pide una responsabilidad al hombre en orden a no destruir lo creado”.

De igual modo, el Vaticano II abrió la ventana a aires nuevos en la interpretación de la Sagrada Escritura. La Constitución Conciliar Dei Verbum (DV, aprobada el 18 de noviembre de 1965), al tratar de la exégesis bíblica, manifiesta que hay que tener en cuenta los “géneros literarios” (DV, 12), y “el intérprete indagará lo que el autor sagrado dice e intenta decir, según su tiempo y su cultura”. Este método es enormemente fecundo para despegarse del literalismo bíblico dominante durante tantos siglos. Se abre un camino franco para poder entender la Escritura desde otras categorías culturales y científicas.

Pablo VI, el 11 de julio de 1966, volvió a tocar el tema del evolucionismo. Por iniciativa suya se reunió un Simposio Internacional de expertos en teología para tocar el espinoso asunto del pecado original e intentar acomodarlo a la nueva visión del mundo. Estas son las palabras del papa: “Tampoco os parecerá aceptable la teoría del evolucionismo, mientras no está de acuerdo decididamente con la creación inmediata de todas y cada una de las almas humanas por Dios”

El Papa Juan Pablo II ha intervenido también en diversas ocasiones recordando la verdad de Dios Creador, del hombre como Imagen y Semejanza de Dios en Cristo y de la naturaleza como el hogar en el que el Creador ha colocado a la persona humana. Aboga por una “ecología moral”, de respeto al hombre y a la naturaleza. El discurso de Juan Pablo II a la Academia de Ciencias ya citado (1996), es un espaldarazo importante.

Las relaciones entre evolución y creación en estos últimos años

Los tiempos han cambiado. Hoy los científicos son más comprensivos y dialogantes y los teólogos han modificado muchas de sus posturas. Prueba de ello es la opinión que Juan Pablo II expresa sobre la evolución en su discurso a la Academia Pontificia de Ciencias en 1996, la carta al Padre Coyne en 1987 con ocasión del centenario de la publicación de los Principia de Newton (que aparecieron en 1687).

Será sobre todo en los EEUU donde los conflictos entre “evolucionistas” y “fijistas” toman un sesgo religioso convirtiéndose en un conflicto con las posturas que defienden el creacionismo como modo científico y cierto (pues lo deducen de la lectura fundamentalista de la Biblia) de comprender los procesos naturales. Así, a finales del siglo XIX algunos prestigiosos científicos americanos eran resistentes a la aceptación generalizada del hecho evolutivo.

Así, el geólogo James D. Dana (1813-1895) (al que debemos importantes aportaciones en las teorías de la isostasia de los bloques continentales), a pesar de ser defensor de un cierto evolucionismo, era partidario de una “creación” particular para el Hombre y de la equiparación entre los “días” de la creación y las “eras” geológicas.

Las ciencias de la naturaleza interpelan a la Teología

Incorporamos aquí algunas pautas procedentes de una voz autorizada: el Dr. Francisco J. Ayala, uno de los científicos españoles con mayor prestigio internacional. Actualmente es profesor del Departamento de Ecología y Biología Evolutiva de la Universidad de Irvine, USA. También es miembro de la Academia Nacional de las Ciencias de Norteamérica.

Entre los méritos y las distinciones que le han sido otorgados al Profesor Ayala destacan el hecho de haber recibido la Medalla Nacional de las Ciencias de Estados Unidos. Gracias a su gran prestigio profesional fue elegido como uno de los miembros del comité de asesores del expresidente Bill Clinton.

Ayala también fue Presidente de la American Association for the Advancement of Science (AAAS). Es autor de varios libros, entre los que destacan: Origen y evolución del hombre (Alianza Editorial, 1980. En 2007 ha publicado un libro del que se han hecho eco los interesados en el debate sobre creación y evolución (Francisco J. Ayala, Darwin y el diseño inteligente. Creacionismo, cristianismo y evolucionismo Alianza Editorial: Madrid, 2007. 231 págs.). El profesor Carlos A. Marmelada ha publicado un amplio resumen crítico del mismo, del que tomamos algunas ideas para orientar la lectura. (Los números entre paréntesis remiten a las páginas de la edición española).

En Darwin y el diseño inteligente, Ayala aborda con firmeza y valentía un buen número de cuestiones fronterizas entre la ciencia y la religión. El libro tiene como telón de fondo la compatibilidad entre la teoría científica de la evolución y los contenidos fundamentales de la fe cristiana en particular y de la religión en general, contenidos que afirman la existencia de un Dios personal, creador y providente.

Las primeras palabras del libro, las que iniciaron el prólogo, son bien elocuentes, puesto que plasman con nitidez la tesis que defenderá Ayala a lo largo de toda la obra. Tal como manifiesta el autor: “El mensaje central de este libro es que no hay contradicción necesaria entre la ciencia y las creencias religiosas” (15).

Hay creyentes que ven a la ciencia con recelo porque piensan que, de suyo, es materialista y, por lo tanto, se convierte en un instrumento, muy prestigioso por cierto, del ateísmo. Pero quienes ven así la ciencia se equivocan, puesto que su materialismo metodológico no significa, ni mucho menos, que la ciencia haya demostrado que todo lo que existe sea material y que, por tanto, no existan realidades espirituales como Dios o el alma humana. Una negación de este tipo no es fruto de ninguna ciencia, sino una proposición filosófica.

