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La comunidad científica guarda silencio sobre la guerra en Irak

La comunidad científica está manteniendo una cautela inusitada sobre la guerra en Irak, en claro contraste con el pacifismo, incluso militante en ocasiones, mostrado en la época de la guerra fría. Todo un símbolo de una nueva realidad internacional, en la que los riesgos son de otra naturaleza y en la que la investigación está en gran medida asociada a los grandes negocios. Por Eduardo Martínez.

La comunidad científica guarda silencio sobre la guerra en Irak

La comunidad científica no ha adoptado hasta ahora una posición muy comprometida en el debate que divide al mundo respecto a la guerra desencadenada en Irak: entre los millones de manifestantes que recorren las calles de las principales capitales no figuran destacados representantes del ámbito científico.

Sin embargo, no es menos cierto que antes del estallido de las hostilidades un grupo de 42 premios Nobel de Estados Unidos publicaron un manifiesto en el que expresan su oposición a un ataque “unilateral y preventivo” norteamericano contra Irak.

A pesar de todo, no hay más que conocer los listados de las asociaciones e instituciones que han adoptado una posición manifiesta contra la guerra, para descubrir que entre ellas hay muy pocos organismos científicos.

Entre ellos figura por ejemplo el grupo Científicos contra la guerra, una réplica al creado en los años 30 y que hoy sólo cuenta con una pequeña representación de investigadores y personal académico. A este grupo habría que añadir algunos médicos que han tomado posición en contra de la guerra en Irak.

Revistas científicas

La agrupación Physicians for Social Responsibility, comprometida desde 1961 con el desarme nuclear, que aglutina particularmente a médicos y ciudadanos comprometidos, así como el menos representativo International Network of Engineers and Scientists for Global Responsibility, se han manifestado también en contra de las hostilidades.

Pero hay miles de asociaciones profesionales, que abarcan desde químicos a ingenieros nucleares, que sencillamente guardan silencio sobre lo que ocurre.

El único movimiento significativo que puede relacionarse indirectamente con el actual momento bélico es la posición adoptada por veintidós directores de revistas científicas oponiéndose a publicar información susceptible de ser utilizada por grupos terroristas.

Responsabilidad científica

Somos conscientes, dice la asociación Científicos contra la guerra, de que muchas de las armas utilizadas en este conflicto, desde el ántrax a las bombas de fragmentación, son producto de la ciencia y la tecnología modernas. Ello nos impone la responsabilidad de declarar como científicos nuestra oposición a la guerra.

Sólo los médicos han adoptado hasta ahora una posición más definida al respecto, particularmente en Europa, ya que en Estados Unidos la clase médica guarda un silencio sepulcral sobre lo que supone un conflicto de esta naturaleza para la población de un país.

Medact, por ejemplo, ha realizado un estudio en el que estima que los muertos iraquíes pueden llegar a los 250.000 durante los tres primeros meses de la guerra.

Pero hay que tener en cuenta que las víctimas no se producen sólo por los bombardeos. Durante la primera guerra del Golfo, en 1991, murieron 2.500 civiles, pero una vez terminado el conflicto murieron 110.000 personas más de las que 70.000 eran niños, debido a las consecuencias del conflicto.

Víctimas incalculables

En el conflicto actual las pérdidas de vidas humanas pueden ser más numerosas. En 2002, un informe confidencial de Naciones Unidas hablaba de medio millón de muertos si el conflicto, tal como parece hoy, se alargara en el tiempo.

La Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear, galardonada con el Nobel de la Paz en 1985, predice entre 48.000 y 260.000 víctimas civiles en la actual guerra, dependiendo de la duración de las hostilidades y de los impactos que sufran las grandes ciudades.

Otras revistas, como The Lancet o el British Medical Journal, también se han referido al conflicto en los últimos meses.

Mutismo en España

En España, la implicación del establishment científico es también moderada, a pesar del alto nivel de sensibilidad social hacia al conflicto derivado de la indirecta implicación del Gobierno de Madrid en las hostilidades.

A nivel universitario es donde realmente hay significativos movimientos, como el documento La universidad contra la guerra, suscrito ya por más de 14.000 firmas de estudiantes y académicos.

Por su parte, la UOC, a través del Campus For Peace, ha puesto en marcha la iniciativa virtual Guerra y Paz… en un espacio global, para vehicular la voz de la comunidad universitaria y la ciudadanía sobre la guerra en Irak.

Perversión de la ciencia

Este moderado comportamiento de los profesionales de la ciencia, tanto en España como en el mundo, sorprende en la medida en que la importancia del compromiso científico por la paz ha sido determinante en la era nuclear, a pesar de las posiciones belicistas adoptadas en diferentes épocas por las grandes potencias de la guerra fría.

Esta actitud puede tener explicaciones diversas. Por un lado, puede pensarse que la comunidad científica mantiene su distancia respecto a unos episodios como los de Irak porque no los considera equivalentes en riesgos a los que supuso el arma nuclear.

Por otro lado, el discreto silencio de las instituciones científicas respecto a Irak puede que tenga que ver también, al margen de diversas posiciones personales, con la hipótesis avanzada por el ensayista francés Jean Claude Gillebaud en una edición anterior de Tendencias Científicas, donde explica que la ciencia está pervertida porque sólo investiga al ritmo de los grandes negocios.

Eduardo Martínez de la Fe

Eduardo Martínez de la Fe

Eduardo Martínez de la Fe es el Editor de Tendencias21.

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