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El miedo es un factor de equilibrio medioambiental

Estudios recientes confirman que la desaparición del lobo gris del oeste de Estados Unidos ha tenido catastróficas consecuencias. Por miedo, ciertas especies no pastaban donde ahora pastan, provocando con la sobreexplotación de alimento en algunas zonas una cadena de decadencia para la que los investigadores sólo encuentran una solución: devolver al lobo a su lugar de origen. El fenómeno se llama «ecología del miedo» y plantea la necesidad de reconsiderar el valor de los grandes depredadores. Por Yaiza Martínez.

El miedo es un factor de equilibrio medioambiental

Una investigación que comenzó en el Parque Nacional de Yellowstone, en los Estados Unidos, acerca de los efectos en el ecosistema de dicho parque de la desaparición del lobo gris, ha dado idénticos resultados en áreas adyacentes del país, informa la universidad del Estado de Oregón en un comunicado. El estudio fue publicado en la edición de octubre de la revista Forest Ecology and Management.

Este depredador del oeste americano era imprescindible para el mantenimiento del ecosistema de esa parte del continente. Su extinción ha puesto en marcha una progresión de efectos sobre las manadas de ciervos, sobre los castores, los peces, los pájaros… e incluso en los cauces del agua. Los investigadores han resaltado la interdependencia entre las diferentes especies y los grandes depredadores, como en el caso de los lobos.

Esta interdependencia ha sido denominada ya la “ecología del miedo”, que ha puesto en evidencia un elemento largo tiempo subestimado por los biólogos: más allá del impacto directo de los depredadores existe un impacto indirecto que modifica los hábitos de las especies animales que los rodean, lo que también puede cambiar las zonas donde antes había un riesgo para estas últimas.

Una cadena rota

Dos estudios recientes, realizados por investigadores de ciencias forestales de la Universidad del Estado de Oregón (William Ripple y Robert Beschta) señalan en efecto que la total extinción del lobo gris en Nortamérica parece haber eliminado el factor natural del “miedo” en el seno de los ecosistemas. En el caso del agua, por ejemplo: cuando existían los lobos, el resto de las especies estaban poco tiempo cerca del agua por “miedo” a los depredadores.

Una vez que el efecto de esta amenaza desaparece, los animales se demoran más tiempo en estos lugares… y terminan por devorar todas las plantas. Las orillas de lagos y ríos quedan rápidamente desiertas porque diversas especies se detienen a pastar en sus alrededores tranquilamente, lo que ha producido una rápida erosión de las riberas.

Allí, entonces, los castores no encuentran más árboles para hacer sus casas; los insectos, anfibios y peces no pueden vivir porque carecen del alimento que les daban las plantas acuáticas, y los pájaros que habitaban esas zonas desaparecen porque no tienen peces con los que alimentarse.

Otro efecto notable es el que ocasionan los alces. Al no sentirse amenazados, se instalan en zonas donde antes no lo hacían, por el temor al ataque de los lobos. En esas zonas, devoran árboles jóvenes lo que provoca la desertificación.

Recuperación de la biodiversidad

Estos hechos habían sido apuntados por estos investigadores en estudios anteriores. Un nuevo trabajo realizado por ambos revela además que había sucedido lo mismo a lo largo del río Gallatin, en sudoeste del estado de Montana. La reintroducción de un tiempo a esta parte del lobo gris en esa zona ha propiciado sin embargo una dramática recuperación de poblaciones de sauces (que antes no hubieran podido crecer por ser devorados) en las orillas del río.

Una modesta recuperación de la cantidad de sauces en la zona puede parecer insignificante. Sin embargo, Ripple y Beschta señalan que supone un inicio para siguientes fases de recuperación que incluyen un incremento de la biomasa, un aumento de la estabilidad en la vegetación de las orillas, una mejora en el funcionamiento de las llanuras de inundación o vegas que bordean el río, una reducción de la erosión del suelo, y un incremento de los recursos alimenticios de las especies, tanto acuáticas (castores, nutrias, peces…) como terrestres (insectos o pájaros).

La biodiversidad se incrementará sin lugar a dudas, lo que equilibrará el entorno: se asegurará la retención de los sedimentos gracias a las raíces de las especies vegetales en expansión, lo que mantendrá el suelo vivo y productivo, y las especies encontrarán en él el alimento necesario para que la cadena se mantenga.

El hombre, otro depredador

Esta historia se ha repetido en otros lugares, en la que la desaparición del lobo y de los osos ha propiciado la sobreexplotación alimenticia de otras especies de la vegetación. Otros ejemplos, afirman los investigadores, son el parque nacional Jasper o el parque nacional Grand Teton.

El papel de provocar miedo no es sólo exclusivo de los depredadores animales. Los cazadores humanos también provocan en Montana ciertos comportamientos. Un estudio reciente ha demostrado que el alce ajusta su comportamiento alimenticio eludiendo las carreteras por las que pasan los humanos, por ejemplo. Asimismo, otra investigación en Colorado ha puesto en evidencia que los álamos son devorados con mucha mayor asiduidad por los alces en aquellos lugares en que la caza no está permitida.

Por lo tanto, el valor de los grandes depredadores necesita ser reconsiderado, concluye el estudio. Las evidencias compiladas han puesto de relieve la importancia de la depredación de los carnívoros en el mantenimiento saludable del ecosistema. En Estados Unidos, el oso pardo ha sido casi completamente erradicado en 48 estados, a pesar de que en los últimos años la población ha ido recuperándose.

Yaiza Martinez

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