¿La Biblia contra la Ciencia?

Dado que “los conocimientos científicos parecen contradecir la narrativa bíblica de la creación del mundo y de los primeros humanos” (15) ha habido científicos (como Richard Dawkins, por ejemplo) y filósofos (como Daniel Dennett, aunque éste no es citado por Ayala) que han insistido en la idea de que el hombre es un producto de la evolución material. Es lo que podríamos denominar el “ultradarwinismo”.

Hablando de Dawkins, autor de El espejismo de Dios y del historiador de la ciencia William Provine, co-autor de la obra Evolución, religión y libre albedrío, Ayala dice que: “podemos conceder a estos autores su derecho a pensar como quieran, pero no tienen ninguna autoridad para basar su filosofía materialista en los logros de la ciencia” (179). Y es que, como muy bien dice Ayala, “la ciencia no implica el materialismo metafísico” (178).

Frente a los que fuerzan a la teoría científica de la evolución a ir más allá de sus límites metodológicos y le obligan a realizar afirmaciones que nada tienen de científicas y que son, sensu stricto, filosóficas, se levantan con un radicalismo exagerado los autodenominados: creacionistas científicos, un grupo intelectual que ha emergido en el seno de núcleos radicales del protestantismo estadounidense. Después de varios fracasos judiciales en su intento de abolir legalmente la enseñanza de la teoría científica de la evolución en las escuelas públicas, los creacionistas han cambiado de táctica. Desde hace unas décadas su litigio va por la línea de intentar conseguir que los estados promulguen leyes que obliguen a dedicar el mismo tiempo a la enseñanza de dicha teoría que a la del contenido literal de la creación según se recoge en los dos primeros capítulos del Génesis bíblico.

Compatibilidad entre creer en la evolución y creer en Dios

A lo largo de Darwin y el diseño inteligente Francisco Ayala demuestra que es perfectamente posible ser partidario de la teoría científica de la evolución de las especies y creer en la existencia de un Dios creador, personal y providente. Dicho de otro modo, el concepto científico de evolución biológica, no niega la noción metafísica y teológica de creación a partir de la nada, y viceversa.

Según Ayala, cuando los creacionistas y los partidarios del diseño inteligente insisten en que la teoría de la evolución solamente es una teoría y no el reflejo conceptual de un hecho, pues nadie ha podido observar la evolución directamente, lo hacen a partir de “una concepción errónea acerca de la naturaleza de la ciencia y cómo se prueban y validan las teorías científicas” (144).

¿Cómo compatibilizar que la ciencia es una forma de conocimiento basada en la observación y la experimentación con el hecho de que nadie ha observado, y mucho menos experimentado, la evolución? Resumiendo la postura del autor es que algunas conclusiones de esta teoría están bien establecidas, muchos asuntos son menos ciertos, otros poco más que conjeturas, y otros siguen siendo en gran parte desconocidos, “pero la incertidumbre sobre estas cuestiones no arroja dudas acerca del hecho de la evolución” (146), del mismo modo que el hecho de no conocer todos los detalles acerca del universo no nos hace dudar de la existencia de las galaxias.

Ayala deja claro que: “la religión y la ciencia no están en oposición, porque se ocupan de diferentes ámbitos de la realidad. Más bien podrían ser vistas como complementarias. Las preguntas sobre el significado y el propósito del mundo y de la vida humana sobrepasan a la ciencia. La religión las responde” (162).

Creación divina y evolución biológica son compatibles. En efecto, “la idea de que Dios creó el mundo ex nihilo, a partir de la nada (…) en sí misma no niega ni afirma la evolución de la vida. De forma recíproca, la ciencia no tiene nada que decir sobre la afirmación de que Dios creó el universo ex nihilo” (164).

Un capítulo está dedicado a la relación entre evolución y religión. Cuando se publicó El Origen de las Especies de Charles Darwin parecía que la noción de evolución se oponía a la idea tradicional cristiana de la creación por parte de Dios. Pero bien pronto hubo teólogos, tanto católicos como protestantes, que “vieron una solución a la aparente contradicción entre evolución y creación en el argumento de que Dios actúa a través de causas intermedias (…), la evolución podía verse como el proceso natural a través del cual Dios dio existencia a los seres vivos y los desarrolló de acuerdo a su plan (…). Bien avanzado el siglo XX, la evolución por selección natural llegó a ser aceptada por una mayoría de autores cristianos en Estados Unidos y en todo el mundo” (172).

El capítulo se cierra insistiendo en una de las ideas centrales del libro de Leandro Sequeiros: “que no debe haber oposición entre ciencia y religión, porque se ocupan de distintos ámbitos de la realidad (…). Pese al éxito de la ciencia, hay muchos asuntos de gran interés que sobrepasan a la ciencia. Son los asuntos que conciernen al significado, sentido, y propósito de la vida y el universo, así como a cuestiones de valor, no sólo de valor religioso, sino también estético, moral, y de otros valores” (176).

Rafael San Román es colaborador de la Cátedra CTR

RedacciónT21

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